Opinión

Los papeles de Panamá: piratas en el paraíso

Tras la crisis, la ciudadanía es más sensible a la corrupción. Cada escándalo es gasolina para populismos varios

Lo cuentan los libros de historia, las novelas y algunas películas muy taquilleras:el Caribe era un mar de islas paradisiacas, como ahora, pero infestadas de piratas a los que la ficción arropó de un halo romántico. Hoy en las tierras que bañan esas aguas de color turquesa no hay corsarios pero proliferan los paraísos fiscales. Y tenemos a los que podríamos llamar piratas fiscales perseguidos por piratas informáticos. La batalla pone al descubierto a quienes creían estar a salvo en un refugio (eso significa haven tax en inglés, y no paraíso). El escándalo de los papeles de Panamá nos permite sacar algunas conclusiones muy ilustrativas de hacia dónde se mueve el mundo.

La era de las filtraciones masivas de datos. A donde no llegan las autoridades llegan los hackers. El secreto bancario lo están derribando los ciberactivistas, a veces de la mano de empleados arrepentidos. Actúan fuera de la ley pero en nombre de la transparencia, la decencia y el fin de los privilegios. Es el estilo Anonymous: se roba información, de organismos públicos o privados, para dar a conocer conductas que la opinión pública censurará. Valen documentos diplomáticos, bancarios y hasta listados de clientes de páginas de contactos. El afán justiciero de estas filtraciones no significa que salgan gratis: lo de Wikileaks tiene a Julian Assange encerrado en la Embajada de Ecuador en Londres y a Chelsea (antes Bradley) Manning condenada a 35 años de prisión; el caso Snowden llevó a su protagonista a cobijarse en Moscú. Por otro lado, enfrentarse a millones de documentos es un desafío para el periodismo que se ha abordado a través de una red global de medios que aportan una mirada local a cada historia, y en la que informadores e informáticos tienen que estar codo con codo.

No hay colores. Partamos de la presunción de inocencia: no es ilícito constituir una sociedad offshore si se declara a Hacienda, en el caso español mediante el modelo 720 creado cuando la amnistía fiscal. Recordó el ministro Montoro que esas inversiones pueden ser legales, aunque añadió: “pero la ética... ejem, ejem”. Puesta esa prevención por delante, la lista de usuarios de las offshore abarca todas las tendencias políticas (izquierda y derecha, democracias ejemplares o regímenes autoritarios) y orígenes (altos cargos y su entorno, pero también intelectuales, artistas o deportistas). Según los prejuicios de cada uno, elegirá destacar a Almodóvar o a Pilar de Borbón,a los jerarcas de Venezuela o a Macri, a los Franco o a los Picasso. Las autoridades judiciales y tributarias deberán ir caso por caso. A priori, desprenden peor olor los casos de enriquecimiento en las cercanías del poder político, porque ahí puede haber algo más que evasión.

Una nueva sensibilidad social. La crisis financiera iniciada en 2008, que ha castigado con dureza a la clase media, ha dado como resultado una ciudadanía más sensible a la corrupción que en los años de euforia y burbujas. La combinación de medidas de austeridad y escándalos financieros genera un gran malestar y es gasolina para populismos varios. El FT explicaba esta semana “cómo la furia contra los paraísos fiscales se volvió mainstream”: de ser una protesta marginal a principios de siglo, ha pasado a asunto central del debate público, también en la campaña presidencial de EE UU. Este clima explica, por ejemplo, que se esté poniendo coto a los bonos de los jefes financieros, que se revise la tramposa tributación de multinacionales tecnológicas o que la Casa Blanca haya parado la fusión de Pfizer y Allergan para que la resultante no se vaya a pagar a Irlanda.

Las consecuencias políticas. El jefe del Gobierno islandés, Gunnlaugsson, ha sido la primera víctima del caso pero no será la última. Hasta en China, pese a toda la censura, el Gobierno tuvo que anunciar una investigación. Hasta en Marruecos se han levantado voces por la implicación del casi intocable rey. Y lo que queda.

El doble rasero. El G20, reunido en Londres en 2009, proclamó el fin de los paraísos fiscales y del secreto bancario. Ahora el anfitrión de aquella cumbre, David Cameron, ha admitido que participó en el fondo offshore de su padre. Y se ha sabido también que en 2013 el premier presionó para aguar las medidas de la UE contra los paraísos fiscales, demasiados bajo bandera británica, desde las islas del Canal a las Vírgenes, centro frenético de operaciones en este caso.

¿Y ahora? Significativa la reacción del comisario de Asuntos Económicos, Pierre Moscovici:la filtración “es una buena noticia porque nos da armas políticas para decir basta ya”. Todo indica que crecerá la presión para acelerar la toma de medidas por la OCDE, el G20 o las instituciones europeas. Hay algunas pendientes: en 2014, la UE pactó con medio centenar de países el intercambio automático de información sobre cuentas a partir de 2017, siguiendo el modelo de los acuerdos Fatca con EE UU. Es lógico que haya dudas sobre si será eficaz, pero no parece haber otro camino que ese. Tendrán que emplearse a fondo para que no nos venga a la cabeza la escena de Casablanca: “¡Qué escándalo! He descubierto que aquí se juega”.

Ricardo de Querol es director de Cinco Días