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Galway, belleza salvaje en el oeste irlandés

Connemara es uno de los lugares más bellos e inhóspitos de Irlanda 2018 está marcado por una intensa agenda centrada en la gastronomía

Abadía de Kylemore.

A los habitantes de Galway les encanta pasarlo en grande. En pleno corazón de la ruta costera del Atlántico, esta ciudad del oeste de Irlanda, de unos 75.000 habitantes, es conocida por su creatividad artística y por una energía desbordante que se manifiesta a lo largo de todo el año en un calendario repleto de celebraciones.

Desde festivales de música, literatura u ostras, hasta carreras de caballos, seguramente las más famosas de Irlanda, que en verano llegan a reunir en el hipódromo a 250.000 personas, Galway sabe cómo divertirse. Es una ciudad antigua que conserva su viejo trazado medieval y que, como cualquier pequeña localidad universitaria, puede presumir de ser muy animada.

Al lado de la antigua plaza del mercado se erige la iglesia de San Nicolás, fundada en 1320, considerada como la segunda parroquia medieval más grande y mejor conservada de Irlanda y dedicada a San Nicolás de Myra, patrón de los marineros, y donde, según la leyenda, Cristóbal Colón rezó en una de sus capillas en 1477. Junto al mercado discurre la calle principal, la High Street, peatonal y bulliciosa, llena de tiendas y pubs, como el Murphy’s, famoso por servir una de las mejores Guinness de Irlanda.

Bajo diferentes nombres, esta arteria principal acaba uniendo la plaza Eyre con el río Corrib. Durante el paseo por la ciudad es imprescindible probar sus famosas ostras o pasar por el Spanish Arch, una de las antiguas puertas de Galway cuyo nombre nos traslada a los siglos XV y XVI, cuando la villa era destino habitual de los barcos españoles, que traían principalmente vino y se llevaban salmón.

En el cementerio de Forthill hay una placa que recuerda a la Armada Invencible, en realidad, a los españoles que fueron fusilados aquí, en 1588, supervivientes de aquella flota que no debía conocer la derrota pero que se hundió en la salvaje costa del oeste irlandés.

Este año, además, es especial, ya que la ciudad, y el condado del mismo nombre, ha sido declarada Región Europea de la Gastronomía, con un potencial culinario basado en materias primas locales como la carne, el pescado y el marisco, o cultivos como los cereales o la patata, omnipresente en la cocina irlandesa.

Puerta a Connemara

Galway es también la capital del condado del mismo nombre y la entrada a Connemara, una región que acoge algunos de los paisajes más bonitos de la isla y que se extiende por la zona occidental y la parte sur del condado de Mayo.

Es, además, una de las áreas naturales mejor conservadas del país, con un gran patrimonio paisajístico y lingüístico –es conocida por ser una de las zonas de Irlanda donde mejor se ha mantenido el idioma gaélico–. Aquí se han rodado taquillazos de Hollywood, películas clásicas o de la mitología irlandesa, cuyos escenarios naturales se pueden recorrer en coche por carreteras muy poco transitadas.

Connemara es un fenómeno excepcional del litoral irlandés y es, además, un parque natural. Es también uno de los lugares más inhóspitos del país y quizá de ahí radica su belleza, una belleza salvaje y cambiante, seductora. Lagos, acantilados y sorprendentes ruinas de antiguas abadías y castillos son algunos de sus muchos atractivos.

De paseo por la calle principal de Galway.

La abadía de ­Kylemore no es un edificio particularmente interesante desde el punto de vista arquitectónico, pero sí lo es su ubicación en un paraje privilegiado, junto a un lago, en el parque nacional de Connemara. La construcción principal del complejo es un palacio que data de mediados del siglo XIX. Desde allí, paralelo al lago, se accede a la residencia de la abadía y a la iglesia neogótica. Esta resulta muy llamativa, ya que pretende ser una reproducción en pequeño de una catedral.

La abadía tiene su origen en un castillo que un rico comerciante inglés construyó como regalo para su mujer. Pero ella murió en un viaje a Egipto poco tiempo después y ordenó construir también la iglesia neogótica del complejo en su memoria. Con el tiempo, fue cambiando de dueños hasta que en 1920 se hicieron cargo de ella las monjas benedictinas, que lo convirtieron en internado. El recinto se completa con un bonito jardín donde encontraremos un relajado salón de té.

Una excursión que no puede dejar de hacerse, y que deja huella, es a las míticas islas de Arán –Inishmore, Inishmaan e Inisheer–, donde encontraremos al irlandés más auténtico y paisajes que quitan el sueño.

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