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Valle Sagrado, al encuentro con la Pachamama

Ciudadelas perdidas, mercados frenéticos y ritos ancestrales en el entorno indómito de los Andes

Alpaca en la orilla del lago Piuray, cerca de la localidad de Chinchero. Cinco Días
Valle Sagrado (Cuzco, Perú)

A la espalda dejamos Cuzco, preciosa ciudad colonial levantada sobre los cimientos del principal bastión del incanato, situado en la cuenca del río Huatanay, a 3.399 metros de altura. Nuestro destino lo encontraremos 15 kilómetros al norte: el Valle Sagrado, la región más tradicional de Perú.

La carretera 3S discurre entre montañas suaves y pequeñas vaguadas en las que aparecen aldeas humildes como Poroy, donde tomamos el desvío hacia Chinchero. Los incas encontraron en esta altiplanicie un excelente lugar para el cultivo del maíz y para establecer el importante asentamiento de Chinchero (9.700 habitantes).

Un animado mercado nos recibe nada más entrar en el pueblo. Es domingo y los miembros de las distintas comunidades de la comarca acuden a la plaza para vender y comprar productos agrícolas como la quinua, la kihuicha y el maíz gigante. Perdemos la noción del tiempo curioseando entre los puestos de artesanía textil en busca del mejor chal, manta o bufanda de lana de alpaca o llama.

Las mujeres visten la colorida indumentaria tradicional cuzqueña, con sombreros altos, ojotas de jebe por calzado, falda de bayeta negra y siempre tapadas con la lliclla (manta), sea invierno o verano.

Tras explorar el mercado, subimos las escaleras que llevan hasta la plaza de Chinchero. Aún somos novatos en eso de movernos a más de 3.000 metros de altura y lo que parecía una subida cualquiera se convierte en casi un desafío.

La plaza la rodean sencillas construcciones blancas de adobe, entre las que destaca la iglesia de Nuestra Señora de la Natividad, el alto campanario y el Museo de Sitio de Chinchero. Desde la explanada contemplamos los bancales del Centro Arqueológico, camuflados entre la bruma que envuelve el valle.

Estas terrazas, dispuestas en diferentes niveles sobre la ladera, fueron construidas en tiempos del incanato (siglo XV) para facilitar el acceso y evitar deslizamientos del terreno. Menudos ingenieros los incas.

El corazón de los incas

Después de un buen tramo de curvas por carretera, divisamos desde la colina la localidad de Urubamba (10.000 habitantes), que se adueña de la orilla norte del río que lleva su mismo nombre. Nos hallamos en el epicentro del Valle Sagrado.

Los incas veían en el Vilcanota un río divino, el equivalente a la Vía Láctea en la Tierra. Nace en los glaciares de la cordillera de Vilcanota, en la parte oriental de los Andes, y cambia su nombre al de Urubamba a medida que se adentra en la foresta de la selva amazónica.

Salcantay, Verónica, Chicón... Las montañas en este lugar no son simples picos de más de 5.000 metros, son espíritus protectores, los apus. El Chicón (5.530 metros), además de ser una de las cumbres más emblemáticas para escaladores, es la montaña que controla la lluvia y nutre esta tierra fértil, de suelo volcánico rojizo y verdes pastos donde se cultivan el maíz blanco gigante, la patata, la quinua, la kihuicha o la cañihua desde hace más de 7.000 años. En este lugar la madre naturaleza, la Pachamama, se respeta y se venera como en ningún otro lado. Y no tardamos en darnos cuenta.

De suroeste a noroeste, de Písac a Ollantaytambo, se extiende esta depresión de 58 kilómetros, custodiada a ambos flancos por las serranías de Vilcanota y Vilcabamba, que esconden monumentales ciudadelas (siglo XV), yacimientos arqueológicos, pueblos con mercados frenéticos y rituales de filosofía andina, además de un sinfín de opciones deportivas para explorar este entorno salvaje.

Písac (10.200 habitantes) se localiza 32 kilómetros al norte de Cuzco y es la puerta de entrada al Valle Sagrado. Este pueblo colonial conserva la mayor de las ciudadelas fortificadas incas, construida en roca dolomita y encaramada en un elevado espolón rocoso. Subimos por los senderos que conducen hasta lo alto de las ruinas, atravesando cuevas y bordeando precipicios que quitan el hipo para disfrutar de las impresionantes vistas de la garganta de Quitamayo.

