COLUMNA

Trichet y el estado de ánimo de la economía

El presidente del Banco Central Europeo (BCE), Jean-Claude Trichet, se alineó ayer con la doctrina de las instituciones internacionales en materia de crecimiento económico vigente y esperado, y se avino a considerar que los tipos de interés en Europa están bien donde están, en el 1,5%, y que en absoluto se debe esperar una nueva subida antes de fin de año, posibilidad que en los meses pasados se había manejado con muchas posibilidades de ser cierta. El crecimiento económico se ha ralentizado en todas las zonas del mundo, también en Europa, los intercambios comerciales presentan un perfil contractivo a juzgar por los datos de Alemania y Francia, y, como consecuencia, las tensiones de precios se han relajado notablemente. Lo que Trichet necesitaba para desactivar la pequeña espiral de endurecimiento de la política monetaria que había puesto en marcha en la primavera pasada, quizás de forma algo precipitada.

Que nadie espere, por contra, que la corrección de esta posición supondrá una reducción ulterior de los tipos de interés, porque el BCE considera que notable estímulo es mantener la asistencia de liquidez indefinida a los bancos en condiciones preferentes, así como tener abierta la inyección adicional de liquidez que supone la compra de bonos públicos de países periféricos con problemas de financiación, como es el caso de España e Italia, que no puede llamarse de otra manera que expansión cuantitativa.

Seguramente estas facilidades financieras a la banca compensan la estrechez que pueda ocasionar el precio del dinero. Y de optar por una herramienta o la otra, la zona euro y su sistema financiero están hoy más necesitados de ventanas de liquidez segura que de un precio más acomodaticio para la financiación. En las últimas semanas, los mecanismos de financiación de la banca se han cegado, porque a la crisis de la deuda soberana se ha sumado el temor, alimentado imprudentemente por algunos actores financieros, de que algunas instituciones bancarias no soportarían la tensión que se había generado, sobre todo por la carga excesiva de activos soberanos dañados en sus balances.

Más allá de la anemia del crecimiento económico, así como de la asimetría de sus valores por países, en Europa preocupa especialmente el riesgo de la banca y las necesidades de recapitalización a las que desde el Fondo Monetario Internacional, liderado por una Christine Lagarde que conoce bien qué ocurre en Europa, se hace alusión continua. Seguramente se habla de una recapitalización preventiva para evitar que un estallido descontrolado deje en paños menores a las finanzas de algún país soberano. Por ello, hablando menos y haciendo más, políticos y financieros deben recomponer lo que sea menester para garantizar la recuperación en Europa, que es lo único que termina teniendo reflejo en el empleo de la población.