EDITORIAL

El negocio exterior salva a las empresas españolas

Los resultados de las grandes empresas españolas durante el primer trimestre del año -a falta de que Inditex presente sus cuentas el próximo 15 de junio- confirman una tendencia que ha venido gestándose en los últimos años y que se ha hecho evidente desde que se desencadenó la crisis. El hecho es que el motor de crecimiento de las compañías cotizadas españolas está ya, en estos momentos, centrado en el mercado internacional. El balance agregado de los resultados de estos primeros meses del año ha sido muy inferior al obtenido en el mismo trimestre del año 2010 -cuando se elevó un 20%- y se ha quedado en un beneficio neto del 1% y un beneficio de explotación (Ebit) del 3%. Pese a ello, las empresas han seguido aumentando a buen ritmo sus ingresos, que han crecido casi un 11%. La razón que explica ese llamativo aumento de facturación es la buena salud de que goza el negocio exterior, que constituye ya más del 55% de las ventas y en algunos supuestos -es el caso, por ejemplo, de Grifols- llega al 70%. Tres grandes regiones -Estados Unidos, Latinoamérica y Europa- siguen constituyendo el mercado de referencia de las compañías españolas, con un vigor comercial que contrasta con el mal comportamiento del mercado nacional, ahogado por la crisis y la falta de perspectivas, y donde el crecimiento en la mayoría de los sectores ha sido escaso o nulo.

Los resultados revelan, además, la tenacidad y el esfuerzo con que las empresas están haciendo frente a una coyuntura económica adversa. Pese a haber estancado sus beneficios, ninguna de las cotizadas ha tenido que exhibir números rojos en este trimestre y todas han proseguido con sus deberes en materia de desapalancamiento. El grupo Santander ha vuelto a situarse como número uno en cifra de beneficio (más de 2.100 millones de euros), mientras que se han producido repuntes, como el de Ferrovial, que durante el primer trimestre de 2010 arrastró pérdidas de 80 millones y en este ha sumado beneficios por 224 millones de euros.

Todo ello evidencia, una vez más y por contraste, la atonía que sigue lastrando la economía española, donde el consumo privado continúa bajo mínimos. Pese a que el viernes el INE elevó una décima respecto a los cálculos del Banco de España el crecimiento del PIB previsto para el primer trimestre -hasta el 0,3%-, esta no es una carrera que se corra en solitario. Las previsiones del crecimiento español son cinco veces inferiores a las de la economía alemana -que ha crecido un 1,5%- y están tres veces por debajo del 1% de Francia. Una disparidad de cifras que aleja claramente a España del pelotón de los buenos estudiantes y la acerca a aquellos que se acomodan en el fondo del aula. La corrección efectuada por el INE -cuyo dato deberá ser confirmado dentro de 15 días- vuelve, una vez más, a subrayar la dependencia que muestra la economía española del buen comportamiento del mercado exterior, a cuya contribución el organismo atribuye esa décima extra, y en especial de los europeos, donde están nuestros principales clientes.

La congelación del consumo y de la inversión no puede extrañar si se tienen en cuenta los nubarrones que mantienen bajo mínimos la economía española. El encarecimiento de los precios -como consecuencia de la escalada del petróleo, así como de la subida de impuestos aprobada el pasado año- unida a la persistente sequía del crédito y al aumento del paro no ofrecen razones para ser optimista, al menos, a corto y medio plazo. La recuperación no surge de la magia o de la alquimia, sino de la capacidad de estimular la competitividad del mercado como condición necesaria para poder crear empleo y reactivar el consumo y la fluidez del crédito. Con un sector financiero inmerso en un proceso de saneamiento al que todavía queda un buen trecho por recorrer -el viernes Jean-Claude Trichet recordaba que las reformas acometidas para fortalecer el sistema financiero mundial están aún a medio camino- y, por tanto, con una capacidad de prestar dinero limitada, es necesario buscar fórmulas alternativas para sacar a España, antes de que sea tarde, del furgón de cola de las economías europeas.