Los votantes griegos han cumplido, ¿cumplirá Europa?

El pasado fin de semana todos esperábamos con ansiedad el resultado de las segundas elecciones griegas. La presión política y mediática a la que fueron sometidos los votantes griegos se disparó en los días previos a los comicios, debido a la elevada probabilidad de que los ciudadanos griegos tomasen la alternativa de abandonar el euro, cansados de unas políticas de austeridad que hasta la fecha no han demostrado surtir efectos positivos en su economía.

La UE se enfrentó al abismo con el único parapeto de un rescate “light” a la banca española firmado a última hora y cuyos detalles aún hoy se desconocen con exactitud. No se había preparado ni un sólo cortafuegos más, afrontando un evidente riesgo de propagación a todo el continente del desastre griego, todo ello ante la mirada atenta de los bancos centrales de todo el mundo. Europa afrontó este episodio, a mi juicio de un modo irresponsable y no era de extrañar por tanto que todos contuviésemos la respiración la tarde del domingo.

Los primeros resultados electorales concedieron finalmente cierto alivio gracias al dividido pero mayoritario “sí” de Grecia al proyecto europeo y los mercados tomaban carrerilla de cara a la apertura de la semana. Al igual que el lunes anterior poco duró la alegría. Las subidas se desvanecieron en los primeros minutos de negociación y los mercados volvieron a sus derroteros bajistas de siempre. ¿Qué es lo que ha pasado?

Nada. La respuesta es que no ha pasado absolutamente nada. El resultado griego no hace más que evitar un suceso de consecuencias imprevisibles pero no resuelve los problemas de fondo de elevado endeudamiento de los países europeos, ni la falta de acceso a una financiación con un coste asequible por parte de los países con problemas, y tampoco garantiza la estabilidad definitiva en el sistema financiero. Pero sobre todo, lo que no supone es que el crecimiento económico vuelva a la vieja Europa.

Todas esas cuestiones no dependen del “sí” o el “no” de un país a la moneda única. Dependen simple y llanamente de la voluntad política y de los dirigentes europeos. Sin embargo, muy pocas posturas cambiaron en el ámbito de la UE el pasado lunes. Angela Merkel se encargaba a primera hora de enfriar las expectativas sobre posibles renegociaciones de la hoja de ruta. Y por supuesto volvió a repetir machaconamente su negativa a cualquier forma de financiación solidaria (Eurobonos). En definitiva, para Europa, cada país será el dueño de su propio destino.

Está bien, pero en Europa deben comprender lo que desde el otro lado del Atlántico no se cansan de repetirnos. La austeridad, así sin más, no es compatible con el crecimiento. Hay que proporcionar estímulos. ¿Por qué no se hace? ¿Quién debería proporcionarlos?

No se hace porque hay muchos intereses en juego, y porque Europa ha sido y es un proyecto interesado con el que muy pocos se identifican, al margen del beneficio económico particular que la moneda única ha traído consigo. Si esta individualidad que impregna la conducta europea no cambia, es posible que exista una salida, pero no será ni rápida ni fácil. Alemania fundamentalmente, pero también otros países con mejores indicadores de coyuntura deberían arropar a los vecinos con problemas, facilitando su financiación y colaborando mediante nuevas inversiones en su vuelta al crecimiento.

Ahora bien, una de las reformas europeas pendientes, probablemente la más crítica y necesaria de todas es la que se refiere a los objetivos y función del BCE. En la actualidad, el objetivo primordial del Sistema Europeo de Bancos Centrales es el de “mantener la estabilidad de precios. Sin perjuicio de dicho objetivo, el SEBC apoyará las políticas económicas generales en la Unión con miras a contribuir a la consecución de objetivos de la Unión” (capítulo II, Art. 2 de los Estatutos).

Hasta ahora, los Gobernadores de dicha institución han venido amparándose en la más pura ortodoxia en la utilización de sus instrumentos con el único objetivo de mantener ancladas las expectativas de inflación, y han dejado a un lado deliberadamente la relativa flexibilidad que les confieren los estatutos para apoyar a las políticas económicas de los países de la Unión. ¿Para cuando entonces un Banco Central que tenga en cuenta verdaderamente los intereses económicos de sus Estados miembros?

Resulta urgente equiparar el funcionamiento y los objetivos del BCE al de restos de Bancos Centrales del mundo. Si hay algo que hemos tenido ocasión de comprobar en medio de esta crisis es que en aquellas regiones económicas donde los bancos centrales han jugado un papel activo en el diseño de políticas convencionales y no convencionales, la recesión ha suavizado sus efectos y ha resultado ser menos duradera.

¿Será pura casualidad?

Mientras los bancos centrales de todo el mundo han sido capaces de intervenir de modo directo o indirecto sus mercados de divisas mediante la utilización de distintos instrumentos (el Banco de Suiza, el Banco de Brasil, el Banco de Japón, la propia Fed...) nuestro Banco Central Europeo sigue empeñado en sujetar artificialmente el valor del Euro, y en vigilar unas presiones de inflacionistas ausentes, en contra de los intereses de la mayoría.

Ha llegado el momento de poner fin a las recetas que han demostrado únicamente alimentar la desconfianza y fomentar el deterioro económico. Hay que ser más flexibles, hay que afrontar reformas valientes que persigan el interés común, y hay que afrontar con una mayor cohesión un problema que amenaza con enquistarse. Ahora que el votante griego ha estado a la altura de lo que Europa esperaba, ha llegado la hora de que los políticos europeos cumplan. Es el momento de que Europa también cumpla.

Por Alejandro Varela, gestor de fondos de Renta 4 Banco.

@AVarela_Madrid

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