Europa saca pecho tras su década desperdiciada

Macron acude a la cumbre de Davos para reivindicar la fortaleza del proyecto europeo. La UE registra los mejores datos económicos de los últimos 10 años

El presidente francés, Emmanuel Macron, junto a su homólogo chino, Xi Jinping, el pasado día 9 en Pekín.
El presidente francés, Emmanuel Macron, junto a su homólogo chino, Xi Jinping, el pasado día 9 en Pekín.

Por primera vez en mucho tiempo, los líderes europeos no suben cabizbajos a la Montaña Mágica ni resignados a la displicencia y la mofa de sus colegas internacionales. La grey comunitaria acude este año a la cita de la élite mundial en Davos (23-26 de enero) orgullosa de la situación económica de la UE y dispuesta a reivindicar su fortaleza política bajo el liderazgo de un nuevo pastor, Emmanuel Macron.

Atrás ha quedado por fin una década desperdiciada (2007-2017), en la que Europa parecía incapaz de superar una Gran Recesión olvidada hacía mucho tiempo en las principales economías del planeta.

El continente enfermo llegaba año tras año a las cumbres suizas desfondado y sin aliento, incapaz de explicar por qué la zona euro estaba al borde de la ruptura o por qué una economía tan diminuta como Grecia se había convertido en un drama irresoluble.

Nada que ver con el ambiente esperado en Davos en 2018. El presidente francés será una de las estrellas indiscutibles de este año, capaz de hacer sombra al mismísimo presidente de EE UU, el inefable Donald Trump.

Macron se ha convertido en el estandarte de una Unión Europea que ha salvado su moneda única, el euro; que ha recuperado el pulso económico; y que ha plantado cara a la primera escisión de su historia hasta el punto de que Reino Unido empieza a dudar si bajarse del barco.

"Europa ha vuelto", proclama Macron

 

La revancha parece servida, sobre todo, con una parte de la comunidad internacional que daba por finiquitado el proyecto europeo. Las instituciones comunitarias, representadas por el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, aprovecharán la reunión de Davos para dejar claro que el proyecto ha sobrevivido a uno de los mayores y más largos tropiezos en sus 60 años de trayectoria y que tiene voluntad de asumir un creciente protagonismo en la escena mundial.

“Europa ha vuelto”, proclamó hace unos días Macron en su primera visita a China, en un mensaje dirigido a la gran potencia asiática pero también a toda la comunidad internacional.

Los datos económicos avalan el optimismo europeo. A falta de las cifras definitivas de 2017, la zona euro parece haber cerrado el año con un crecimiento en torno al 2,2% y la UE, al 2,3%, las cifras más altas desde 2007.

Europa incluso podría superar el crecimiento de EE UU, en un sorpasso desconocido desde hace tiempo. Y lo que es más importante: el crecimiento per capita europeo vuelve a estar a la altura del de EE UU, tras quedarse por detrás durante la década desperdiciada por la UE.

La economía europea, según la Comisión, ha batido todas la expectativas, arrastrada por un impulso en la demanda interna, una caída del desempleo y un comercio internacional mejor de lo esperado.

El Banco Central Europeo también saca pecho y el presidente del organismo, Mario Draghi, calcula que sus medidas de estímulo son responsables del una buena parte del crecimiento, con una contribución de al menos 1,3% de PIB en los últimos tres años.

La Comisión Europea pronostica un cierto enfriamiento en 2018. Pero los indicadores de confianza alcanzan cotas desconocidas desde hace años y décadas.

El índice de sentimiento económico en la zona euro se elevó el pasado mes de diciembre hasta 116 puntos, el nivel más alto desde el año 2000, cuando la moneda única acababa de nacer. La misma tendencia sigue el índice de clima empresarial, que cerró el mes pasado en 1,66, su nivel más alto desde 1985.

Bruselas advierte que la recuperación es sólida pero desigual. Y se resiste a la euforia mientras más de 18 millones de europeos sigan en el paro, según datos de noviembre de 2017, y la tasa de desempleo se mantenga elevada en países como Grecia (20,7%), España (16,5%), Italia (11%) o Francia (9,2%).

Pero incluso en ese doloroso indicador, las cifras mejoran sensiblemente. En los últimos doce meses, el paro se ha reducido en 2,2 millones de personas en la UE, de las que 1,5 millones corresponden a la zona euro.

La tasa de actividad también ha aumentado y ya es más alta que en el año 2000, mientras que la de EE UU ha caído cuatro puntos en el mismo período, según datos subrayados por el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE).

 

Cuatro países (Grecia, Irlanda, Portugal y Chipre) fueron salvados de la quiebra durante el batacazo de la zona euro. Y la banca española fue rescatada.

 

El MEDE o fondo de rescate y la incipiente Unión Bancaria, es uno de los pocos frutos de la pasada década. El MEDE ha participado en los rescates de Grecia Irlanda, Portugal y Chipre, y en el de la banca española. Los préstamos del MEDE a esos cinco países suman 273.000 millones de euros desde 2010, dos veces y media más que el FMI en el mismo período a nivel mundial.

Pero ese triste capítulo también parece a punto de cerrarse. Solo Grecia sigue intervenida, por octavo año consecutivo. Pero se espera que a mediados de 2018, tras la conclusión del tercer rescate, el país recupere su independencia financiera y vuelva a emitir deuda con normalidad.

El empujón definitivo a Atenas consistirá en un plan de alivio de la deuda que, a propuesta de Francia, podría supeditar el reembolso de las multimillonaria cantidades pendientes a una determinada ratio de crecimiento.

El punto final al tercer rescate de Grecia servirá de colofón a una década oscura, marcada por la inflexibilidad de Berlín y la inoperancia de París.

La canciller alemana, Angela Merkel heredó en 2005 un club comunitario frustrado por el descarrilamiento de la Constitución, abortada por Francia. Merkel recuperó los restos del proyecto y lo transformó en el Tratado de Lisboa, un texto asumible para todos los países de la Unión.

La canciller realizó el cambio con tanto pragmatismo como escaso entusiasmo hacia un proyecto europeo que nunca ha deseado profundizar.

Desde entonces, el club apenas avanza. Y los pequeños pasos, como el fondo de rescate, la unión bancaria o la vinculación de la presidencia de la Comisión al resultado de las elecciones europeas, siempre han sido a pesar de Berlín.

Macron parece dispuesto a romper con la parálisis. Y a sus 40 años recién cumplidos (el 21 de diciembre) ha colocado el proyecto de integración europea en el epicentro de su quinquenio al frente de la República francesa. Por delante, sin embargo, se anuncian numerosas dificultades políticas. Elecciones en Italia, derivas autocráticas en Polonia o Hungría, riesgo de un brexit brutal... Los astros parecen tan favorables a Europa como parecían contrarios en 2017. Y ojo. Entonces no acertaron.

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