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¿Estacazo o nueva crisis?

Puede ser una oportunidad para reforzar el corazón de Europa, pero la experiencia institucional reciente no es muy alentadora.

El brexit es muchas cosas y ninguna de ellas buena. No se trata solo de los batacazos bursátiles que se producen mientras escribo estas líneas. Es un cambio de régimen, un game changer, un shock en un mundo globalizado. Un ejemplo de que, definitivamente, estamos viviendo en la era de lo impensable.

La salida de Reino Unido de la UE está ya servida pero, en términos prácticos, no va a ser inminente. Se necesitan años de negociación, lo que constituye una nueva fuente de preocupación porque a cada paso que se quiera dar, los mercados estarán pendientes de ver si somos capaces de poner las cosas, incluso, algo peor.

Trabajo en Reino Unido y tengo mis propias preocupaciones como español y europeo, pero lo que más me consterna son cuestiones de fondo: no veo el brexit como la culminación de un fracaso institucional europeo sino como el detonante. Un triunfo de un populismo que es a medias provinciano, a medias arrogante y astuto. Algunos se están haciendo ricos desde la noche del jueves 23 de junio. Noche de San Juan para prender hogueras y provocar más de un incendio en Europa.

Indebidamente manejado –algo que no resulta descartable– el leave puede no solo ser un estacazo bursátil y un prolongado embrollo político para Europa, sino una nueva crisis. O, si se prefiere, la enésima vuelta de tuerca de la Gran Recesión, con algunos ingredientes ya conocidos como riesgo soberano al alza, especulación máxima contra el euro y movimientos unilaterales entre Estados miembros.

Son estos días clave para comprobar quién había realizado verdaderamente planes contingentes y quién no. Y la profundidad y realismo de los mismos. Apuesto a que los bancos centrales los habían realizado de forma precisa. Básicamente, se tratará de dar unos cuantos cañonazos más en la misma dirección. Aunque probablemente parte de ese fuego esté descontando y ya no resulte tan sorprendente. Supuestamente, la eurozona debía prepararse para más inflación (en algún momento aún no muy visible) y para una retirada de estímulos (en otro momento aún más lejano y menos visible aún) pero el brexit va a requerir aún más potencia y más guardia y vigilancia.

Hay otras cuestiones relativas al sistema financiero europeo que son preocupantes, como los movimientos especulativos con la libra, las transacciones realizadas en los mercados londinenses o los pagos y garantías a medio y largo plazo en diferentes contratos y cámaras de compensación. No es tanto que las transacciones actuales corran peligro (no es el caso) sino la difícil pregunta de cómo se realizarán en el futuro esas operaciones y si la City será una referencia financiera europea o extranjera y ajena. El dinero puede no entender de fronteras, pero los precios y las regulaciones sí.

En el sector privado también resulta altamente esperable que los planes contingentes se hayan realizado con cierto detalle. Los intereses empresariales y financieros españoles en Reino Unido son evidentes. El problema es que se trata de un hecho tan inusitado que requiere de un propio cambio continuo en esos planes, ya que los escenarios cambiarán progresivamente.

El plan contingente más importante de todos, sin embargo, puede brillar por su ausencia o por su descoordinación: ¿podemos esperar de Europa una respuesta firme, consensuada y activa que mitigue los riesgos y traiga algo de calma? Los precedentes no son muy halagüeños. No está claro quién es el interlocutor en una UE sobre-estructurada y tremendamente burocrática. Y, además, con una crisis política en Reino Unido, tampoco es fácil identificar al interlocutor británico. Desde luego, no puede considerarse como tal a ninguno de los impulsores del brexit. Al menos, de momento. Puede darse la paradoja de que el Gobierno que tenga que negociar el papel del Reino Unido fuera de la UE sea europeísta. Otro episodio más de este camarote de los hermanos Marx.

Para los británicos en Europa continental y los europeos en las islas británicas: flujos migratorios, relaciones laborales, cobertura sanitaria, paso de fronteras, etc. Un sinfín de preguntas sin fácil respuesta. Lo primero debiera ser asegurar que la legislación vigente se mantenga en tanto en cuanto cada cuestión se negocia, con transparencia y con la conveniente prudencia. Otras implicaciones políticas del brexit, como los nuevos movimientos antieuropeístas en algunos otros países del continente o los pro-Europa en algunos territorios británicos, tampoco van a ser un caldo de cultivo sencillo para estas negociaciones.

España está llamada a tener un papel esencial. Por su especial vinculación y su superávit comercial y de servicios respecto a Reino Unido, por los lazos financieros y hasta por Gibraltar. Otra cosa es que esa llamada sea atendida o que exista la fortaleza y cohesión política para atenderla, presentarse en Bruselas y defender adecuadamente los intereses.

Como anglófilo y europeísta me siento tan compungido como se sienten muchos británicos y españoles. Un referéndum que hace dos meses podría haber dado un resultado y dentro de dos otro, ha puesto en jaque a Europa. El europeísmo debe unirse para frenar al populismo. Reino Unido va a pagar caro esta decisión y Europa también, en particular, las generaciones más jóvenes.

Cuánto de caro es lo que se debe determinar e intentar limitar. Tratar de dilucidar si son solo unos estacazos (duros, en todo caso) o el germen de una nueva crisis europea. Puede ser una oportunidad para reforzar el corazón de Europa, con la eurozona a la cabeza, pero la experiencia institucional reciente no es muy alentadora.

Santiago Carbó Valverde es catedrático de Economía. Bangor University. Funcas. Cunef.

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