Editorial

Crisis política, anestesia monetaria e inversión

Las heridas de la crisis financiera y económica no terminan de cerrarse, ni siquiera nueve años después de estallar. Y aquellas que aparentemente han cicatrizado, han abierto incertidumbres ulteriores sobre el funcionamiento de la economía y sobre las sociedades. Así, cuando hace prácticamente una década que se rompió la armonía financiera en el mundo, casi ninguna parte del planeta puede considerarse plenamente segura para la inversión, o al menos si se pretende garantizar la seguridad durante un periodo dilatado de tiempo. El corto plazo se ha convertido en el aliado de los grandes fondos de manera mayoritaria, aunque sigan existiendo resquicios para la apuesta de largo plazo en las actividades más tradicionales y en aquellas a las que se le supone presencia dominante en nuestras vidas en el futuro.

Si la globalización ha sido un impresionante impulso al crecimiento mundial y al reparto de la riqueza hasta los pueblos más pobres del planeta, si colocó a los países emergentes en el mapa de la actividad económica y financiera, si universalizó el uso de la tecnología y de la comunicación prácticamente en tiempo real, tenían que aflorar también sus contras. Llegado el momento de la crisis, esta se propagó con la rapidez de un rayo a través del ejercicio de la libertad de movimientos de capitales, y fue dejando víctimas, en mayor o menor grado, en todas las zonas del mundo. Y dado que no todas las sociedades tienen los mismos mecanismos de defensa ante los estragos de la recesión, mientras en unas zonas se ha intensificado la apuesta por la competencia con costes cada vez más competitivos, en otras se ha engendrado y alimentado la hidra de los nacionalismos, de la xenofobia, encarnados ambos en apuestas populistas de diferente signo, pero todas supuestamente encaminadas a corregir desigualdades crecientes, sobre todo en las sociedades más avanzadas, y cuestionando si es necesario el statu quo democrático consolidado hasta ahora.

Y esta circunstancia, que se hace notar en el norte, en el centro y en el sur de Europa, en las islas británicas o en la propia Norteamérica, empieza a estar presente en las preocupaciones de los propios gestores de fondos, que ven cada vez con menos claridad hacia dónde caminan democracias que hasta ahora eran consideradas muy sólidas, y que siempre ofrecían la garantía de las leyes para el desenvolvimiento de los negocios. Que en el norte de Europa se den fuertes movimientos xenófobos de supuesta extrema derecha, que se replique en el sur con partidos de izquierda radical que cuestionan el funcionamiento institucional de sus países y de la propia Unión Europea, que la mitad de Reino Unido no se sienta parte del proyecto común europeo, o que discursos populistas como el de Donald Trump se abran camino en EE UU son un síntoma del daño de la crisis y de lo mal que se ha resuelto, y una advertencia de que hay que corregir el tiro lo antes posible para quitar argumentos a los revisionistas radicales. A este fenómeno hay que añadir la evidencia de que las economías están cogidas con alfileres en muchas partes del mundo, con la anestesia de un expansionismo monetario que adultera el valor de los activos en casi todos los mercados y que impide hacer análisis consistentes sobre qué comportamiento tendrán en el futuro.

Con este escenario político y económico, las decisiones de inversión no son nada fáciles, pues la inseguridad ahoga cuanto optimismo pueda aportar el crecimiento económico, que por otra parte es de los más limitados de la historia contemporánea tanto en Europa como en EE UU. Hay apuestas para lograr buenos retornos y hay sectores y empresas minusvaloradas en todos los mercados, pero la sombra de la incertidumbre recuerda cada poco que hay que moverse con más cautela de la acostumbrada. Los gestores siguen apostando ante tantas cautelas por los sectores cíclicos, por aquellos ligados al consumo, por algunas comodities excesivamente depreciadas, y sobre todo por las empresas con los negocios que generen caja de forma continuada y en los que no haya sido preciso poner muchos recursos ajenos. Siguen teniendo mucha cautela con la banca, a la que en general consideran excesivamente castigada, pero sobre la que admiten que tendrá dificultades para regresar a unos niveles de retornos como los de antes de la crisis.