El QE “a la europea” de Draghi

Quizá sorprenda a muchos, pero las últimas medidas anunciadas por el Banco Central Europeo en esta nueva fase de la crisis, son bastante diferentes a las que hasta en tres ocasiones sucesivas ha tomado la Reserva Federal desde 2008 (los tres “Quantitative Easing”, el último que tocará a su fin el próximo mes de octubre). Y sin embargo, pueden ser las medidas que en estos momentos necesita Europa.

Es correcto que no se parezcan, porque Europa no es Estados Unidos, claro está, y las dolencias de la economía europea difieren enormemente de los problemas de la economía americana.

A lo largo de estos años, sin embargo, también hemos tenido ocasión de ver a la FED y al BCE tomar medidas muy similares y mucho más afines para combatir el pánico en los mercados. Ambos han promovido con éxito, directa o indirectamente la inyección de fondos a sus sistemas financieros, a través de distintos vehículos, con objeto de evitar episodios de histeria bancaria que hubiesen resultado fatídicos para la economía. Así hemos visto a la FED evitar desastres como el de Fannie Mae y Freddie Mac tomando participaciones de control, o prestar inmensas cantidades de fondos a través del programa TARP a los principales bancos del país (Citi, Morgan Stanley, JPMorgan…).

El BCE, por su parte, puso a disposición de todos los bancos de la Eurozona cantidades ilimitadas de liquidez a través de subastas a largo plazo a tipos muy ventajosos (comúnmente llamadas “barras libres de liquidez”) que las entidades utilizaron para el “carry trade”, lo que les permitió reequilibrar sus malheridas cuentas de resultados, instando además a la recapitalización de entidades al borde de la quiebra prestando financiación a corto plazo a países con problemas, en general, de la periferia europea.

Como saben, estas acciones supusieron potentes cortafuegos que han evitado auténticos seísmos financieros que se habrían desencadenado a causa del pánico bancario. También se solventó la posible ruptura del proyecto europeo y de su unión monetaria, que estuvo verdaderamente a punto de saltar por los aires cuando se observó una auténtica estampida de inversores huyendo de la deuda de una gran parte de países europeos.

Hasta aquí, las intervenciones de la FED y del BCE, podríamos decir que han sido similares, consiguiendo ambas con éxito evitar el desastre. Sin embargo, estas medidas por si solas no han ayudado ni han podido combatir la depresión económica. Por esta razón, poco después, Ben Bernanke, acosado por el débil crecimiento de la economía estadounidense y sin margen para bajar los tipos de interés (llegaron a estar prácticamente a cero y ahí permanecen todavía hoy) se vio obligado a diseñar novedosas herramientas, mucho menos convencionales, con el único fin de relanzar la economía. Estas herramientas, han sido sus tres programas de expansión cuantitativa (QE), que tenían como objetivo presionar a la baja los tipos de interés de largo plazo y convertir la deuda pública en un activo no invertible (con rentabilidad escasa o inexistente) para facilitar así una mayor financiación y más fluida al sector privado, en condiciones inmejorables, llevando los tipos de mercado a mínimos históricos.

La economía europea, sin embargo, dispone de una arquitectura financiera muy distinta a la americana. La mayor parte de la financiación de nuestras economías corre por las tuberías del “canal bancario”. Y precisamente por eso nos enfrentamos a un reto fabuloso: conseguir que los bancos se vuelvan permeables y su liquidez cale hasta la economía real, no de cualquier forma, sino en las ventajosas condiciones que ya imperan en los mercados.

En realidad, Draghi apenas puede (ni necesita) presionar los tipos aún más a la baja. A fin de cuentas… ¡¡Los tipos de interés ya están realmente bajos!!! Y si ya están suficientemente bajos, entonces, ¿para qué necesitamos un QE a la americana? No es necesario. En estos momentos, no sólo los gobiernos, sino también las compañías con acceso al mercado ya se están financiando en condiciones tan atractivas que jamás antes se habían presenciado. Y sin embargo esto aún no es suficiente, porque otro gran número de compañías, muy mayoritario, no pueden obtener esas mismas prerrogativas.

Por eso, Draghi busca persuadir a los bancos de la urgente necesidad que existe de poner a circular el dinero, y les incita a que tomen riesgos, presionando a la baja los precios (en este caso, tipos de interés) a través de cualquier estilo de financiación garantizada por activos (Programas de compras de ABS y Covered Bonds), al tiempo que la maquinaria bancaria se engrasa con hasta 400.000 millones de euros liquidez para los bancos al 0,15% que fácilmente podrán usar para sustituir sus pasivos de mayor coste. Todo un nuevo depósito extra de “combustible premium” para nuestros bancos.

Así, tenemos unas medidas que en nada se parecen a las impulsadas por Bernanke, por el momento, dado que la medicina de Bernanke no curaría la verdadera enfermedad de Europa: la conjunción de unas economías tremendamente rígidas y heterogéneas, enfrentadas a menudo entre sí debido a conflictos de interés, excesivamente bancarizadas y sin un trazado firme para que fluya el crédito a la economía como ésta necesita.

Que quede claro: estas medidas que sólo el tiempo juzgará si son acertadas o no, no son la panacea. Por sí solas, resultarán estériles e inocuas si los gobiernos europeos no las aprovechan para equilibrar sus cuentas y diseñar nuevas políticas que promuevan la inversión privada e impulsen el crecimiento. De lo contrario, sólo podremos esperar una desesperada carrera por mantener arriba la economía financiera, a la espera de que la economía real despierte del trance.

Alejandro Varela, Gestor del fondo Renta 4 Alhambra FI

@AVarela_Madrid

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