La arquitectura, los barrios y la gente muestran el cruce cultural

Granada, embrujo oriental

La Alhambra granadina. Ver fotogalería
La Alhambra granadina.

Se encuentra en un paraje privilegiado, en la falda de Sierra Nevada, entre los ríos Genil y Darro. Granada, una ciudad con un excepcional patrimonio histórico-artístico, impacta y emociona siempre, pero especialmente a aquellos que la visitan por primera vez. En las calles del último reino reconquistado por los Reyes Católicos se dan la mano, y se funden, elementos árabes y cristianos. Su pasado nazarí, con la Alhambra como máximo exponente, atrae a miles de turistas de todo el mundo ávidos por conocer una herencia cultural única. Es el monumento más visitado de España después de la Sagrada Familia en Barcelona.

En la colina, abrazada por los dos ríos que atraviesan la ciudad, se iniciaron en 1238 las obras de una fortaleza inexpugnable, una ciudad regia que mandó construir el emir de Granada y sultán de Al-Ándalus. Fue durante varios siglos, hasta 1492, lugar de residencia de los sultanes nazaríes y de los altos funcionarios del reino, y también ciudadela habitada, en los momentos de mayor esplendor, por más de 2.000 personas al servicio de la corte.

Solo por conocer la Alhambra merece la pena acercarse a Granada. El conjunto acoge la antigua alcazaba (fuerte defensivo) y los palacios reales. Las dependencias de esta joya del arte arábigo-granadino, levantada entre los siglos XIII y XV, están conectadas entre sí a través de patios, jardines y fuentes; el sonido del agua es constante. Su belleza es patente en lugares como los patios de los Arrayanes y de los Leones, en el salón de los Embajadores o en la sala de las Dos Hermanas, esta última es el centro de una serie de dependencias que servían de residencia a la sultana y sus hijos. Al parecer, la madre de Boabdil, Aixa, vivió aquí tras ser repudiada por Muley Hacén.

En esta colina también se encuentra el Generalife, el palacio veraniego de descanso de los monarcas nazaríes, concebido como villa rural, con patios, edificaciones y huertos, que hacia 1930 se transformaron en los bonitos jardines que hoy se visitan; también el palacio de Carlos V, un imponente edificio renacentista que mandó edificar el monarca después de la visita que realizó a Granada en 1526, tras su boda en Sevilla con Isabel de Portugal, y que nunca llegó a utilizar. Hoy acoge los museos de Bellas Artes y de la Alhambra.

La Alhambra es el monumento más visitado de España después de la Sagrada Familia

Pero Granada es mucho más que este emblema, de color bermejo, como la tierra donde se asienta. En otra de las colinas de la ciudad, enfrente de la Alhambra, se encuentra el Albaicín, un barrio con un profundo sabor árabe, considerado el último reducto de esta comunidad antes de que fuera expulsada de Granada. Todavía hoy conserva parte de la muralla y algunas de sus puertas.

Es un placer pasear por sus calles estrechas y empinadas donde se suceden los cármenes (espléndidas casas rodeadas de jardín), antiguas mezquitas sobre las que se han construido iglesias (San Salvador, San Bartolomé o San José) y pequeñas plazas, como las de San Cristóbal y San Nicolás, en cuyo mirador Bill Clinton dijo que había contemplado la más bella puesta de sol del planeta. Desde entonces, el balcón de San Nicolás se ha convertido en una atracción de primer orden. Salpicada de puestos de artesanía y músicos, y muchos turistas, casi hay que abrirse camino a codazos entre el gentío para poder admirar al atardecer una de las mejores vistas de la ciudad y de la Alhambra, con las cumbres de Sierra Nevada al fondo; no es fácil describir con palabras la belleza de la imagen más universal de Granada.

Granada, embrujo oriental

Un alto es el camino para reponer fuerzas en cualquiera de los bares de tapeo del Albaicín es casi una obligación. Existe en Granada una auténtica competición por ofrecer las mejores y más que generosas tapas. La capital de la tapa es una maravilla.

