Análisis

España, farolillo rojo de Vodafone... o joya de la corona

La filial nacional se ha convertido en los últimos tiempos en el dolor de cabeza del grupo británico, pero los ingresos de Vodafone España en proporción a sus clientes están por encima de la media.

Un hombre habla por el móvil junto a un logo de Vodafone.
Un hombre habla por el móvil junto a un logo de Vodafone.

Habría que mirar a través de unos cristales de un rosa muy intenso para sostener que los resultados de Vodafone son buenos en España. Muy rosas y muy gruesos, lo suficiente como para pasar de soslayo una caída trimestral del 8,8% en los ingresos por servicios, según los resultados del tercer trimestre fiscal publicados esta semana por la operadora.

Pero la duda salta (hasta sin cristales) cuando se comparan los resultados de Vodafone en España con los conseguidos en otros países, como Italia, Alemania o, incluso, la tierra que vio nacer al gigante del móvil, Reino Unido, y mucho más si se mira la India o Sudáfrica.

No, no es que los ingresos en estas naciones hayan caído más que en España. Triste consuelo sería... La clave está en otro sitio. Y ese lugar se encuentra en la comparación entre los ingresos que logra cada filial en proporción a su número de clientes. Basta un cálculo sencillo para darse cuenta de que los ingresos relativos de Vodafone en España son los más altos de los grandes países donde opera, solo superados por los de Reino Unido, y eso sin tener en cuenta las diferencias de poder adquisitivo entre naciones.

Esto se debe sobre todo a los ingresos por voz de Vodafone en territorio nacional, los más altos de todos, lo que significa que los españoles llaman más por el móvil que los alemanes, italianos o británicos. En el resto de las partidas (mensajes, datos, telefonía fija), la filial española está por la mitad de la lista de mercados y no destaca ni por mucha ni por poca facturación en estos conceptos.

Así que puede que los ingresos de Vodafone estén cayendo a un ritmo acelerado en España, pero la conclusión más evidente de estos datos es que los resultados de la filial nacional siguen estando por encima de la media del operador. El problema es que esto no tiene por qué ser una buena noticia.

Vodafone y otras operadoras tradicionales de móvil en España están sufriendo las consecuencias de un doble desequilibrio histórico. El primero son unos precios por encima de la media europea que se han ajustado de golpe este año para combatir la competencia de los rivales más pequeños. El segundo es un patrón de consumo distinto al de otros países del Viejo Continente. Puede que las tarifas estén ahora más ajustadas a la media continental (habrá que esperar a los estudios de la Comisión Europea para confirmarlo), pero el patrón de consumo de los usuarios españoles todavía no se asemeja a sus pares, así que pueden venir caídas adicionales si los españoles deciden europeizarse con la crisis.

La realidad de Vodafone se parece algo al sector inmobiliario español. Salvando las diferencias evidentes (que son muchas), durante años se convivió con la burbuja de precios con la esperanza de que llegara un aterrizaje suave que reajustara el mercado de forma gradual y sin dolor.

Cuatro años de crisis en España han cercenado cualquier ilusión de que eso sea así. A Vodafone le ha pasado lo mismo. Los españoles se han dado cuenta de que se puede ahorrar en móvil por una doble vía: consumir menos y buscar mejores precios. Y Vodafone ha sufrido el ajuste de golpe.

La esperanza de cara al futuro es que la caída de ingresos de la operadora se ha ido frenando durante los tres trimestres que lleva registrados de su ejercicio fiscal 2011-2012, aunque no se puede olvidar que el último registro sigue siendo un contundente 8,8% de bajada. También, que Vodafone capta abonados netos. Entre octubre y diciembre fueron 133.000 usuarios nuevos los que se sumaron a sus filas, que antes o después comenzarán a compensar la bajada de precios. Claro, que igualmente es posible que el ajuste del patrón del consumo de los usuarios se intensifique y que los precios deban recortarse aún más. La travesía por el desierto se hace dura.