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Simbolismo económico de un relevo generacional

Tras cuatro décadas como monarca, la abdicación de Juan Carlos I constituye un hecho fundamental para la democracia española. Turno para el príncipe Felipe, en un relevo generacional cargado de simbolismo. Abundarán estos días las valoraciones políticas pero en estas líneas pretendo trazar algunas ideas de lo que creo que supone para la economía española y el equilibrio institucional este cambio que ahora vivimos. Al margen de las valoraciones personales sobre la monarquía como institución en España –en aspectos como su vigencia, posibilidades de futuro y repercusión– resulta innegable la trascendencia que sigue teniendo como referencia de nuestro país en el mundo. Simplemente, basta ver la cobertura que los más destacados medios de comunicación internacionales han dado a la abdicación del Rey. Tema de portada.

Una referencia esencial al simbolismo del relevo en la monarquía es la que se refiere a la estabilidad institucional que España precisa. No se trata de imponer un modelo de Estado ni de favorecer la monarquía, o a unas determinadas mayorías políticas sobre otras o a limitar la diversidad política y democrática. Nada de eso. La estabilidad institucional a la que me refiero es aquella que hay detrás de los que van y vienen y que en países como Reino Unido o España tiene que ver con la monarquía, en otros como Francia con la República y en otros como Estados Unidos con un sentido más o menos arraigado del logro común, de la unión. En ninguno de esos países están las instituciones de referencia libres de crítica pero son un pilar esencial.

A nadie se le escapa que el momento por el que pasa la monarquía en España no es precisamente el mejor, aquejada por dudas similares a las que afectan a parte del mundo político e institucional. Muchas de ellas son de difícil aceptación. La transición generacional, no sin dificultades, podría ayudar a disipar gran parte de las incertidumbres. En un simbolismo de carácter más personal, comparto generación con el príncipe Felipe y me gustaría pensar que, aparte de mi conciencia crítica y de la de muchos españoles sobre la monarquía, puede y debe seguir siendo una referencia válida. Personalmente, gran parte de mi formación ha sido en Reino Unido y algunos de los grandes estudiosos de la monarquía española durante la democracia son, precisamente, británicos. Para ellos, España aún precisa de la Corona como símbolo de una consistencia histórica para una democracia que, en cierto sentido, es aún joven. También, en una perspectiva egoístamente práctica, la monarquía aporta un plus y una referencia a la diplomacia española en el mundo y favorece acuerdos comerciales y políticos.

Estas referencias no significan que la monarquía no precise de modificaciones en España. Más bien al contrario, debe ser una de las referencias de cambio. Para poder seguir siendo un pilar institucional y dotar de estabilidad económica y política solo hay un camino: colocarse al frente de la transparencia y la dedicación. En este punto, el simbolismo viene cargado de cambio de aires. Hay una buena parte de la generación del futuro rey y de las que le siguen a quien ahora corresponde un papel importante en la regeneración democrática e institucional de España. Gran parte de las reformas que se puedan estar acometiendo y de las que puedan venir tendrían que orientarse hacia la idoneidad que sólo concede la transparencia, el mérito y la capacidad. Se trata de una generación nacida en un contexto de oportunidades durante la democracia que, para una parte de españoles jóvenes, parece desvanecerse. Por ello, al menos de forma simbólica, la monarquía debería erigirse como la referencia en transparencia, de forma proactiva y en todos los ámbitos.

También la economía española se beneficiaría si cada vez fueran más los hombres y mujeres de las generaciones que ahora deben tomar el relevo en la política y la economía, que se sumen al acervo de generaciones anteriores para hacer de la política y del trabajo en España hoy en día algo más basado en la transparencia y los incentivos, en demostrar que se han sabido aprovechar esas oportunidades y que se corresponden con los méritos. Es una labor titánica que no puede asignarse de forma exclusiva a un rey. La paradoja es precisamente que para un rey su status está condicionado por su sangre y, por lo tanto, el camino es a la inversa. La capacidad y el mérito deben demostrarse después y no antes. España cuenta con una población cada vez más legítimamente reivindicativa, en parte de españoles que quieren tener su oportunidad para progresar conforme a su esfuerzo, algo que en estos días no es, desgraciadamente, siempre el caso ni la posibilidad. Se necesita este cambio dada la situación por la que ha atravesado España en los últimos tiempos.

Santiago Carbó Valverde es catedrático de Economía de la Bangor Business School (Reino Unido) y de la Universidad de Granada e investigador de Funcas.

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