COLUMNA

Empleo sin fronteras

El pasado marzo, según los servicios públicos de empleo, el paro registrado aumentó, por octavo mes consecutivo, en 38.769 personas (0,82%), hasta alcanzar la cifra de más de 4,7 millones de desempleados, con un crecimiento en los últimos 12 meses del 9,6%. Por su parte, los afiliados ocupados a la Seguridad Social, respecto al mes de marzo, aumentan por primera vez en siete meses en 5.419 (0,03%), con un descenso interanual de 490.224 (-2,8%).

Ante la falta de expectativas laborales, no es del extrañar que muchos españoles estén pensando en hacer sus maletas para trabajar en el extranjero en busca de otras oportunidades profesionales que aquí se les niega. Según el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), aumenta el número de españoles dispuestos a cambiar de ciudad e incluso a desplazarse al extranjero a trabajar, en concreto el 36%, y la gran mayoría de entre ellos, para encontrar un puesto de trabajo. Los jóvenes se muestran más proclives que los mayores para trabajar en el extranjero. De hecho, determinados estudios sitúan la cifra de jóvenes trabajando en el extranjero del orden de 400.000. Lo cual demuestra la dureza de la crisis.

Pero ¿estamos frente a un fenómeno migratorio semejante al de los años sesenta del siglo pasado por parte de nuestros abuelos y padres que emigraron en busca de oportunidades laborales? La respuesta es que existen diferencias sustanciales. Hoy la emigración en nuestro país está representada mayoritariamente por jóvenes con mayor formación. En el extranjero los jóvenes pueden encontrar un puesto de trabajo acorde a sus estudios, pero sin embargo en nuestro país es mucho más difícil y en ocasiones se aceptan puestos de trabajo que nada tienen que ver con su cualificación profesional. Indudablemente es determinante, en este contexto, el modelo productivo de cada país.

En este sentido, no debemos olvidar que con la crisis la tasa de paro de los jóvenes ha aumentado (es dos veces más elevada que para el resto de la población) en todos los países de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE). Así, en la Unión Europea (UE), España es el país con la tasa de paro de los jóvenes más elevada: representan el 46,2% de la tasa de paro. Según la encuesta de población activa (EPA), existen más de 1,6 millones de jóvenes menores de 30 años en situación de desempleo. De ellos, el 53% en paro de larga duración.

Por otra parte, el paro de los jóvenes tiene costes directos que son semejantes al resto de las edades: aumento de las prestaciones por desempleo, disminución de los ingresos por el impuesto sobre la renta de las personas físicas (IRPF) y de las capacidades de producción. Por contrapartida, los costes indirectos del desempleo aumentan de modo inversamente proporcional a la edad. La falta de empleo les obliga a emigrar con las consiguientes consecuencias negativas sobre el crecimiento económico de sus respectivos países.

Sin embargo, la emigración también tiene sus oportunidades. Aunque no fuese a causa de la crisis, también es interesante emigrar por diversos motivos profesionales y personales, es bien valorado por las empresas. Hay que considerar que la transformaciones tecnológicas que han acompañado el proceso de globalización donde disminuyen las distancias físicas y temporales producen un incremento de la competencia, lo que cada vez hace más necesaria la movilidad del empleo en Europa. Ello permite a los empleados dar consistencia a sus competencias y cualificaciones en beneficio tanto de ellos mismos como de las empresas, ya que la competitividad se basa fundamentalmente en el conocimiento y la experiencia.

La movilidad de las personas cualificadas pude beneficiar a diversos sectores tecnológicamente avanzados como, asimismo, a los sectores que utilizan en menor medida las nuevas tecnologías.

Por último, entre el colectivo de los jóvenes la escasez de puestos de trabajo genera efectos negativos: podría desmotivarles en cuanto a sus posibilidades de inserción en el mercado laboral y disuadirles al mismo tiempo de incrementar su educación. Los jóvenes en paro no pueden quedarse parados, se han formado para trabajar. Entre todos no debemos permitir que los jóvenes se formen para un mundo laboral que no existe. De este modo, decenios de inversión con elevados costes en educación son malgastados y las esperanzas de transición hacia empleos de calidad y bien remunerados en el sector formal son reducidos.

Vicente Castelló Roselló. Profesor de la Universidad Jaume I