EDITORIAL

Calificaciones que se descalifican

La rebaja de la nota de la deuda española anunciada por Standard & Poor's la pasada semana fue acogida sin pena ni gloria por los mercados. Es la demostración de que las cosas están cambiando y, al contrario de lo que ocurría en los primeros años de la crisis, las agencias de calificación han ido perdiendo capacidad de influencia o, dicho de otra manera, credibilidad. Y más si se tiene en cuenta que el recorte a la deuda española ha sido de dos escalones de una vez, hasta dejar la calificación a solo tres pasos del bono basura.

Las razones de esa disminución de influencia son muchas, y no es la menor la debilidad de las barreras chinas en unas sociedades que, debido a los intereses de sus accionistas, son juez y parte en el juego internacional de las finanzas. Y eso sin olvidar el escaso tino del que han hecho gala en demasiadas ocasiones en sus estimaciones, lo que ha producido un daño añadido a economías o a las sociedades objeto de las calificaciones.

Es posible que esa rebaja de la influencia de las grandes agencias de rating, las tres estadounidenses, sea una de las características que los historiadores de esta crisis incluyan en sus trabajos. Pero pese a ello, sus notas siguen siendo la referencia y pueden perjudicar seriamente la capacidad de financiación de un país, de una entidad financiera o de cualquier otro tipo de empresa. Y más en situaciones tan adversas y de tal sequía de liquidez como las que atraviesa la economía.

En este escenario cobran más importancia los movimientos entre entidades bancarias españolas para hacer un frente común contra Standard & Poor's, que podría llegar a la rescisión de los contratos con la agencia. Sería una respuesta a la rebaja generalizada que, siguiendo al recorte de la deuda española, aplicó la agencia a 11 entidades españolas, además de poner en perspectiva negativa a otras cinco. Porque Standard & Poor's no ha hecho sino crear dudas injustificadas sobre todo el sector y dificultar más su financiación, algo que ha provocado un fuerte malestar en las entidades.

Aunque en las mismas entidades son conscientes de la dificultad para que esta iniciativa avance, lo cierto es que sobre la mesa está, cada vez con más evidencia, la necesidad de una mejora en el modelo de calificación crediticia. Es ese sentido, más que una agencia europea para contrarrestar a las tres estadounidenses -S&P, Moody's y Fitch-, parecería lógico plantearse la creación de una agencia internacional independiente, tutelada por organismos multilaterales, en la que el Fondo Monetario Internacional debería jugar su papel, pero que además contara con el apoyo técnico de los grandes bancos centrales, como la Reserva Federal, el BCE y el Banco de Japón. El objetivo es conocido: que el juez árbitro deje de ser siempre sospechoso.