Víctor Grífols, el catalán que no se arruga

Grifols se mantiene como la única firma del Ibex que no traslada la sede social de Barcelona

grifols Ampliar foto
Víctor Grífols, presidente de Grifols.

La frase “tiri endavant, no s’arronsi” va a perseguir para siempre a Víctor Grífols Roura (Barcelona, 1950). El presidente de la cotizada Grifols dijo ese “siga adelante, no se arrugue” en 2014 al entonces presidente de la Generalitat Artur Mas, quien preparaba la consulta del 9-N. Desde entonces, aquel que le ha querido atacar desde el bando antiindependentista ha recordado esas palabras. Aunque el empresario también ha irritado a independentistas (no hay más que echar un vistazo a las redes sociales), que no le perdonan que, mientras decía aquello de no se arrugue, se llevara parte del negocio a Irlanda.

En estos días, Grífols (el apellido lleva el acento que se le quitó al nombre de la multinacional) ha vuelto a las noticias porque su firma es la única catalana del Ibex 35 que no ha cambiado el domicilio social por la inseguridad creada ante el desafío independentista catalán. Algunos han recordado el “no s’arronsi” y la Cruz de Sant Jordi que le impuso el president Carles Puigdemont para explicar el motivo de esa fidelidad del fabricante de hemoderivados, pero no hay una explicación tan simple.

De hecho, el lunes, la multinacional abría la puerta al traslado: “En el hipotético supuesto de que la actual situación derivase en un nuevo escenario que pudiese afectar el curso normal de los negocios o de la situación financiera de la compañía, el consejo acordaría las medidas necesarias”. Era otro mensaje a Puigdemont de cómo el empresariado catalán más fiel no aprueba la declaración unilateral de independencia (DUI). Antes, las otras seis catalanas del Ibex – Gas Natural, CaixaBank, Colonial, Sabadell, Abertis y Cellnexse habían marchado dando un portazo a los planes de Junts pel Sí y CUP.

Grifols puede catalogarse como un miembro de la burguesía catalana, aquella tradicionalmente cercana a CiU pero que en esta ocasión no ha visto con agrado la DUI que deja a Cataluña fuera de la UE y del euro. Quien le conoce asegura que el empresario, catalanista de siempre, se ha ido distanciando de los suyos, principalmente por motivos empresariales, inicialmente, señalan fuentes empresariales, por un motivo tan fútil como la falta de acometida de agua para una fábrica. El distanciamiento mutuo creció cuando decidió llevarse la central de tesorería, el mando del negocio de biociencia y el centro logístico a Dublín.

Se mueve “como un lobo solitario”, asegura una fuente del empresariado catalán, sin tener gran presencia en círculos o asociaciones. De hecho, hace ya años que su empresa abandonó la patronal Farmaindustria. Aunque, como se dicen en los medios de los negocios catalanes, la ciudad es muy pequeña y él mantiene cordiales contactos con los otros dueños de los grandes e históricos laboratorios de Barcelona.

Uno de sus amigos comenta que no es un hombre especialmente político. “La empresa está por encima de todo y de eso es lo que le gusta hablar. Si hay algo que pueda hacer daño a su compañía, desde luego que tomará medidas. Él es muy crítico si hay algo que crea que puede perjudicar al negocio”.

Para entender al carismático Grífols solo basta una imagen: en 30 segundos es capaz de despertar las carcajadas del público adormecido en una junta de accionistas . O comprobar cómo ha conseguido en apenas 10 años en Bolsa una compañía capitalizada en casi 15.000 millones de euros. “Es una persona muy especial y es el líder de la familia. Desde luego, sin el respaldo familiar no habría llevado a Bolsa a la compañía y no habría protagonizado esas grandes compras corporativas. Es el patriarca”, apunta un conocido suyo del sector farmacéutico.

Cursó Empresariales y se convirtió en el primer ejecutivo en 1987, cuando su padre, a los 67 años, se jubiló de la empresa familiar creada en 1940. Dio el impulso internacional a la compañía, la llevó a Bolsa y protagonizó su mayor adquisición, en 2010, al hacerse con Talecris por 3.400 millones de dólares.

A los 67 años, igual que su padre, dio el relevo en esta ocasión a su hijo Víctor (tiene otros dos vástagos) y a su hermano Raimon, que asumieron desde el 1 de enero de este año la corresponsabilidad como consejeros delegados. Él ha pasado a una posición no ejecutiva, pero sigue yendo casi a diario a la empresa. Ahora se permite hacer fines de semana largos.

“Es muy activo”, señala un amigo. “Siempre ha sido muy deportista. Le encanta el senderismo, la montaña y los 4x4. Además es piloto de aviación. Eso le encanta”, apunta. “De fútbol no habla mucho. No es demasiado futbolero”, añade. Para veranear, sin embargo, elige la tranquila isla de Menorca, lugar idílico para navegar.

Otro de los motivos para la tranquilidad de la empresa, a pesar de las graves incertidumbres políticas, es que el 95% del negocio proviene del exterior, fundamentalmente de EE UU, de donde también obtiene la sangre para fabricar los productos. Aunque si percibiera cualquier riesgo político no tardará en avisar a los suyos.

Multinacional de control familiar

El laboratorio familiar, creado en 1940 por el abuelo de Víctor Grífols, ingresó el pasado año 4.000 millones de euros; el mercado norteamericano supone el 65% de la facturación.

Fabrica principalmente hemoderivados (proteínas plasmáticas de uso hospitalario), un sector en el que es la tercera mayor multinacional en el mundo. Barcelona y Clayon (EE UU) son sus dos polos de producción.

La familia Grífols controla alrededor del 30% del capital, en diferentes ramas, con su madre Nuria Roura como principal accionista individual (6,154%), según los registros de la CNMV.

A Grífols le gusta destacar, en cuanto puede, que su empresa más que catalana es global. Aun así, el mando sigue siendo familiar, de la tercera y cuarta generación.

Normas