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Una economía que prima la riqueza frente al trabajo

El empleo está dejando de ser una garantía contra la pobreza por la precariedad del salario

A pesar de las tensiones geopolíticas, de los desastres naturales y de las divisiones políticas en algunos países y regiones, 2017 fue un gran año económicamente hablando. En un importante número de países de todo el mundo, tanto ricos como en desarrollo, el dinamismo económico se intensificó. Los principales índices bursátiles, contagiados de esta euforia, continuaron su tendencia alcista y en algunos casos alcanzaron niveles de récord. Sin embargo, estos datos agregados resultan miopes y esconden una realidad menos optimista. Nuestro actual modelo económico continúa premiando la generación y acumulación de riqueza en manos de unos pocos, mientras la gran mayoría tiene que sobrevivir con salarios de pobreza.

Durante 2017, cuatro de cada cinco euros generados como riqueza a nivel mundial (82% del total) terminaron en manos de unos pocos, más concretamente, de los 74 millones de personas que pertenecen al 1% más rico. De hecho, la lista Forbes, que identifica y analiza anualmente la riqueza de los más ricos, experimentó el mayor incremento anual de multimillonarios en su historia, un milmillonario más cada dos días. Esta realidad, sin embargo, contrasta con la que enfrenta el 50% de la población más pobre (3.700 millones de personas), que no vieron crecimiento alguno en su riqueza.

Para ponerlo en perspectiva, entre los meses de marzo de 2016 y 2017, el incremento de la riqueza vivido por las 2.043 personas de la lista Forbes (donde 9 de cada 10 son hombres, por cierto) valdría para sacar siete veces, a todas y cada una de la más de 800 millones de personas en todo el mundo que viven con menos de dos dólares al día.

Pero asegurar la dignidad y acabar con la pobreza en el mundo no quiere decir que haya que quitar a unos para dárselo a otros. El problema de las enormes diferencias económicas que se observan hoy en el mundo obedece a que nuestras economías están diseñadas para priorizar el aumento de la riqueza a expensas del empleo y los salarios. Se impide, de esa manera, que millones de personas trabajadoras obtengan la parte que les corresponde de su contribución a la creación de bienes y servicios rentables.

A diferencia de la élite económica mundial, la riqueza de la gran mayoría de los hogares en todo el mundo se construye a partir de los ingresos generados por el trabajo diario. Sin embargo, entre 2006 y 2015, la riqueza de los multimillonarios aumentó seis veces más rápido que los salarios. Es decir, los beneficios y las rentas creadas por la actividad económica acaban en manos de los mismos, de nuevo, especialmente en forma de rendimientos del capital.

Aumentar los salarios (desde el salario promedio actual a un salario digno) de 2,5 millones de trabajadoras y trabajadores vietnamitas en el sector textil costaría 2.200 millones de dólares. Esto equivale a una tercera parte de lo que recibieron los accionistas de las cinco mayores empresas del sector textil en 2016.

Esta desigual tendencia en la distribución de la riqueza es una realidad presente en prácticamente todo el mundo. Entre 1995 y 2014, en 91 de 133 países analizados, independientemente de su nivel de desarrollo, los salarios no siguieron el ritmo de los aumentos experimentados en la productividad y el crecimiento económico. Como resultado, observamos cómo el trabajo, cada vez más, deja de ser garantía para escapar de la pobreza: casi uno de cada tres trabajadores en países emergentes y en vías de desarrollo vive en la pobreza. En los países ricos esta es una realidad también cada vez más presente, especialmente entre los trabajadores jóvenes y las mujeres. En España un 13,6% de la población ocupada es pobre, una tasa que se ha mantenido prácticamente constante a pesar del crecimiento económico experimentado durante los últimos tres años.

Con frecuencia, se escucha a los principales líderes políticos y empresariales y organismos internacionales hablar de los riesgos y los perniciosos efectos de la desigualdad. Sin embargo, es una auténtica rareza que esas mismas figuras hagan algo realmente importante para luchar contra ella. Esta realidad contrasta con la opinión de la gran mayoría de la población, que pide vivir en sociedades más justas y equitativas.

Hace falta cambiar muchas cosas. Necesitamos que las grandes empresas dejen de pagar dividendos a sus accionistas y salarios estratosféricos a sus directivos si no son capaces de asegurar que las personas que trabajan en su cadena de producción y aprovisionamiento ganan un sueldo digno. Los gobiernos, por su parte, deben actuar en el interés de los trabajadores implementando medidas y políticas que garanticen que los salarios mínimos aseguran una vida digna, lejos de la incerteza y la inseguridad asociadas a la pobreza.

Íñigo Macías Aymar es Coordinador de investigaciones de Oxfam Intermón

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