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Señales en Europa: ¿órdagos o faroles?

La resolución de la crisis y, en general, la política económica actual, tienen en las señales un arma poderosa. Se trata de lo que se pretende hacer más de lo que se hace, de lo que se quiere dejar ver en lugar de lo que se ve, del hacia dónde se va más que de dónde se está. Y se nota que esas cuestiones pesan porque los mercados, los inversores y una sociedad actual tan volcada en los flujos de información hacen de estas señales su particular oráculo. El caso es que, aunque no supongan una acción palpable, tienen muchas veces consecuencias económicas muy importantes y suscitan reacciones, algunas veces incontrolables, tanto positivas como negativas.

Cunden los ejemplos recientes. Así, Londres acaba de perder su liderazgo como centro financiero mundial en favor de Nueva York y la mayor parte de los analistas atribuyen este cambio a las señales. Entre otras, los rumores sobre que el Reino Unido podría abandonar la Unión Europea o las propuestas para un mayor control regulatorio sobre las transacciones en la City. En España, tenemos en estos momentos otro ejemplo que es la tensión sobre la consulta soberanista en Cataluña, cuyas señales, nos gusten o no, se están consolidando más allá de nuestros fronteras como una cuestión de primer orden a seguir sobre la unidad política en España de los próximos años y que puede generar niveles no deseados de incertidumbre en un contexto de incipiente recuperación.

En todo caso, lo más importante es cómo la política económica puede hacer uso de estas señales para afectar a las expectativas y mejorar las condiciones macroeconómicas de un determinado país. Aún cuando en un mundo tan globalizado como el actual un número importante de países de rápido crecimiento tienen un papel cada vez más importante en la creación de esas expectativas, este es un juego que sigue desarrollándose, principalmente, a ambos lados del Atlántico. China y los emergentes lo tienen más crudo para emitir señales rotundas porque están “a prueba” en cuanto a su estabilidad económica e institucional y cualquier paso en falso les puede pesar mucho más que en Europa o EEUU.

En los años de mayor incidencia de esta gran crisis económica, las señales han sido determinantes en EEUU y en Europa. El evento Lehman Brothers, por ejemplo, fue un signo muy claro de la debilidad estructural de un mundo en el que la caída de una entidad financiera pudo producir un colapso mundial. En Europa, el conocido whatever it takes (WIT) de Mario Draghi fue la gran profecía que sacó a la Eurozona del precipicio y, en parte, de la que se sigue aún viviendo. Sin embargo, en los últimos tiempos se aprecia una debilidad creciente en las señales que se emiten desde Europa en comparación con las de EEUU, tal vez porque no están siendo acordes con las expectativas de muchos inversores y analistas, lo cual no es necesariamente malo pero merece una reflexión.

Comparando EEUU con Europa, en el primero se aprecia que la retirada progresiva del programa de compra de deuda de la Fed (conocida como tapering) es aún tímida. Sin embargo, se considera una poderosa señal de un cambio de tendencia y, tras varios meses de titubeos, ahora parece tener un efecto cada vez más positivo en la economía estadounidense. La razón principal es que comienza a existir un consenso sobre que ya no hace falta que se compren tantos bonos para mantener los tipos de interés en niveles reducidos y que en lugar de esas compras, los flujos financieros se trasladarán cada vez más (ya es perceptible) hacia el crédito al sector privado, impulsando el crecimiento económico, que es precisamente lo que el tapering anticipa.

En Europa, la situación es bastante diferente. Aunque se ha avanzado de forma muy significativa en términos de estabilidad monetaria y financiera, la anemia económica y la desinflación siguen haciendo mella. Incluso en el peor de las escenarios el citado WIT fue una señal poderosa. Incluso se presentó un programa de compra de deuda (el OMT) que no llegó ni a ponerse en marcha pero cuyo potencial efecto calmante y amortiguador fue determinante. Y así, con austeridad y avances a trompicones por el camino de la consolidación fiscal en la periferia europea, se llegó a una situación de mucha más estabilidad. No parece que eso sea suficiente para impulsar el crecimiento por un amplio conjunto de motivos que exceden los propósitos de este artículo (divergencia en la intensidad de las reformas entre los países que las precisan, diferentes intereses respecto a la competitividad). Y la inercia del liderazgo del BCE ha llevado a muchos a pensar que esta habría de ser otra vez la hora del banco central, de una nueva sorpresa que impulsara a Europa hacia una nueva fase de crecimiento. Sin embargo, las señales no llegan, parecen tibias.

Desde luego, garantizar que la política monetaria seguirá siendo expansiva por un tiempo prolongado tiene un valor muy importante pero desde numerosos ámbitos (el FMI sin ir más lejos) se esperaba más, algo así como una introducción del BCE en el terreno de la heterodoxia. Sin embargo, en Frankfurt no hay atisbos de grandes cambios. La autoridad monetaria se aferra ahora más que nunca a su mandato de controlar la inflación en un entorno mucho más estable para los bonos soberanos. Aunque algo de heterodoxia podría venir bastante bien parece que desde el BCE se está a la espera de ver los resultados de la combinación de políticas que se han desarrollado en los últimos años, austeridad fiscal y acomodación monetaria para garantizar la liquidez. Estas políticas han dado ciertos resultados, en la medida en que han provocado un cambio de tendencia pero la gran duda que persiste es si serán suficientes para hacer que esa transformacióm se convierta en un impulso fuerte. Esto no está nada claro. Podríamos conformarnos con algunas señales que ayudaran a impulsar algo más el crédito en la Eurozona y a reducir en alguna medida la (tal vez excesiva) fortaleza del euro. Lo que ocurre es que tal vez Europa no está preparada para la heterodoxia porque carece de la unidad institucional suficiente para convertirla en una señal fuerte. Sin mayor unidad institucional (lo que refleja la debilidad de proyectos como la unión bancaria) el BCE puede verse algo desprotegido y desarropado para ofrecer heterodoxia. Tal vez, en el fondo, seamos presas de nuestra propia desconfianza mutua y tememos que una nueva señal pueda ser ya interpretada más como un farol que como un órdago.

Santiago Carbó Valverde es catedrático de Economía de la Bangor Business School y de la Universidad de Granada e investigador de Funcas.

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