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40 años y CincoDías: manda el periodismo

Pasamos los directores, y permanece un hilo de rigor y profundidad, una cultura asentada de buen hacer

De izquierda a derecha: Ekáizer, Moreno, Ayuso, Mora, Querol, Benito, Rivera y González Urbaneja, cada uno con una portadas señalada de su etapa como director de CincoDías.

La misma ansia de libertad que recorría España en 1978 se respiraba en los periódicos. Entonces una redacción era un lugar lleno de ilusión y de humo, donde atronaba el sonido de las máquinas de escribir y las de teletipos, sonaban muchos teléfonos a la vez, se daban gritos y se salía de madrugada para cerrar luego algunos bares. Los periodistas se sentían protagonistas de lo que estaba pasando, sin duda excitante, desde la muerte de Franco en 1975.

“En esos años eran los periodistas los que mandaban en las redacciones, no los directores ni los editores”. Lo cuenta Francisco Mora, que fue el primer director de CincoDías entre 1978 y 1986, durante un encuentro, esta semana, entre ocho de los diez directores (dos no pudieron venir) que ha tenido la cabecera en los 40 años que se cumplen este sábado.

Esa gran liberación que vivía la España de la segunda mitad de los setenta incluyó lo que puede llamarse “la primavera de la prensa” (también se decía “el Parlamento de papel”). Nacieron cabeceras como El País, Diario 16, El Periódico de Catalunya o Deia, que se sumaban a los establecidos Informaciones, Pueblo, La Vanguardia, El Correo y los centenarios Abc y Ya. Los nuevos diarios –y multitud de revistas– se nutrieron de una generación de jóvenes periodistas que ya se había fajado con la censura del tardofranquismo.

Hacía falta, sin embargo, prensa financiera homologable a los salmones europeos. En España aún pervivían los sobrecogedores, los enviados a recoger el sobre con que las empresas pagaban la inserción de sus comunicados en los diarios. Urgía una prensa independiente, crítica e incisiva, no acomodaticia, capaz de indagar, de anticiparse a la noticia, de aportar valor a los actores de la vida económica.

Fue un grupo de periodistas, en su mayoría procedente de Informaciones, el que se lanzó a la aventura y sacó a los quioscos, el 3 de marzo de 1978, CincoDías. Eran José Pérez Guerra, Javier Belderrain, Luis Ignacio Parada, Ignacio Alonso Villalobos y Manuel García Lucero, junto al citado Francisco Mora. Apenas una veintena de redactores puso en la calle el diario, que se imprimía en la Editorial Católica.

Ya en los ochenta, al calor de la prosperidad, llegaron otras tres cabeceras financieras (Expansión, La Gaceta de los Negocios y Economía 16) y el sector atrajo la mirada de los inversores. CincoDías, controlado por el empresario Francisco Gayá, dio entrada a los editores de L’Expansion, de Francia, y The Wall Street Journal, de EE UU. El francés Servan-Schreiber ya hablaba entonces –y no existía internet– de “la globalización de la información económica”.

Bromea Javier Ayuso, director entre 1986 y 1988, con que fue él quien convirtió en mentirosa la cabecera. CincoDías, llamado así porque salía de martes a sábado, pasó a editarse seis días a la semana con la edición del lunes. Comparte con Mora la idea de una redacción muy implicada y poco disciplinada, donde todos lo discutían todo. Lo siguió Luis de Benito, quien introdujo la edición informática, entonces una osada innovación. Para vencer las resistencias, retiró por sorpresa todas las máquinas de escribir un fin de semana.

El Grupo PRISA adquiere CincoDías en 1989 y nombra director a Ernesto Ekáizer, quien presume de que en aquellos años vivían obsesionados “con batir a la sección de Economía de El País”. Fueron años de grandes batallas informativas: el periódico las libró con la Rumasa de Ruiz-Mateos, con Javier de la Rosa y con el Banesto de Mario Conde. Enemigos poderosos: el banquero hizo todo lo posible por intervenir en los medios que le eran críticos. El tiempo, en los tres casos, dejó a cada en su sitio. “La idea de un periódico pequeño pero muy influyente me apasionaba”, dice Ekáizer.

