El foco

La evitable decadencia de Europa

El futuro de la UE no está escrito, concluye el autor tras analizar los últimos acuerdos. Aunque el escenario más probable sigue estando, en su opinión, en el brazo pesimista de la balanza

La evolución de la crisis de la eurozona es ya impredecible. En los últimos años, la región ha mostrado una incapacidad notable para tomar decisiones e incluso, en algunas ocasiones, para orientar el camino a seguir correctamente aunque después solo diéramos pasos muy cortos. En las últimas semanas hemos vuelto a asistir a una ronda de discusiones y algunos acuerdos, que bien podrían ayudar a desenredar el asunto; o no.

En primer lugar, la revisión de la política monetaria en el mes de diciembre y la inyección de cerca de medio billón de euros a tres años han permitido suavizar las tensiones en los mercados financieros. Además, se espera para finales de febrero una nueva subasta de liquidez por parte del Banco Central Europeo (BCE) y los rumores adelantan que podría duplicar o triplicar el volumen de la operación del mes de diciembre. De este modo, el banco central está inundando los mercados con liquidez a largo plazo que debería ayudar a reducir la tensión de las entidades financieras y de los propios Estados miembros. De algún modo, el BCE estaría actuando como prestamista de última instancia de los Estados a través del sistema financiero.

Sin embargo, esta mejora del entorno no servirá de nada si los propios países no toman las únicas decisiones que pueden resolver la situación. Por una parte, el acuerdo para la quita de la deuda griega, sin generar un evento de crédito que transmita la crisis al mercado de CDS, debería cerrarse ya. Los rumores en torno a la operación son insistentes y parece que podría pactarse una quita del 70% del total de la deuda, lo que supondría un alivio para la situación fiscal del país, especialmente a la vista de los renovados objetivos de austeridad. En cualquier caso, el acuerdo en el Eurogrupo para habilitar el paquete de ayudas adicional, complementario a la quita, se ha pospuesto al próximo lunes entre crecientes dudas en torno a la mejor opción de futuro para Grecia.

Por otra parte, en la reunión informal de los miembros del Consejo Europeo en enero se confirmó la entrada en vigor del Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEE) en julio del presente año y fijaron una revisión de la dotación de este fondo y de la actual Facilidad Europea de Estabilización Financiera (FEEF) para marzo, lo que impulsaría una mejora en la capacidad de financiación de los instrumentos comunitarios y, además, deberían viabilizar el uso del propio FEEF para capitalizar entidades financieras. Además, en la misma reunión de miembros del Consejo se dio el visto bueno al nuevo Tratado Fiscal que fijará un equilibrio estructural de las cuentas públicas de los países de la Unión. Sin duda, a corto plazo, la eurozona no necesita una aceleración del proceso de consolidación, más bien lo contrario, pero una visión benévola del propio acuerdo no tiene por qué suponer un ajuste fiscal acelerado en la medida que el equilibrio fiscal se apunta al año 2020. En este sentido, tras el propio Tratado habría que revisar los actuales ritmos de consolidación.

Y por último, la apuesta, hasta ahora solo presente en las declaraciones, para impulsar el crecimiento debería conducir a una revisión de los entornos institucionales bajo los cuales se implementa la consolidación del mercado único y los instrumentos de flexibilidad. Este asunto es crucial. Sin duda, la ausencia de un Tesoro único eleva la complejidad para solucionar la presente crisis pero la causa central responde a una crisis de balanza de pagos en un área monetaria con tipo de cambio fijo y elevadas inflexibilidades en su economía real, de modo que la única solución para evitar shocks similares pasa por profundizar la consolidación de nuestros mercados. Para ello habría que revisar el sistema de incentivos y castigos presentes en la legislación actual para impulsar tales reformas. Desde la Estrategia de Lisboa a la actual 2020 los distintos mecanismos para conducir estas apuestas han fracasado por el elevado grado de voluntarismo. En este sentido, es vital centrar los esfuerzos pro crecimiento no solo en mejorar los instrumentos de financiación directa de la UE, sino habilitando un entorno institucional que fuerce a los Estados miembros a profundizar en la consolidación interior. Y aquí termina la visión benevolente de los últimos avances.

El escenario puede ser bien distinto si los sucesos se canalizan hacia otro tipo de soluciones. Por una parte, cada día parece más complicada la supervivencia de Grecia en el marco de la zona euro e incluso se podría hacer recomendable habilitar la salida del país de la Unión Monetaria a la vista de las dificultades. En cualquier caso, este suceso, en ausencia de un cortafuego fuertemente dotado, parece altamente arriesgado, centrando todas las esperanzas en la actuación discrecional del BCE para frenar las tensiones financieras subsiguientes. En este sentido, la revisión de la dotación del FEEF y del propio MEE están pendientes de futuros acuerdos y no parece que la posición alemana sea esperanzadora, aunque el nuevo Tratado Fiscal podría ser útil si facilita también la revisión del proceso de consolidación en marcha, aunque aquí tampoco hay razones para ser optimistas. Por último, las referencias a las políticas de crecimiento parecen circunscribirse a la políticas de gasto comunitarias y, además, ni está en la agenda una sistema de incentivos potentes para impulsar la consolidación del mercado común y la flexibilidad interna.

Llegado a este punto podemos concluir que la situación puede conducirnos a casi cualquier destino. El escenario más probable sigue estando en el brazo pesimista de la balanza y el retraso de una decisión del Eurogrupo en torno a la ampliación del paquete de ayudas a Grecia ha elevado la tensión. Además, la batalla electoral ante las próximas elecciones presidenciales francesas no supone el mejor de los escenarios. Pero es cierto que existen algunos indicios que valorados benévolamente podrían llevarnos a una posición más cómoda. Las próximas semanas serán cruciales y habrá que dar la batalla hasta el final. El futuro no está escrito.

Jonás Fernández Álvarez. Director del Servicio de Estudios de Solchaga Recio & Asociados