EDITORIAL

Pasión por el ATC

El Almacén Temporal Centralizado (ATC) para residuos nucleares ha sido objeto de debate durante años. Y no solo por su emplazamiento, sino también en lo que se refería a su necesidad. Al final, en ambos casos se ha impuesto la evidencia. La ubicación del almacén fue objeto de una controversia falsa en la mayoría de los casos, como ha demostrado el hecho de que de un rechazo absoluto basado en un trasnochado temor a la seguridad se pasara a una verdadera carrera por hacerse con la instalación. El uso y abuso político, bien fuera a favor o en contra de la implantación, no hizo más que dejar en evidencia a unas cuantas autoridades que se vieron ridículamente enredadas en sus propias contradicciones. De aquel rechazo frontal -que mantienen aún algunos grupos- se pasó a un desenfrenado afán de diversas localidades por hacerse con el ATC, sin duda a causa de las expectativas de riqueza en forma de empleo e inversión que supondrá en plena crisis.

Los que dudaban de la necesidad de la instalación, sencillamente no habían hecho cuentas de los millones de euros que España paga a Francia por depositar residuos en almacenes galos al carecer de uno. El adjudicatario, el pequeño pueblo conquense de Villar de Cañas, vive hoy una fiebre nuclear por la riqueza que va a suponer el ATC para la comarca. Es deseable que esa pasión no desemboque en una burbuja más y que el almacén lleve a la zona algo más que barras de bar o inflación; por ejemplo, un centro de investigación sobre energía atómica.