Tribuna

No más cargas para el sector financiero

Emilio Botín, presidente de Banco Santander, analiza la situación presente y futura del sector bancario a nivel mundial.

En los últimos tres años se han tomado medidas importantes que permiten que el sistema financiero global cuente hoy con niveles de capital y liquidez muy superiores a los previos al inicio de la crisis.

Sin embargo, en Basilea III, aún quedan abiertas dos cuestiones de la máxima importancia:

Primera, supone un salto cualitativo en la homogeneidad de los instrumentos de cómputo de capital. Pero no se está dando el impulso necesario al cómputo de los activos de riesgo para conseguir una mayor transparencia y para que sea posible diferenciar los niveles de riesgo y solvencia de las diferentes entidades.

Segunda, sigue sin solucionarse la definición de los ratios de liquidez.

Tal y como están definidos hoy perjudican a la banca comercial, introducen riesgos importantes de contracción de las carteras crediticias y limitan en algunos casos la función de transformación de plazos que realiza la banca.

En cuanto a la implantación de todo el proceso de reforma regulatoria, hay tres riesgos a los que hay que prestar especial atención:

El riesgo de fragmentación que tiene que ver con los requerimientos que los países empiezan a imponer unilateralmente a sus entidades, por encima de lo acordado internacionalmente.

La prioridad debe ser implantar las nuevas reglas globales de forma coordinada y homogénea, antes de añadir nuevas capas de regulación local.

El segundo riesgo es poner en peligro la capacidad de recuperación de la economía mundial penalizando a la banca comercial, que con su actividad de tomar depósitos y conceder créditos, es la que desempeña el papel clave del sector financiero como motor del crecimiento económico.

Por último, corremos el riesgo de no concretar las medidas necesarias para dotarnos de una supervisión que sea intensiva, proactiva, anticipativa y que permita cubrir posibles deficiencias en la regulación.

El sector financiero internacional necesita tiempo para ajustarse a los importantes cambios que hay ya en camino. No se pueden seguir añadiendo nuevas cargas al sector, como nuevos impuestos o requerimientos locales de distinta índole.

Es el momento de hacer una pausa en los procesos de regulación con el fin de ejecutar las reformas que están en marcha, calibrar el impacto agregado de estas reformas en la economía en su conjunto y reforzar la supervisión.

Además, para solucionar los problemas que tienen hoy el sistema financiero y la economía mundial, hay importantes reformas pendientes en otros ámbitos distintos a la regulación financiera, y en particular, me refiero a la crisis de la deuda soberana europea.

La zona del euro tiene sus propios desafíos, ante los cuales la única respuesta factible en nuestra opinión es más integración política y económica.

Los líderes europeos han sido muy claros: el euro no tiene marcha atrás. Pero hoy, la prioridad debe ser resolver la crisis de la deuda soberana. Desde la perspectiva de un grupo que tiene una posición muy limitada de deuda pública europea y una amplia base de capital.

Es el momento de pasar a la acción y adoptar medidas decisivas para reforzar el diseño institucional del euro y asegurar una mayor coordinación de las políticas económicas en la zona euro. Solo cuando se resuelva esta cuestión, se restablecerá la confianza, volverá a fluir el crédito y se asegurará la recuperación de las economías europeas.

En los últimos días se viene proponiendo con creciente intensidad la idea de obligar a recapitalizar los bancos europeos.

Poner en duda de forma generalizada la sostenibilidad de la deuda pública o del sistema financiero europeo puede llevarnos a una espiral imparable de crisis soberana y bancaria.

Es posible que algunas entidades especialmente afectadas por la crisis de la deuda pública griega, o de los mercados en general, requieran una base más amplia de capital. Pero no debe forzarse una recapitalización indiscriminada de la banca europea sin resolver de forma definitiva el problema de la deuda pública.

Estas propuestas no tienen ningún sentido porque no respetan todo lo que durante estos años se ha regulado en Basilea III; invalidan el test de estrés realizado por la Autoridad Bancaria Europea; aumentan la incertidumbre en los mercados; y producirán una contracción del crédito, pues muchas entidades optarán por reducir su balance.

En definitiva, cualquier recapitalización de los bancos europeos no servirá para recuperar la confianza y el crecimiento económico, si antes no se resuelve definitivamente el problema de la deuda soberana.