EDITORIAL

Un paisaje diferente para tener otro crecimiento

Pese a que en los últimos trimestres la banca ha endurecido las condiciones de acceso al crédito, con lógico correlato a la parálisis de los flujos de liquidez y al crecimiento notable de la morosidad, en España el saldo vivo de la deuda de las familias acumula ya unos pocos meses de avance, mientras que las empresas, que iniciaron más tarde el ajuste de su apalancamiento, mantienen aún descensos. Pero el último reporte del Banco de España sobre financiación de la economía española revela que el crecimiento del crédito a las familias se concentra únicamente en la financiación hipotecaria, precisamente aquella de la que menos necesitada está. Todo apunta a que este renacimiento del crédito hipotecario podría ser coyuntural, como coyuntural es el crecimiento de la economía en el segundo trimestre, arrastrado por un acelerón de la demanda de bienes de uso duradero y de inversión inmobiliaria, en este caso tanto por la subida del IVA en julio pasado como por la eliminación de los incentivos fiscales en diciembre próximo.

Pero lo que mejor define el modelo de crecimiento de un país es la estructura de su financiación, el reparto sectorial que tiene el crédito concedido por sus agentes financieros, así como la absorción de recursos impositivos y financieros que ejerce el sector público. Y tal estructura revela, en primer lugar, que no se ha desmontado el modelo de crecimiento que, además de generar riqueza y empleo en los tres últimos lustros, acumuló unos niveles de deuda que podría anestesiar a la economía para una larga temporada. El desapalancamiento de los agentes privados es muy lento, y más lento todavía el deseable trasvase de recursos de inversión de los sectores agotados a los que tienen porvenir.

Todavía ahora el 60% del crédito vivo concedido a los sectores residentes se ha tomado para actividades inmobiliarias, desde la adquisición de casas, hasta la financiación de servicios inmobiliarios, pasando por la construcción misma de los activos terminados. Hace un par de años tal porcentaje era sólo un punto superior, lo que es el mejor síntoma de la lentísima desintoxicación financiera que está experimentando la economía nacional. Un sesgo tan pronunciado del crédito es el indicador que mejor define cuál ha sido el desempeño cualitativo de la economía en los últimos años, y las dificultades que tendrá para recomponerlo, dado que la crisis ha estallado por la parte que proporcionaba la liquidez: el sistema financiero.

Por exclusión, los recursos dedicados a actividades industriales suponen sólo el 8% del crédito concedido, y poco más del 16% los destinados a los servicios no inmobiliarios, partidas muy limitadas como para disponer de una economía competitiva en un mercado abierto, donde el comercio mundial es el mejor multiplicador de la actividad y de la riqueza. Hace una quincena de años el peso de la industria en el reparto del crédito era muy superior, y mediados los ochenta triplicaba la proporción actual, aunque era evidente que buena parte de la industria perdía competitividad cada año y estaba en proceso de ajuste. Cambiar el patrón supone devolver a las manufacturas el peso específico que tuvieron entonces, aunque la concentración se produzca en bienes alejados de la industria pesada.

Todos los esfuerzos que se hagan en investigación y desarrollo serán pocos para recuperar el terreno perdido. Pero donde es inevitable concentrarlos es en retener las cuotas de producción y mercado en las actividades en las que España ha mostrado liderazgo en las últimas décadas. La automoción, la maquinaria herramienta y de precisión o la industria química no pueden ceder ni un ápice de territorio comercial, y deben ejercer de motor de arrastre para otros subsectores de alto valor añadido y alta productividad para servir de entramado básico al crecimiento de la economía.

En servicios, lo primero es consolidar los existentes, con calidad y precios competitivos (turismo) ante la avalancha de oferta externa, y explotar otros con futuro, como la sanidad especializada, que también es fuente de atracción de riqueza. La localización de la actividad futura la deciden las grandes corporaciones. Los Gobiernos sólo pueden competir en ofrecer las mejores condiciones para tal localización. Deben diseñar el paisaje más atractivo para los negocios: con impuestos diferentes, formación diferente e infraestructuras diferentes.