Pero el Albaicín esconde otras muchas sorpresas, como los baños árabes de El Bañuelo, del siglo XII, de los más antiguos, importantes y completos de esa época en España y una de las obras más antiguas de la Granada musulmana. La decoración mudéjar del convento de Santa Isabel la Real, la planta renacentista del palacio de los Córdova o la impresionante fachada de la Real Chancillería son otra muestra de la riqueza patrimonial que esconde el Albaicín.

En el Sacromonte, la colina más gitana de Granada, la tradición flamenca y festiva se percibe en los espectáculos de las zambras, fiestas gitanas que se celebran en las cuevas reconvertidas en tablaos, sobre todo para guiris, y excepcionalmente en las muestras espontáneas que pueden surgir en los bares y terrazas del barrio, habitualmente a altas horas de la madrugada. Pero este barrio, ubicado entre barrancos, poblado de cuevas, casas encaladas y plagado de chumberas en sus laderas, al que se llega tras atravesar, en taxi, un laberinto de calles, también puede visitarse durante el día, y quizás entonces podrá dejarse llevar por un embrujo más auténtico.

Quizás la mejor manera de adentrarse en la Granada cristiana es visitando su catedral. Fue mandada construir en 1523 en el lugar donde había estado situada la mezquita mayor, por la reina conquistadora, Isabel la Católica, en cuya Capilla Real está enterrada junto a su marido, el rey Fernando. De planta gótica, terminada en estilo renacentista, sus dimensiones son extraordinarias, es una de las catedrales más grandes de España. Tiene un interesante altar mayor, completamente redondo, sin precedentes en la historia de la arquitectura, y acoge una importante colección de obras del artista granadino Alonso Cano.

Antes pasaremos por el Corral del Carbón, la alhóndiga árabe, sede actual de la Fundación del Legado Andalusí, y la plaza de Bib-rambla, con su mercado de flores. De origen árabe también son la Alcaicería, antiguo zoco donde hoy se vende artesanía, y frente a la Capilla Real, el Palacio de la Madraza, buena muestra de la arquitectura musulmana y, tras la reconquista, sede del primer ayuntamiento de Granada.

Imprescindible un paseo por la carrera del Darro, también conocida como el paseo de los Tristes que, paralelo al río, conduce a uno de los tres accesos a la Alhambra. Es un camino empinado, plagado de bares de tapas, terrazas e historia, donde rememorar cómo debió ser antaño subir a la Alhambra desde la ciudad.

Al lado de los palacios nazaríes o en el centro de la ciudad

El Patio de los Leones.
El Patio de los Leones.

Inaugurado en 1910 por el rey Alfonso XIII, el Alhambra Palace, a diez minutos a pie de los palacios nazaríes, dentro de la ciudadela de la Alhambra, es uno de los hoteles en activo más antiguos de España. Obra del duque de San Pedro de Galatino, aristócrata, político, empresario y gran visionario de su época, consiguió hacer realidad uno de sus mejores sueños. Más de 18.000 turistas visitaban ya por entonces la Alhambra, y esta obra suponía el complemento perfecto para el incipiente turismo romántico de la época.

En su interior se respira un ambiente de auténtico lujo oriental. En sus estancias comunes, con arcos y aljibes, se pueden imaginar las historias sin fin de Sherezade o los Cuentos de la Alhambra de Washington Irving, y en sus habitaciones se mezclan el confort moderno con la decoración neonazarí. Alojarse en este hotel excepcional es trasladarse a otra época; es un privilegio, un lugar para soñar.

Una opción menos lujosa pero muy conveniente y confortable son los hoteles de la cadena Dauro (arriba, en la imagen), situados en el centro de Granada y diseñados para disfrutar en familia, pareja, amigos o en viajes de negocios.

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