Crisis en la Unión Monetaria

España no es Irlanda, pero no basta con decirlo

La crisis que azota y acorrala a la zona euro y que pone en cuestión la continuidad misma de su moneda no ha terminado. Tras el rescate financiero del Estado de Irlanda, solo cinco meses después de hacer lo propio con el de Grecia, los mercados financieros parece que han puesto el corte de la quilla rumbo a Portugal... y a España. Tras unos primeros movimientos de efímera recuperación de los precios tanto de la deuda como de la renta variable en los países periféricos europeos, la jornada de ayer se saldó con un castigo severo. Mientras en Portugal los movimientos se cebaron en la deuda soberana, con avances en la prima de riesgo, medida tanto por los diferenciales en el mercado secundario de deuda como en los seguros, en el caso de España los inversores castigaron los precios de las acciones de los bancos, así como de empresas industriales y de servicios con alto endeudamiento. Al paso del correctivo del mercado salieron varios responsables económicos españoles (políticos y empresariales) y europeos, destacando todos ellos las evidentes diferencias entre España (y Portugal) con Irlanda, ante el temor a que el miedo se extienda y genere una crisis infinanciable, dado que si se habla del rescate de España se habla de palabras mayores.

Como comentaba un analista financiero en estas páginas el pasado sábado, el apetito de los mercados es insaciable. La especulación funciona como el organismo que pretender apagar la sed con agua de mar, que genera un alivio de inmediato, pero desata una sed más cegadora a continuación que solo se sacia con más agua, con más especulación. Si la sangre de Grecia, de Irlanda, de Portugal, no es suficiente, buscarán la de España, de Italia. Por tanto, a los mensajes bienintencionados, y seguramente bien fundados, de que España es diferente, habrá que añadir decisiones firmes para seguir abriendo la brecha con aquellos países suya situación financiera es realmente delicada.

España no es Grecia, no es Irlanda. España tiene un nivel de deuda pública que aún no llega al 60% del PIB, muy alejada de la que tienen los grandes países europeos, pese a registrar un crecimiento de esta variable demasiado acelerado en los dos últimos años. España tiene una deuda privada (corporativa y familiar) que no llega al 300% del PIB, ratio en el que supera a buena parte de los países desarrollados, pero que con la excepción de la de los promotores inmobiliarios, cumple a rajatabla con sus obligaciones de repago. España tiene unos bancos que no han multiplicados el crédito hasta los niveles irlandeses, y que exhiben los mayores niveles de solvencia de Europa sin ayudas públicas, aunque tienen que hacer frente a vencimientos de liquidez muy abultados en los tres próximos años.

El principal problema de España es su falta de crecimiento, sin el que una deuda gobernable puede convertirse en una losa pesada en unos pocos años, y la tasa de paro es la más explícita evidencia. Por tanto, recomponer las bases de crecimiento para que el avance del PIB genere empleo y haga financiable su deuda, privada y pública, es la labor del Gobierno en los próximos meses, así como convencer a los mercados de que España no es Grecia, no es Irlanda, no es Portugal. Los ajustes del sistema financiero parecen bien diseñados, pero no son suficientes para las corrientes frías de los mercados, que demandan más y más.

Los países centrales del euro, que han diseñado un mecanismo de defensa, saben que España es caza mayor: si cae, arrastrará a decenas de bancos alemanes y franceses que han financiado el crecimiento español a través del interbancario y de la compra de emisiones hipotecarias, y con ellos seguramente al euro. Por ello, el blindaje financiero puede no ser suficiente, y en la dictadura que los mercados están imponiendo a las democracias, la presión para arrancar nuevas decisiones, nuevas reformas, nuevos sacrificios, puede crecer los próximos meses.

Para evitarlo, la Unión Europea debe dejar claro con el mecanismo de defensa que disparar contra el euro, utilizando el busto de Irlanda, Portugal o España, no sale gratis y puede atrapar también a los especuladores, y el BCE no debe descartar la monetización de la deuda con compras masivas. Y el Ejecutivo español debe poner la directa a unas reformas más reales que nominales, y estar preparado para ajustes adicionales en sus cuentas: en los ingresos y en los gastos. España no es Irlanda, pero no basta solo con decirlo.