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El autoengaño de la evasión fiscal

El escándalo de los llamados “papeles de Panamá” está teniendo serias consecuencias políticas. La renuncia del ministro Soria ayer se une a otras dimisiones en Europa como, entre otras, las del primer ministro islandés Gunnlaugsson. Otros responsables políticos europeos, como Cameron en Reino Unido, están intentando dar explicaciones sobre su participación en este tipo de vehículos de evasión fiscal con distinto grado de solvencia y credibilidad. Y, en todos estos casos, tanto de políticos como de empresarios, artistas y cualquier otro implicado, una sensación generalizada de indignación y vergüenza. Porque no se trata de un caso aislado. Llueve sobre mojado. Tal vez sea la consecuencia de que la transparencia esté aumentando. Pero da la sensación de que si ese es el caso se debe más al esfuerzo periodístico y a iniciativas ciudadanas que a la coordinación y voluntad política.

Recordaremos seguramente cumbres del G-20 entre 2008 y 2010 como las de Londres, Pittsburgh, Toronto o Seúl en las que el clima de aguda irritación y preocupación llevó a proponer cuestiones tan esenciales como la supresión del secreto bancario o una mayor coordinación internacional en materia de evasión fiscal. Hay que reconocer progresos -desiguales, eso sí, y con mucho recorrido aún- en áreas como la financiación del terrorismo pero en cuanto a secreto bancario, evasión y paraísos fiscales se ha hecho mucho menos de lo que cabría esperar. Como en tantos otros ámbitos, se avanza a golpe de escándalo. Tras el revuelo de estos días, Reino Unido, España, Francia, Italia y Alemania quieren ahora impulsar un sistema automático de intercambio de información internacional. Todos ellos miembros de la UE y, sin embargo, sólo ahora parece tener salida esta iniciativa llena de coherencia.

No es cuestión tampoco de ser ilusos, la evasión fiscal ha estado siempre ahí. Existe evidencia de que los romanos enterraban joyas y oro para evadir impuestos sobre la riqueza. Y los historiadores han mostrado prácticas similares antes y después. Pero lo que vivimos ahora es un entramado de dimensiones brutales que compatibiliza mal con el objetivo de tratar de hacer calar en el ciudadano el sentido del deber fiscal.

En España, las noticias sobre evasión son la guinda a los lamentables episodios de corrupción que se repiten cada día y los ciudadanos –particularmente las rentas medias- conviven mal con la contrastada idea de que son ellos los que sostienen financieramente el país. Se abre aún más la brecha de desconexión entre política y ciudadanía. Es cada vez mayor el riesgo que cunda el sentimiento de que los incentivos fiscales no solamente están mal especificados –esa sensación de “yo pago por otros”- sino que ahora, además, podrían estar también deteriorados: algo así como “poca flexibilidad conmigo y aparente impunidad para los que debían dar ejemplo.”

El desvío de fondos a paraísos fiscales se convierte, de este modo, en la guinda del autoengaño, especialmente si se produce entre los que más tendrían que cundir con el ejemplo. Nos engañamos a nosotros mismos porque todo lo no recaudado vuelve a nuestro país como un problema aumentado: menos ingresos fiscales, más presión impositiva, más malestar social.

Claro que ha habido diferentes grados en la comisión de estos delitos. No es lo mismo un error por omisión menor, o un incumplimiento por desconocimiento que el incumplimiento intencionado y sistemático que conlleva una evasión de ciertas dimensiones. Apelar a la ignorancia es complicado. Porque incluso cuando se cede la gestión de impuestos a terceros, ser parte (y ratificarla con firma) de sociedades en Panamá, Islas Caimán u otros enclaves similares suena a algo más que raro ¿verdad? Se sea un especialista fiscal o no. Lo de ser naíf en materia impositiva no vale cuando se ganan millones de euros y se pagan sólo unos cuantos miles al año.

Como en otros ámbitos, todo empieza con la educación económica y financiera. ¿Se habla en los colegios de la importancia de los impuestos como deber social o se plantea como si fuera un castigo? ¿Se habla en absoluto de estos temas?

Y si miramos a España podemos preguntarnos si se está haciendo suficiente o no. Claro que ha habido iniciativas para combatir el fraude fiscal en diferentes niveles pero con un enfoque muy específico y sin aflorar grandes bolsas de fraude, al menos hasta ahora. Los responsables políticos tendrían que ser especialmente transparentes. No cunde el ejemplo y cada día conocemos diferentes relevaciones que distorsionan aún más el incentivo de un ciudadano a pagar. Al día siguiente se anuncia una subida de impuestos de algún tipo y, claro, gracia no hace.

Santiago Carbó Valverde, Bangor University, Funcas y CUNEF

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