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Próximo reto: urbanizar las economías emergentes

Se espera que en 2030 casi el 80% de la población mundial viva en las ciudades

Distrito de Xiongan, en China.

La actualidad geopolítica y económica con el foco puesto en el proteccionismo comercial, entre otros asuntos, está dejando fuera del análisis convencional una tendencia que podría marcar el crecimiento global en las próximas décadas: la urbanización de los países emergentes.

Mientras que en los mercados desarrollados se podría atisbar una ralentización, los países emergentes se encuentran ante una realidad bien distinta. De hecho, se espera que su tasa de urbanización agregada aumente del actual 50% al 63% en 2050 y que para entonces 5.200 millones de personas (más de la mitad del mundo) vivan en ciudades de países emergentes. Además, 440 de estas ciudades representarán la mitad del crecimiento global del PIB.

Existe una clara relación entre urbanización y ritmo de crecimiento económico. Aunque actualmente poco más de la mitad de la población mundial vive en las ciudades, estas suponen el 80% del PIB mundial. Por norma general, la urbanización implica mejores economías de escala, mayor productividad, y distancias más cortas al mercado. Además, puede facilitar una mejor infraestructura económica, como la educación, asistencia sanitaria o transporte y clústeres económicos con mano de obra especializada que favorezca la innovación.

No obstante, es importante destacar que la urbanización per se no tiene por qué implicar necesariamente crecimiento económico. La población de algunas ciudades de los países desarrollados ya ha sido testigo de los posibles efectos negativos de la urbanización desmedida. El tráfico, la criminalidad, la contaminación, la desigualdad o los precios elevados de las casas son los más relevantes. Estas circunstancias, unidas a unas mejoras tecnológicas que facilitan el trabajo a distancia, podrían ralentizar la urbanización en los mercados desarrollados.

Según nuestros datos, aunque no es probable que se vaya a producir la llamada contraurbanización, sí cabe ser más escépticos en este sentido que las Naciones Unidas, que esperan que la población urbana de los países desarrollados siga creciendo del actual 78% al 85% en 2050.

En cualquier caso, una pérdida destacada del peso global de las ciudades de los países desarrollados es una realidad incontestable. España es un claro ejemplo de esta tendencia. Según el último informe de Naciones Unidas sobre Perspectivas de la Urbanización Global, mientras que en el año 2014 Madrid ocupaba el puesto 54 de ciudades con más de cinco millones de habitantes, en el año 2030 se espera que descienda hasta el 70. Por su parte, Barcelona se prevé que pase del 69 al 89. A pesar de ello, según este estudio, la urbanización en España no cesará con una tasa del 79% en 2014 al 86% en 2050.

Con independencia de lo anterior, y teniendo en cuenta los tres factores clave que determinan el ritmo de la urbanización – demografía, renta y adopción tecnológica–, el crecimiento de la población de las ciudades en los países emergentes está fuera de dudas y, a medida que el mercado laboral se aleje de las industrias primarias hacia empleos de manufactura y servicio y la población joven quiera migrar de las zonas rurales a las urbanas, existe un claro potencial para que la urbanización en estos países se produzca con mayores ingresos y desarrollo económico.

Para que el crecimiento global se pueda beneficiar de ello, es necesario que los gobiernos tomen medidas con el objetivo de que la urbanización sea positiva para todas las partes implicadas. Un plan integral que anticipe el rápido crecimiento de la población y la implementación de las infraestructuras necesarias es el punto de partida idóneo. Un buen ejemplo de ello es China y el desarrollo del distrito Xiongan que busca reducir el tráfico y la contaminación en Pekín.

En el lado opuesto, encontramos algunos países africanos que, a pesar de haberse urbanizado en una fase temprana de su desarrollo, no han recogido sus frutos debido a factores que limitan el crecimiento como guerras, enfermedades o corrupción.

La necesaria actuación de los gobiernos es clara. Según el Banco Asiático de Desarrollo, la región asiática precisa en su conjunto 1.500 millones de dólares en inversiones de infraestructura de aquí a 2030 si se quiere mantener el ritmo de crecimiento actual. Si bien las políticas destinadas a mejorar la generación de energía son prioritarias en la agenda, el transporte, las telecomunicaciones y el agua y sanitización necesitarán de una inversión anual de 1.500 millones de dólares en los próximos quince años.

Desde el punto de vista de inversión, el hecho de que en 2030 el 79% de la población urbana mundial vaya a vivir en los países emergentes supone un cambio radical. Ciudades de las que hasta ahora los inversores quizás no habían oído hablar, como Belo Horizonte (Brasil) y Foshan (China) y otras como Dhaka, Karachi y Lagos que se posicionarán entre las 10 ciudades más pobladas del mundo en el medio plazo, se deberán situar inevitablemente en su punto de mira.

En definitiva, con poblaciones urbanas crecientes, los organismos políticos necesitan reaccionar en aras de facilitar el desarrollo y el crecimiento del PIB. Si este factor se cumple, las ciudades de los países emergentes pueden posicionarse como los mayores catalizadores del crecimiento global en las próximas décadas y, como consecuencia, los inversores deberán mirar al mundo con otra perspectiva.

Mark Hall es CEO de HSBC España.

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