Editorial

El motor del crédito empieza a rugir

La disponibilidad de financiación ha sido el verdadero motor de la actividad económica en los años de fuerte crecimiento de este siglo, y su restricción en los últimos ejercicios, el primero y principal freno. El crédito es un revitalizante económico de primer nivel, pero tiene lógicas contraindicaciones, y debe ser administrado con mesura para evitar dolencias de mayor envergadura que las que pretende solventar. Buen ejemplo de ambas cosas, del bien y del mal, ha experimentado la economía española desde que se integró en el euro, desde que arrancó el siglo XXI. Y ahora trata de entrar en una fase en el que la administración en su justa medida de la financiación ajena proporcione solidez y longevidad al ciclo económico.

Por diversas razones socieconómicas que habían mantenido embalsadas las demandas de endeudamiento e inversión de empresas y particulares hasta la llegada del euro, y por la irrupción de unos tipos nominales (y reales) desconocidamente bajos permitidos por la política monetaria dirigida por el Banco Central Europeo desde Fráncfort, entre 1998 y 2007 España asistió a una orgía de crédito, a una desaforada bacanal de endeudamiento de los agentes económicos. Pero tal exceso y la naturaleza casi unilateral de la financiación, dirigida a la actividad inmobiliaria, provocó dos fenómenos que mantienen atrapada a la actividad cuasi en el estancamiento: sobreendeudamiento de familias y empresas y crisis de solvencia bancaria.

La segunda se ha solventado imprimiendo capital en las sociedades financieras, con coste incluso para el erario público para cerrar el diferencial de solvencia de las antiguas cajas de ahorros, pero la segunda se ha solucionado solo en la parte empresarial, mientras que los hogares siguen arrastrando niveles de apalancamiento muy elevados. Siete años largos después de estallar la crisis financiera y económica, el crédito, que ha estado paralizado, vuelve a respirar. Aunque el saldo vivo sigue cayendo, la financiación nueva ya ha comenzado a movilizarse tanto para las sociedades como para los hogares.

El crédito vuelve, pero las condiciones no son como las del ciclo alcista anterior. La banca ha estrechado mucho la vigilancia del riesgo, algo que nunca debía haber flexibilizado en el pasado, y solo las empresas y los particulares con alto grado de solvencia acceden a la financiación. En todo caso, la banca vive y construye su cuenta de resultados concediendo crédito, y no puede dejar pasar excesivo tiempo sin renovar su cartera. Además, en un escenario en el que el gran estabilizador de sus cuentas, la deuda pública, ha dejado se ser determinante fundamentalmente por la captación a unos tipos de interés muy, muy bajos, la banca necesita premiosamente alternativas de crédito.

Por todo ello, era cuestión de tiempo que se abriera la espita de la financiación ajena para los negocios y los proyectos de inversión y consumo de los particulares. Cuando lo ha hecho, se ha concentrado, de nuevo, en el caso de las familias, en la financiación hipotecaria, toda vez que la demanda vuelve a concentrarse en la compra de casas una vez despejadas las dudas sobre el comportamiento de la economía los próximos años. En todo caso, los márgenes que ahora maneja la banca para este tipo de crédito son más generosos que en el boom, y exigen a la clientela muy elevados grados de vinculación, mientras que mantienen tasas elevadas para el crédito personal y de consumo.

Cuidando precisamente evitar los excesos del ciclo pasado, la financiación se convertirá en el pilar que la economía necesita para prolongar el crecimiento y recuperar los niveles de riqueza y reparto de la misma que el país tenía antes de la crisis. Y tal cuidado es responsabilidad de todos los agentes que intervienen en la economía, desde quien fija los tipos de interés hasta quien reclama un crédito para financiar un pequeño negocio. La banca está mucho mejor capitalizada que al comenzar el siglo, además de disponer de mayores estándares de profesionalización en su gestión, aunque solo sea por el simple hecho de que la mitad del sistema financiero que antes no cotizaba ahora tiene la vigilancia del mercado. Y las asimetrías de la política monetaria, que hicieron estragos en el pasado, ahora son más fáciles de superar por la existencia de la unión bancaria y la supervisión única.

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