Los noventa fueron años de ampliación de contenidos, creación de suplementos, modernización del diseño, implantación del color. Esa línea siguieron Jesús Mota (1992-1994) y Fernando González Urbaneja (1994-1999), de quien se recuerdan sus ingeniosos titulares de portada. “El debate en torno al titular era pedagógico: obligaba a la redacción a dar una vuelta a todas las cosas”, explica. Era una etapa de fuerte expansión económica: la burbuja inmobiliaria se estaba inflando; las empresas españolas salían al exterior y España era un imán para la inmigración. La edición digital, a cargo de Prisacom, nacía el 14 de abril de 1998.

Ese clima eufórico cambió en el inicio del nuevo siglo. El contexto se complicó: pinchó la burbuja de las puntocom, irrumpieron el 11S en Nueva York y el 11M en Madrid. El sector de la prensa ya afrontaba ajustes, algunos dolorosos. Aun así seguía reforzándose la edición impresa a la vez que se asentaba la digital. Dirigieron este periodo Félix Monteira (1999-2003) y Javier Moreno (2003-2005). Moreno ironiza con que tampoco hubo más rediseños que directores; él se ocupó de refrescar la imagen, estilo y contenidos del diario, como luego haría en El País cuando fue su director.

Jorge Rivera ha sido el más duradero de los directores de este diario: nada menos que 11 años (2005-2016), cifra extraordinaria en este oficio. A Rivera le tocó hacer el diario de la Gran Recesión, la que estalló en 2008 y el periódico seguía al minuto mientras las autoridades de la época hacían como si la ignoraran. Y se subió a la ola del cambio tecnológico volcando a la redacción hacia lo digital, empujón decisivo en tiempos muy difíciles.

Quien esto firma ha bregado informativamente con la recuperación económica y con la marea nacionalpopulista, que nos deja episodios aún inconclusos como el brexit, Trump y el procés en Cataluña. Desde abril del año pasado, el diario ha acelerado en su transformación, no solo con un rediseño en web y papel, sino con el arranque del ambicioso proyecto El País Economía, que incluye a CincoDías, al proyecto hermano Retina y al periódico líder para construir juntos la gran plataforma de información económica en español. En eso estamos. Mantenemos el encanto de un periódico de nicho –pequeño, especializado e influyente–, aliado con uno de los más grandes del mundo y número uno en español.

(Breve inciso: sí, nos hemos dado cuenta de que todos en la lista de directores somos hombres. No es para presumir, pero no podemos cambiar la historia. Por aquí han pasado, eso sí, mujeres periodistas muy relevantes. Y si alguien me pregunta le daré los nombres de algunas profesionales de esta redacción bien preparadas para tomar el testigo).

¿Hacia dónde vamos? El periodismo económico tendrá que adelantarse en la transición a un modelo eminentemente digital, algún día solo digital. En cualquier formato, en las pantallas de hoy o lo que venga después, serviremos a inversores, directivos, profesionales y ahorradores con información de calidad, exclusiva, tan valiente como serena. Esa ha sido nuestra cultura desde 1978.

Moreno recordó bien que entre tantos directores ha existido un “hilo subterráneo”, una identidad que se ha mantenido, y que llamó “la escuela de Paco”, de Paco Mora, se entiende. Rivera, que fue becario con el fundador, lo corrobora. Yo no trabajé con él, pero he visto cómo los redactores más veteranos forman a los jóvenes en el rigor y la profundidad. Aquí no caben las frivolidades: nos dirigimos a un público que sabe, muy exigente. El talento curtido en esta escuela también ha nutrido a otras empresas, del Grupo PRISA como de la competencia.

Hoy las redacciones son más silenciosas, cosas de la comunicación electrónica, y no se fuma. Tampoco se trasnocha tanto, porque la información en tiempo real requiere mentes frescas desde primerísima hora de la mañana. Incorporamos nuevos perfiles: videoperiodistas, desarrolladores, analistas de datos, expertos en redes y en buscadores. Seguimos en lo mismo: hacerle llegar información cierta y valiosa, ahora por canales distintos al papel salmón. No diría que los periodistas mandan tanto como en aquellas bulliciosas redacciones de los irrepetibles años de la Transición. Sí les puedo asegurar que aquí manda el periodismo.

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