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Atrapado entre la magia y las leyendas del cabo de Buena Esperanza

El antiguo cabo de las Tormentas es uno de los más peligrosos Un mar salvaje, acantilados de vértigo y olas gigantes

La entrada que conduce al cabo de Buena Esperanza.

Cuenta la leyenda que un antiguo galeón fantasma con tripulación a bordo navega las noches de tormenta intentando dar la vuelta al cabo de Buena Esperanza. Es el Flying Dutchman, El Holandés Errante, condenado a vagar entre las peligrosas corrientes marítimas atlánticas de esta península hasta el día del Juicio Final. Su capitán tuvo la osadía de pactar con el diablo, ya que quería ser el primero en rodear el cabo del miedo y el más rápido en llegar a la India por la que luego sería una nueva ruta. Nunca lo supo y nunca lo consiguió.

Realidad o ficción, el mito nos seduce tanto como el paisaje que bordea la magnífica costa atlántica de esta estrecha península de Sudáfrica, salpicada de miradores naturales y a unos 60 km de Ciudad del Cabo. En el camino descubrirá bellísimos y escarpados acantilados, playas vírgenes y solitarias y un mar salvaje que lanza enormes olas como torpedos contra las rocas.

El antiguo y legendario cabo de las Tormentas, donde siempre sopla un viento furioso, es un lugar mágico, donde podrá sentir una extraña energía. Fue bautizado así por el navegante portugués Bartolomeu Días, el primero que consiguió bordearlo en 1488 y llegar al océano Índico, lo que serviría posteriormente para abrir una nueva ruta hacia el Este rodeando la costa sudafricana.

En la punta de esta angosta franja de tierra está Cape Point, una reserva natural en el Parque Nacional de Table Mountain, la mítica montaña de cima plana y a más de mil metros de altura sobre el nivel del mar que dibuja el perfil más popular de Ciudad del Cabo.

El parque es Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y en sus 7.750 hectáreas aloja una asombrosa variedad de flora –más de 1.100 especies– y fauna, entre esta, 250 especies de pájaros, cebras autóctonas, de menor tamaño que otras africanas, y babuinos nada amistosos. Lo mejor es ignorarlos y no llevar comida.

Casi desde el mismo momento que entra a Cape Point y hasta que llega al antiguo faro que corona el cabo de Buena Esperanza, sobre un acantilado a 250 m de altitud sobre el nivel del mar, en un asombroso paseo, se verá envuelto en una atmósfera distinta, embaucado por un fabuloso horizonte que pareciera anunciar el fin del mundo.

Lo mejor para llegar a Cape Point –adultos, 145 rands (9,80 euros); niños a partir de 12 años, 5 euros; también se puede acceder en bici, 10 euros– es alquilar un coche desde Ciudad del Cabo –se conduce por la izquierda–, disfrutar del panorama e ir haciendo pequeñas paradas. En la medida de lo posible evite coincidir con la llegada masiva de autobuses de turistas. Romperá todo el encanto.

Pingüinos africanos en Boulders.

La primera parada obligada es la bonita playa de Camps Bay protegida por 12 picos montañosos. El siguiente punto de observación es Hout Bay, una preciosa bahía y una privilegiada azotea con vistas a la ciudad. Desde allí puede tomar un barco hasta la isla Duiker para observar leones marinos. Dependiendo de la época del año, hay puntos de avistamiento de ballenas –entre noviembre y marzo–, delfines y tiburones.

Al final del camino, antes de llegar a Cape Point y cerca de Simon’s Town, entrará en Boulders, una playa famosa por la gran colonia de pingüinos africanos que viven allí ajenos a los flashes y las miradas divertidas de los turistas.

Otro mito que acompaña al cabo de Buena Esperanza es que es el extremo más austral del continente africano. No es cierto, como tampoco que allí se mezclan las aguas de Atlántico y del Índico. Ambos honores le corresponden a Punta Agulhas (el cabo de las Agujas), situado a unos 225 kilómetros de Ciudad del Cabo.

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