Cuenta con más de 550 miembros

Por qué soy socio del Club Matador

Hugo Albornoz, de NeoLabels
Hugo Albornoz, de NeoLabels

"Llegué sin muchas expectativas, pero nada más entrar por la puerta me dije: quiero pertenecer a este club”. Así recuerda Pablo Rodríguez, nacido en San Sebastián hace 37 años, la primera vez que accedió al señorial edificio de la calle Jorge Juan, donde se encuentra el Club Matador, un espacio de encuentro social del que todo el mundo habla, pero que muy pocos conocen.

Lo primero que llama la atención es el sistema de acceso, a través de la huella dactilar. Es la señal que advierte que la discreción y la exclusividad son las normas que imperan en estos 800 metros cuadrados de estancia. Ningún cartel lo anuncia. “Venimos aquí porque nos traen otros socios. Yo sentía curiosidad por ver cómo funcionaba un club de este tipo, y cuando lo vi me impresionó por las obras de arte, por el ambiente que, a primera vista, se respira. Además, ese punto de secretismo que ya se vive en el portal me encantó”, prosigue Rodríguez, profesional que trabaja en Warner Music, y que enseguida analizó todos esos intangibles que el club le podía aportar. “Lo vi como fuente de inspiración y como un estímulo, que no tenía en otro lugar. Hay un ambiente que te predispone para estar con los sentidos abiertos”, explica este socio, que cuando estudiaba en el IE Business School exploró la idea de montar un club en Madrid, al estilo de Shoreditch House, del grupo de clubes privados Soho House.

Andrea de Alier, consultora de profesión.
Andrea de Alier, consultora de profesión.

El Club Matador nació hace dos años, siguiendo el espíritu de la revista Matador, una idea del inquieto periodista Alberto Anaut, que deseaba crear un lugar de encuentro donde profesionales de distintas edades, procedencias, formación y culturas disfrutaran de un espacio extraordinario. Todo ello se ha logrado y confluye en una excepcional vivienda de mitad del siglo XIX, con ocho balcones a la calle y otros ocho sobre un jardín histórico y único en Madrid. Tras un reforma, que ejecutó el arquitecto Carlos Manzano, a su vez secretario general del club, la sede mantiene la misma estructura geométrica cuadrada que antaño y se divide en seis grandes espacios, que han sido remodelados para distintos usos (biblioteca, restaurante, sala de cine, coctelería, un reservado para almuerzos, una sala para uso exclusivo de teléfono móvil y ordenadores).

En este club, donde no hay ninguna norma escrita en cuanto al atuendo, sí son estrictos en el uso del teléfono y de aparatos tecnológicos. Este detalle, lejos de incomodar, lo alaban, aunque con reservas, algunos socios. Es el caso de uno de los socios más tecnológicos de los 420 que hay inscritos en este momento, además de los 140 socios fundadores, como es el emprendedor y business angel Bernardo Hernández. “Creo que tiene sentido no permitir que se usen los teléfonos para evitar que las conversaciones contaminen la dinámica del club, pero los ordenadores deberían poder utilizarse. Hoy en día, los iPad, los smartphones y los portátiles son extensiones de nuestros cerebros. Yo estoy permanentemente conectado, sin que sea una enfermedad ni moleste a la gente que tengo al lado”, opina este socio, que también lo es de otros clubes en Londres, Nueva York y San Francisco.

Pablo Rodríguez, de Warner Music.
Pablo Rodríguez, de Warner Music.

“En Madrid no había nada parecido, todos lo clubs que hay eran bastante casposos, y sin las amenidades y gente de los clubs de fuera. Cuando me hablaron de Matador me pareció que, por fin, llegaba a Madrid algo distinto y quise apoyarles”, explica Hernández, que confiesa que se han superado las expectativas que tenía en lo que respecta al club. “Cuando estoy en Madrid es mi cuartel general”. En él organiza comidas de trabajo y sobre todo utiliza el reservado para ocho personas para cenar con amigos. “Me gusta el perfil joven y creativo de los socios, así como la gestión de las actividades, la cocina, las copas, la decoración y sobre todo la ubicación”.

