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Elecciones, apatía y salida de la crisis

Escribo esta tribuna antes de conocer el resultado de las elecciones europeas. Más allá de lo que las urnas puedan deparar, hay algunas consideraciones importantes en torno a estas votaciones son, de algún modo, un síntoma de la situación político-económica de la UE más que una solución a sus acuciantes problemas.

Creo oportunas tres reflexiones sobre las elecciones. La primera, se refiere al desencanto social respecto a las mismas y a su transcendencia política. A nadie se le escapa que la sociedad europea vive con cierta desafección la elección de los miembros del Parlamento Europeo. Es más, una parte importante de la misma revela un considerable desinterés. En medio de una lenta e incierta salida de la crisis –y ante la evidencia de que la solución no ha pasado ni es previsible que pase por la UE–muchos europeos han decidido, directamente, apostatar de la fe en el Parlamento común. Incluso con la novedad que incorpora esta edición ya que el resultado electoral tendrá mucho que decir, también quién será el próximo presidente de la Comisión Europea. En tanto en cuanto los ciudadanos no sean conscientes del número creciente de aspectos de su realidad que están siendo determinados, modificados o influidos por la Comisión, será difícil que se comprenda la relevancia de decidir quién será su próximo mandatario y, por lo tanto, continuará el desinterés popular. En todo caso, hay varias cuestiones de propio diseño institucional que también fomentan la apatía. Por ejemplo, que el poder del Parlamento Europeo siga siendo extraordinariamente limitado, a pesar de ser una institución costosa operativamente y de la que -también es justo decirlo- surgen numerosas iniciativas de reforma, modernización, protección del consumidor y otros muchos ámbitos de considerable valor.

La lástima es que, a veces, estas iniciativas se quedan, en el mejor de los casos, en una mera influencia, sin recorrido legislativo. También conviene reflexionar sobre esa determinación de la presidencia de la Comisión Europea. De por sí, socialmente sigue sonando a algo lejano. Como recientemente se ha estimado, dos tercios de los españoles son incapaces de determinar o recordar quién es el actual presidente de esta institución. Se trata de una figura relevante en la política europea ya que la Comisión tiene cada vez más poderes vinculantes y, más aún en situaciones de fragilidad presupuestaria y económica. Sin ir más lejos, la Comisión ha sido el pivote central de la troika en los procesos de rescate abiertos en la UE con la crisis. En todo caso, lo que Europa verdaderamente precisa -y estas elecciones no servirán demasiado para cambiarlo- es que la Comisión y el Parlamento europeos se acerquen y hagan que su labor sea más efectiva y operativa. Sigue existiendo una distancia demasiado grande entre Bruselas y Estrasburgo.

Una segunda consideración es hasta qué punto un nuevo Parlamento Europeo puede o debe cambiar el rumbo de las políticas económicas en la UE en los próximos años. El argumento recurrente de que las políticas de austeridad han sido fallidas es también, de alguna modo, una reflexión algo facilona. Europa no puede avanzar hacia una unión fiscal si algunos países se salen completamente del raíl de la sostenibilidad fiscal. Y, lo que es más importante, es falaz pensar que aumentar el gasto llevará a un crecimiento que compensará la necesaria devolución de deuda. Lo es, entre otras cosas, porque con una deuda desbocada crecen los costes de financiación, cae la reputación y la inversión y el gasto público resultan menos efectivos. En lo que sí que ha errado la política económica europea es en los tiempos de la austeridad y en los mecanismos de solidaridad fiscal. Los objetivos marcados para los países que afrontaron los mayores problemas rozaron el ridículo en cuanto a su exigencia, simplemente por falta de realismo. Y la desconfianza y unilateralidad fueron del todo inaceptables y, en gran medida, lo siguen siendo. Incluso el avance hacia la Unión Bancaria está repleto de peros y condicionantes aunque, dados los precedentes, se configura como el mayor progreso de los últimos años y el proyecto más importante para la UE en la actualidad. En este punto, es justo partir una lanza a favor del Parlamento Europeo como institución que ha ejercido una presión importante para que la Unión Bancaria alcance mayor fuerza y capacidad financiera. Hay un elemento adicional que resulta preocupante. Que el modo de conducir la austeridad no haya sido del todo acertado, no quiere decir que hacer completamente lo contrario vaya a ser mejor. La consolidación fiscal sigue siendo un reto ineludible para Europa y el mejor argumento, precisamente, para fomentar mayor solidaridad financiera en la UE. Lo que algunos mandatarios europeos parecen tratar de evitar exigiendo el fin de la austeridad es lo que resulta verdaderamente necesario en sus países: un amplio programa de reformas para que los logros del Estado del Bienestar europeo sean sostenibles.

La tercera y última reflexión es que estas elecciones se quieren ver, de algún modo, como una aproximación de la situación actual de los equilibrios políticos en los distintos estados miembros. En España, entre otros países, sabemos bien que este tipo de interpretaciones es bastante cuestionable. En todo caso, ese cuerpo abstracto y aparentemente extraño al que llamamos cada día “los mercados”, también van a mirar a estas elecciones para evaluar la estabilidad política. Los inversores valoran muy positivamente esa estabilidad como elemento esencial para esa necesidad imperiosa que hay en muchos países europeos de implantar reformas. Ha sido, con independencia del signo político y de su interpretación democrática, una fortaleza para España en muchos momentos. Y la inestabilidad política es ahora la principal debilidad que amenaza a economías que no deberían eludir importantes reformas.

En su conjunto, estas elecciones pueden ser tan importantes como fenómeno político que como síntoma de la débil realidad institucional europea, que difícilmente puede liderar la salida de la crisis y el proceso de recuperación que tanto está costando afianzar. Las mismas instituciones, las mismas dudas, a pesar de que haya 380 millones de europeos llamados a las urnas. Supuestamente sería el proceso democrático más importante del mundo en cuanto a participación potencial (sólo superado por India) pero en la UE se sigue viendo como un fenómeno secundario y menor.

 Santiago Carbó es Catedrático de Economía de la Bangor Business School (Reino Unido) y de la Universidad de Granada e investigador de Funcas

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