Editorial

Y al final del túnel de la deuda soberana...luz

Europa reaccionó demasiado tarde a la crisis financiera que arrancó en el verano de 2007, pese a que fue su banco central quien mayor cantidad de dinero inyectó a la banca para atender sus necesidades de liquidez en aquellos meses. La demora en las propuestas de solución y la disparidad de opiniones en los despachos que administran el poder en el Viejo Continente, así como la bomba de relojería de explosión no controlada que contenían las burbujas de crédito en países como Grecia, Irlanda, Portugal, España o Italia, han dilatado demasiado la crisis y las soluciones, y aunque parece que las herramientas utilizadas comienzan a parecerse a las que han manejado en otras áreas económicas, sigue existiendo un desacoplamiento muy explícito en el ciclo de crecimiento. Estados Unidos crece bastante y genera empleo, aunque sea con ayuda asistida, mientras Europa está en los albores del ciclo de crecimiento (salvo Alemania) con parecidas inyecciones de oxígeno monetario y fiscal. Eso sí, parece que la corrosiva crisis de deuda soberana, que a España le ha pasado una costosa factura, comienza a superarse y que al final de ese angosto, largo y oscuro túnel parpadea ya la luz.

En la media docena de sesiones abiertas de los mercados financieros desde que arrancó el año, la deuda pública ha experimentado una mejora sorprendentemente notable, que en el caso concreto de los bonos emitidos por el Tesoro español han bajado las rentabilidades a los niveles que tenían antes de que la propia crisis de la deuda encendiera la mecha en el polvorín de Grecia. El bono a diez años ha bajado puntualmente hasta el 3,76% y la prima de riesgo se ha instalado ya por debajo de los 200 puntos básicos. Pero la mejora parece que se intensificará en los próximos meses, a juzgar por las estimaciones que hacen las grandes empresas y los bancos, que están retrasando intencionadamente las nuevas emisiones de deuda para hacerlo en cantidades más holgadas y con tipos de interés más bajos.

Los bancos han sido las sociedades más beneficiadas por la bajada tan fuerte de la prima de riesgo, porque su financiación corre bastante paralela a la del Estado, aunque también porque tal flexión bajista de la prima supone una implícita recomposición de los márgenes de intereses del negocio bancario, y porque la valoración de las carteras de deuda que la banca tienen de forma abundante en sus balances mejora unos cuantos puntos.

Hasta aquí, bastante predecible lo que ha ocurrido, porque no ha sido muy diferente a la evolución experimentada en el último año con la deuda y las entidades que la manejan. Pero ahora los analistas del mercado consideran que el oleaje llegará más lejos y que servirá para movilizar el crecimiento económico y la financiación de las empresas de tamaño más pequeño y de negocios más arriesgados, así como seguramente a las familias y las pymes, aunque esa circunstancia está por ver aunque algunas señales así lo indiquen.

Por vez primera en mucho tiempo, los expertos en inversión comienzan a poner el foco en las emisiones de bonos de alto rendimiento, ya sea de manera directa o a través de la participación en fondos de inversión especializados. Ha llegado la hora de tomar riesgo con la alta probabilidad de obtener retornos suculentos, pero siempre que se reparta la apuesta dando opciones también a la deuda soberana periférica de los países que han dado pasos más decididos hacia la transformación de sus economías, como es el caso de Irlanda o España.

La dificultad está en la continuidad de estas apuestas. Para darle solidez, el crecimiento tiene que echar una raíz aún más profunda que la superficialidad en la que se desenvuelve ahora, para que su reflejo en el empleo consolide poco a poco el cambio de tendencia de las expectativas y el estado de ánimo del personal. Y para ello las autoridades políticas deben reforzar sus políticas reformistas, de tal manera que la transformación no quede en mitad del camino, y la banca, su apuesta por la concesión del crédito, toda vez que el BCE garantiza la financiación y todas las entidades tienen recompuesta la estructura de su capital. A fin de cuentas, la banca no puede asistir a un adelgazamiento permanente de su balance, porque en entornos de tipos y márgenes bajos, la cuenta de resultados depende cada vez más de la cantidad del crédito.

Normas