Referéndum sobre la independencia

Escocia sacude el mosaico europeo

El primer ministro británico, David Cameron
El primer ministro británico, David Cameron

La Unión Europea inicia el curso 2014/15 con una cita explosiva: el referéndum sobre la independencia de Escocia el 18 de septiembre. Y lo terminará en primavera con unas elecciones generales en Reino Unido que se anuncian como antesala de otra consulta sobre la continuidad de ese país en el club europeo.

El doble órdago, fruto de la gestión del primer ministro británico, David Cameron, coloca a Bruselas ante un enigma político e institucional que marcará el final de la Comisión Europea presidida por José Manuel Barroso y sembrará de incertidumbre el mandato de su sucesor, Jean-Claude Juncker.

A partir de ahora, y por un tiempo indefinido, estará en duda tanto la configuración interna de un socio como el perímetro de la UE. Pase lo que pase en ambas consultas, Londres ha roto el tabú de la integridad de los Estados y el de la pertenencia irreversible a la UE. “Casi mejor”, se esfuerzan fuentes europeas en hacer una lectura positiva de ese escenario. “Esto permitirá preparar la puerta de salida, para que en 2017 se marchen todos los que no deseen seguir avanzando en la integración política”.

Juncker está dispuesto a renegociar con Cameron la continuidad de Reino Unido en la UE e incluso incluyó ese objetivo entre los cinco puntos de su programa de campaña para las elecciones del pasado 25 de mayo. El resultado de esa negociación podría ser un estatus especial para Reino Unido en un club que, definitivamente, giraría en torno a la zona euro.

Pero esa hipótesis no resuelve el reto previo, ligado a la consulta organizada por el Gobierno de Edimburgo de común acuerdo con el de Londres. Por primera vez, uno de los socios de la UE afronta la posible escisión de una parte de su territorio, lo que obliga a Bruselas a plantearse la potencial relación con un Estado nuevo surgido de otro que ya pertenece al club.

Incluso si los escoceses votan a favor de la unidad (como indican los sondeos, aunque con una menguante diferencia), la consulta sienta un precedente de imprevisibles consecuencias para un continente que da cabida a numerosas identidades regionales, algunas de ellas con vocación nacional.

Los juristas aseguran que el caso de Reino Unido es singular, porque Escocia e Inglaterra han mantenido siempre un sistema legal diferenciado a pesar de los 300 años de convivencia bajo la Corona británica.

Pero los tecnicismos legales no impedirán que el referéndum escocés se invoque en otros lugares, desde Cataluña al Veneto, de Bretaña a Carintia. De manera voluntaria o inconsciente, Cameron ha trazado una vía plebiscitaria hacia la secesión en un continente donde las fronteras se han movido casi siempre a base de baños de sangre. Sea cual sea el resultado, el modelo escocés abre una interrogante sobre el futuro y la viabilidad de la UE, estructura construida a partir de Estados democráticos tras la Segunda Guerra Mundial.

La CE, hasta ahora, se ha limitado a repetir que el referéndum es un asunto interno que no atañe a las instituciones europeas. Y el presidente saliente, José Manuel Barroso, ha añadido que, de confirmarse la independencia, Escocia deberá negociar la adhesión al club europeo de acuerdo con lo previsto en el artículo 49 del Tratado de la UE.

Los nacionalistas del primer ministro escocés, Alex Salmond, cuestionan esa interpretación legal, que colocaría a Escocia en la misma sala de espera en la que se encuentran Islandia, Serbia o Turquía. Para Edimburgo sería posible una suerte de “ampliación interna” basada en el artículo 48, que permite a los socios actuales modificar los tratados.

La controversia sobre el estatus europeo de una Escocia independiente provoca choques acalorados. Lo cierto es que no existe ningún precedente y nadie puede anticipar por completo el desenlace. Del mismo modo, parece claro que la integración plena de Escocia en la UE en marzo de 2016, como promete Salmond, es un calendario prácticamente irrealizable.

Por mucha voluntad política que pusieran las partes implicadas (Londres, Edimburgo y 27 capitales europeas), lo cual no está garantizado, se abriría un periodo de duración indeterminada para negociar desde la aportación de Escocia al presupuesto de la UE a su peso en las instituciones. Para colmo, ese regateo se cruzaría con los preparativos del referéndum de Reino Unido sobre su pertenencia a la UE. Demasiadas incógnitas para que se despejen en 18 meses, como promete Salmond.

 

Sin Londres y con Bruselas a medias

El Gobierno de Alex Salmond cumplirá su sueño de celebrar un referéndum sobre la independencia de Escocia, aunque hubiera preferido no realizarlo este mismo año como exigió Londres. La cita llega sin que el primer ministro escocés haya resuelto cuestiones tan esenciales como la futura divisa. Edimburgo descarta la adhesión al euro, por considerarlo perjudicial a los intereses económicos de Escocia. Salmond preferiría continuar con la libra esterlina, pues el resto de la isla es el destino y origen del 66% del comercio escocés. Pero el Gobierno británico ha rechazado esa opción, lo que dejaría a una Escocia independiente en un peligroso limbo monetario.

Edimburgo también espera “heredar” las excepciones negociadas por Londres con la UE en materia de justicia y mantenerse al margen del acuerdo de Schengen de supresión de fronteras. Excepciones que Bruselas no aceptará con facilidad. En cuanto al presupuesto de la UE, Escocia sería contribuyente neto, según Edimburgo. Pero a partir de 2020 se confía en obtener condiciones más favorables en subsidios agrícolas y pesqueros, pues Londres, según Escocia, ha negociado muy mal con Bruselas esas partidas porque apenas le interesaban.