Hasta llegar a Ollantaytambo, antesala de Machu Picchu, nos topamos con pequeños pueblos como Calca, Yucay o Urubamba. Aunque la mayoría de ellos son lugares de paso o para establecer nuestro campo base de las rutas por el Valle Sagrado, no podemos obviar sus atractivos culturales.

Representación del pueblo nazca en el Museo Inkariy. Cinco Días

En Calca es obligada la visita al Museo Inkariy (entrada, 9 euros) para conocer la historia de las civilizaciones preincas. En este complejo, artistas y arqueólogos han creado representaciones a tamaño real que explican los rituales, costumbres y símbolos de las civilizaciones del Perú prehispánico, como los caral, paracas, nazca o wari.

En Yucay visitamos la Chiolecca Fashion School, una escuela de moda donde, además de mostrar al turista el minucioso trabajo del tejido, tratamiento y diseño de los textiles de lana de alpaca, vicuña o llama, se forma a las nuevas generaciones en esta práctica andina con las tendencias actuales.

En Ollantaytambo (9.300 habitantes) se toman los trenes que llegan hasta Aguas Calientes, pueblo turístico construido en torno a Machu Picchu. Además de un punto de encuentro de viajeros, Ollantaytambo destaca por su inacabado Templo del Sol, que corona el promontorio que protege el poblado. Por una empinada escalera accedemos a esta colosal fortaleza maciza, tallada en enormes bloques de granito rosado transportados desde el otro lado del río.

Paseamos por las callejuelas empedradas del pueblo, de austeras casitas encajonadas en el valle, para darnos cuenta de que la gente aquí ha cambiado muy poco su modo de vida en los últimos 600 años. Y eso que no paran de llegar turistas.

Yacimientos en Maras

Las salinas de Maras son un impresionante complejo de extracción de sal formado por más de 3.000 pozas de diferentes tamaños en la ladera. Cinco Días

Sin abandonar el Valle Sagrado, subimos a la meseta de Maras, a 3.500 metros de altura. Este altiplano, con excelentes vistas de los glaciares del macizo Vilcanota, siempre ha sido un lugar de paso de arrieros, un punto comercial de mercancías venidas del este de los Andes. Aquí se conserva el sitio arqueológico de Moray.

A modo de anfiteatro, se despliegan una serie de gigantescos círculos concéntricos, dispuestos en diferentes niveles, que eran usados por los incas para hacer experimentos agrícolas. También se cree que podía ser un lugar sagrado, un vínculo con la tierra (cómo no).

Muy cerca encontramos las salinas de Maras. Un impresionante yacimiento formado por más de 3.000 pozas de diferentes tamaños en la ladera que recogen el agua que brota del terreno, con gran contenido en sal. El yacimiento existe desde tiempos prehistóricos, aunque la mayoría de las pozas fueron construidas hace 20 años por familias locales. Entrada, 1,25 euros.

El pago a la tierra

Un chamán celebra el rito del pago a la Madre Tierra. Cinco Días

Acudimos a lo alto de la montaña guiados por un sacerdote de filosofía andina, un chamán o paco en la lengua quechua. Esta creencia mezcla el culto a la fuerza vital de la naturaleza, la Pachamama, con el dogma católico imperante en todo el país.

El objetivo es devolver a la tierra lo que es suyo, es un ritual de reciprocidad. Mientras recita una serie de oraciones, apelando a los espíritus protectores de las montañas y otras fuerzas de la naturaleza, coloca meticulosamente las distintas ofrendas. Hojas de coca, estrellas de mar, semillas de maíz, golosinas e incluso dinero. Los elementos deben proceder de los distintos niveles latitudinales.

Con fuerza, hace sonar la caracola y con una enorme pluma de cóndor nos rocía un extraño perfume para purificar nuestras auras. Para que el ritual del pago a la tierra tenga su efecto y se cumplan las plegarias, se debe de encender una fogata con la ofrenda. Todo lo que te da la tierra, tú se lo devuelves. Así funciona la filosofía andina y casi todo en el Valle Sagrado de los Incas.

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