EDITORIAL

El crecimiento vuelve a estar en la cuerda floja

El producto interior bruto (PIB) volvió a registrar crecimiento en el segundo trimestre del año, aunque lo hizo en una proporción muy modesta, tal y como había ocurrido en el primero. Las expectativas de subidas de impuestos para la segunda mitad del ejercicio activaron los resortes del consumo en bienes de uso duradero, fundamentalmente coches, y la inversión en vivienda. Pero el fantasma de la segunda recesión no está del todo conjurado, y hasta los analistas más optimistas admiten la posibilidad de encadenar de nuevo dos trimestres con caída de actividad en la segunda mitad de este año, aunque sería un episodio seguramente muy puntual. El incremento de impuestos, el adelanto de compras en el segundo trimestre, la continuada pérdida de renta real como consecuencia de los recortes de los sueldos públicos y de la caída no concluida del empleo, así como el efecto pobreza no superado por la inestabilidad de los mercados bursátiles, no son argumentos para el optimismo del sector privado, sino más bien para seguir acumulando ahorro.

El problema añadido para la actividad en España es el deterioro del crecimiento fuera de las fronteras, lo que dejaría en cuarentena uno de los pilares para la recuperación española: el crecimiento exterior y su demanda. Europa ha optado por el rigor fiscal como herramienta de crecimiento, lo que supone que la recuperación será más lenta y se consolidará en un plazo más dilatado. Los severos planes de ajuste de las grandes economías europeas (Francia, Alemania, Italia, Holanda o Reino Unido) tendrán incidencia directa en una economía que fiaba buena parte de su futuro a la recuperación ajena. Pero las noticias que llegan de EE UU no son mejores. En las últimas semanas se aprecia un súbito agotamiento de los indicadores de demanda por el fin de los estímulos fiscales, aunque esté prácticamente descartado que la primera economía del mundo vuelva a la recesión. Sólo Japón mejora el tono y los emergentes mantienen viva la bandera de la recuperación, aunque es difícil que arrastren a los países maduros. Más bien al revés: podrían ser arrastrados al pesimismo por Europa y EE UU.

Los expertos con inclinación keynesiana han vuelto a resucitar las políticas expansivas para evitar la recaída en EE UU, mientras que Europa está definitivamente embarcada en lo contrario. En EE UU incluso los responsables más halcones de la política monetaria admiten que el empleo sigue siendo el primer objetivo, y que la inflación no es en absoluto una amenaza ahora, alineándose en parte con las tesis de flexibilidad fiscal defendidas por Barack Obama en la última cumbre del G-20.

Pero las economías no pueden mantenerse indefinidamente con respiración asistida. Entre otras cosas porque, como los europeos han experimentado en el primer semestre de este año, es un remedio que puede tener más complicaciones que la enfermedad misma. Las comunidades que precisen de la financiación internacional para seguir adelante, como Europa, pero exageradamente EE UU, no pueden mantener eternamente abierto el grifo del gasto público, porque el encarecimiento de sus emisiones las hará insostenibles, y trasladarán el coste de financiación doblemente a la actividad privada, con tipos más altos y absorbiendo unos recursos escasos. Sólo una política selectiva de gasto fiscal que exagere la inversión (educación, infraestructuras, sanidad, etc.) y reduzca el gasto social y corriente tiene el aval de los mercados.

Una curiosa encuesta estadounidense revela que los flujos financieros de las familias siguen dirigiéndose masivamente hacia la supuesta seguridad de la renta fija, y sólo a cuentagotas hacia el riesgo de la variable. En Europa, las suspicacias están aún más refugiadas en el ahorro. æpermil;ste es el mejor termómetro de que las aguas no han vuelto a su cauce original, porque no se han restablecido los mecanismos para ello. Tres años después de la crisis, apenas están pespunteadas las reformas financieras en Europa y EE UU, y apenas están los bancos capitalizados de forma suficiente como para retomar sin temor la concesión de crédito al sector privado. En paralelo, los países más distanciados de la realidad competitiva deberán hacer esfuerzos adicionales con sus modelos productivos para absorber la diferencia y estar, al menos, en igualdad de oportunidades. Es el caso de España.