Andrea de Alier, barcelonesa de 36 años y consultora de profesión, llegó al club en 2013, y afirma que, desde entonces, su vida social ha cambiado, gracias a la intensa agenda cultural y a las actividades que se organizan cada semana. “Mi ocio es mucho más rico, tengo acceso a invitados que vienen al club procedentes de distintas disciplinas, y eso es muy enriquecedor”. Y cita el caso del privilegio que supuso haber podido compartir una tarde con el economista Guillermo de la Dehesa o con la cocinera Carme Ruscalleda. “Esas conversaciones privadas que mantenemos con estas personalidades son impagables”, señala De Alier. La oferta musical –se escucha jazz de fondo–, que genera un ambiente diferente, es uno de los atractivos que destaca Pablo Rodríguez. “El éxito de un club depende de quien está detrás de todo esto, de los socios que aportan cosas, aquí todo es muy participativo”, añade el ejecutivo de Warner Music, que, por su vinculación con la música, planea abrir el club a otras disciplinas, además del jazz, al flamenco o a la música clásica.

La propuesta cultural es lo que atrajo a Carlota Mateos, socia fundadora de Rusticae:“La oferta es de una gran calidad, se nota que se mima, y esa preocupación por la cultura atrae a gente con esa sensibilidad”. Y destaca el papel de los socios encargados de hacer la selección cultural, “es gente exquisita que hace una criba importante para que el proyecto de Matador sea tan completo, porque otro factor importante es la gastronomía”. Uno de los últimos en incorporarse, hace tres meses, a la familia Matador ha sido Hugo Albornoz, madrileño de 37 años, socio fundador de la consultora de tecnología NeoLabels. “La primera vez que entré en el club pensé que estaba en una película de Woody Allen, rodeado de gente interesante”. Reconoce que siempre encuentra una excusa para acercarse a la calle Jorge Juan, “siempre hay una exposición o una conferencia apetecible, hay música, cócteles, hay un restaurante al que merece la pena venir... Todo sucede aquí”.

Cómo hacerse socio

Cada nuevo miembro debe ser presentado por un socio fundador, o por al menos dos socios generales, y además debe ser aceptado por la comisión de socios, que es la única división del club con funcionamiento independiente, actuando de forma autónoma con respecto a la jerarquía de la junta de gobierno y del propio presidente del club. Las candidaturas podrán ser aceptadas o rechazadas libremente por esta comisión. Un socio rechazado no podrá ser presentado a admisión nuevamente en el plazo de tres años. La cuota anual es de 1.200 euros al año, de 450 euros para los menores de 35 años y de 600 euros para aquellos que vivan a más de 200 kilómetros de Madrid. Para todos existe una cuota de ingreso de 300 euros.

Uno de los principales atractivos del Club Matador es su restaurante, una apuesta por la cocina tradicional española, con una carta de productos de mercado y recetario sencillo, que firma la cocinera Yolanda Olaizola, fogueada en las cocinas de Príncipe de Viana y de Aldaba. El club invita periódicamente a reconocidos chefs a cocinar para los socios. “Apetece venir a mediodía, siempre huele a comida rica”, afirma Pablo Rodríguez.

Dos veces al año se organizan exposiciones de arte comisariadas por expertos de reconocido prestigio, en base a las colecciones particulares de los propios socios.

La música, al igual que el cine, forma parte de la esencia de este club. Cuenta con una fonoteca con los 300 mejores LP de la historia del jazz. La biblioteca está dirigida por Eduardo Arroyo, que tiene el cargo de bibliotecario vitalicio, y confía en ser un referente de la novela negra, así como en toreo y en boxeo.

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