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Presupuestando con incertidumbre

La cita anual con la presentación de los Presupuestos ha tenido un invitado inesperado hace pocos meses: un incremento importante de la incertidumbre macroeconómica. Los riesgos proceden de la inmovilidad europea para la coordinación fiscal y de la evidencia aplastante de los datos de que los esfuerzos y políticas puestas en marcha hasta ahora han sido insuficientes. Por lo tanto, el planteamiento de partida de la política presupuestaria debería ser el mismo de los últimos años, que no es otro que la dificultad para proyectar las partidas de ingresos y gastos cuando el contexto económico de 2015 es difícil de prever.

Sin embargo, poco se oyó ayer sobre incertidumbre. Esto es humanamente inteligible teniendo en cuenta que el Gobierno español ha sido prudente en los últimos meses y no se ha apresurado a revisar al alza sus previsiones de crecimiento hasta ahora. Y cuando lo ha hecho, la situación le ha cogido a contrapié. Así, la intención de revisar el crecimiento del PIB para 2014 hasta el 1,5% se ha quedado en el 1,3%. En la presentación de las cuentas públicas proyectadas para el próximo año se habló, precisamente, de la extraordinaria coincidencia de que las previsiones del Gobierno coincidan (casi de forma exacta en los principales agregados) con las llamadas “de consenso” de los analistas nacionales. Lo que ocurre, en realidad, es algo más complejo. Las estimaciones de unos y otros pueden haberse encontrado en medio de recorridos distintos. Por un lado, los analistas privados llevaban tiempo revisando las previsiones al alza y, sin embargo, ahora parecen optar por la precaución, dados los signos de desaceleración externa e interna. Por otro lado, al Gobierno le tocaba mover ficha y tenía aún recorrido ascendente en las previsiones que de nuevo, probablemente, no retocará en un tiempo, aunque puede que los analistas sí que lo hagan a la baja si se confirma la inacción de los países del euro. Por lo tanto, más que coincidir en el camino, parece que las previsiones de unos y otros se han encontrado a medio recorrido de sendas distintas. Pero bienvenida sea la coincidencia porque, al menos, estamos de acuerdo en el punto de partida.

El problema es que si la situación se deteriora en Europa, lo va a hacer (de hecho así parece estar ocurriendo ya) en España y la gran cuestión es si será un mal transitorio o estructural. En su presentación pública se calificó a los Presupuestos de los de la consolidación de la recuperación y el empleo y la devolución a la sociedad del esfuerzo realizado. Sin embargo, aun en el mejor de los escenarios, en un año es imposible devolver lo que se ha ido, empezando por los millones de puestos de trabajo. Es muy complicado que, en un entorno en el que el esfuerzo de consolidación fiscal debe ser aún muy considerable, se considere que el Presupuesto de 2015 puede ser más un mecanismo para impulsar el crecimiento que un efecto del rigor de la condiciones económicas actuales. Al menos, con los cambios estadísticos recientemente aprobados –y aunque esto pueda ser, en parte, un mero artificio numérico– surge algo de margen inesperado para el gasto, aunque muy limitado.

El proyecto de gastos e ingresos del Estado es un paradigma de la restricción que impone la situación de la economía europea. Quienes podrían gastar no lo hacen, tratan de contenerse en la mayor medida posible. Pero es difícil actuar mucho más allá sin coordinación. Y esta parece imposible con la actual configuración política e institucional en torno a la moneda única. Ya de por sí, en tiempos de bonanza, los expertos hacendistas siempre señalan que es muy complicado reajustar los componentes estructurales de los presupuestos. ¿Dónde quitar para dar? Y en situaciones de ajuste en las cuentas públicas es aún más complicado. Así, por ejemplo, ahora se comienza a ver un aumento en la inversión pública que, por tímido que sea, puede ser bienvenido, pero ¿cómo repartirlo? Hay en España proyectos de infraestructura (ferroviaria, por ejemplo) que supusieron un gasto ingente de partida y cuyo cierre puede ser en parte en falso porque se tendrá que hacer con menos recursos de los esperados.

¿Cosas que considerar positivas? Aunque suene duro, la prolongación (por necesaria) de la austeridad. También un calendario realista de emisiones para un Tesoro público que ha realizado una gran labor en los últimos años. ¿Otras cuestiones que deban preocuparnos? Por ejemplo, que, aunque baje la prima de riesgo, los costes reales de la deuda se ven presionados al alza por la evolución a la baja de los precios.

Ahora comenzarán, como cada año, las comparaciones más o menos oportunas de qué regiones y municipios reciben más y cuáles menos en un momento en el que, además, los temas territoriales se han convertido en un gran hándicap para la estabilidad e imagen del país. Se impone la responsabilidad política. El gasto no puede dar mucho de sí y los ingresos van a depender de que se cumplan las (ahora más inciertas) previsiones macroeconómicas.

Me sumo a los que cada año vienen exigiendo que se ajusten más las partidas de gasto más políticas y que se afronte una verdadera revisión de las duplicidades en un sobrecargado esquema de estructuras políticas del Estado español. Y a que los recursos que se liberen se destinen a I+D y a políticas activas de empleo más eficientes que las actuales. Aunque se haya mejorado en la dotación en esos dos aspectos, las carencias siguen siendo muy considerables. Claro que, si no se ha hecho en época de bonanza, tampoco se puede esperar que se produzca esta transformación estructural presupuestaria en una situación de transición hacia la recuperación aún pendiente de confirmación.

Seguimos presupuestando en entornos de incertidumbre y mirando a Bruselas para, rápidamente, girar la cabeza hacia Fráncfort mientras esperamos algún impulso inesperado para Europa. A la desesperada.

Santiago Carbó. FUNCAS Y CUNEF

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