Editorial

Fondos para invertir con paracaídas

Fondos para invertir con paracaídas

La crisis mundial y las medidas destinadas a combatir sus heridas han sacudido y alterado no solo las economías, sino también los mercados. Y al tiempo que han modificado los hábitos de trabajadores y consumidores han hecho lo mismo con las decisiones de los inversores. Medidas excepcionales, como las políticas monetarias expansionistas de los bancos centrales, han alterado las reglas del juego a la hora de buscar rentabilidades y han dado lugar a una amplia gama de fondos de inversión adaptados a una coyuntura fuertemente marcada por bajos tipos de interés y horizontes de incertidumbre.

En el caso de los inversores de perfil conservador, el panorama ha cambiado de forma especialmente rotunda en poco más de dos años. Hoy los bonos no ofrecen tipos de interés positivo, sino negativo, y los Gobiernos y grandes empresas no pagan por emitir deuda, sino que cobran, lo que ha complicado la clásica búsqueda de rentabilidad y seguridad. En un escenario como ese, han comenzado a desarrollarse productos y estrategias pensados para aquellos inversores poco amantes del riesgo, pero deseosos de superar la rentabilidad media de los depósitos y la inflación.

Entre las opciones que los especialistas aconsejan figuran los fondos que apuestan por las emisiones a corto plazo, una vez que los tipos negativos han alcanzado ya los activos con plazos de inversión relativamente amplios, como es el caso del bono alemán a diez años, que ofrece una tasa del -0,11%. También la deuda corporativa europea se ha convertido en una elección a tener en cuenta, gracias a la decisión del BCE de incluirla en su programa de compras mensuales de activos. Igualmente, figuran en el abanico de instrumentos adecuados para un inversor cauto los fondos que optan por los bonos high yield –emitidos por compañías que no tienen la máxima calificación crediticia, lo que en ocasiones se debe a su tamaño o al país en el que operan– y los que apuestan por deuda de economías emergentes o que incluyan solo una parte de renta variable.

La Bolsa sigue siendo la opción que proporciona mayores rentabilidades a largo plazo. Sacudidos por factores geopolíticos, como la decisión de Reino Unido de abandonar la Unión Europea, los mercados mundiales han exhibido un alto grado de volatilidad durante el primer semestre de este año, pero han ido recuperando terreno y en algunos casos, como el del Nasdaq, han vuelto a alcanzar máximos históricos. Los inversores que quieran colocar su dinero en los parqués bursátiles tienen en los fondos internacionales un instrumento adecuado para apostar por mercados, empresas y estrategias que permitan sacar provecho a la recuperación económica. Los productos que apuestan por los pequeños valores, las grandes marcas y tendencias de consumo, las compañías que reparten dividendos por encima de la media –un valor como Santander es un ejemplo de ello–, los gigantes globales y las compañías de evolución estable son algunas de las recomendaciones de los analistas para los próximos meses.

La elevada flexibilidad de los productos financieros y su capacidad de adaptación al entorno no ocultan, sin embargo, el hecho de que las políticas monetarias expansionistas –como la que mantiene el BCE– son parches para hacer frente a vías de agua y, como tales, tienen que tener una fecha de caducidad. El presidente del organismo, Mario Draghi, ha recordado numerosas veces y con severidad justificada esta obviedad y ha pedido a los Gobiernos europeos que hagan sus deberes y lleven a cabo las reformas necesarias para impulsar el crecimiento económico. Al igual que Janet Yellen al frente de la Fed estadounidense, Draghi sabe que antes o después el BCE tendrá que dejar de inyectar oxígeno a unas economías que deben aprender a respirar por sí solas.

Pero a la vista del escaso vigor del crecimiento en el Continente, todo apunta a que Fráncfort deberá prolongar por una buena temporada las medidas extraordinarias que están apuntalando la actividad en Europa. Una estrategia necesaria, pero que cuenta con el riesgo siempre presente de propiciar el acomodamiento y el inmovilismo de unas economías que deben reformarse para poder crecer.

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