EDITORIAL

La banca, los márgenes de intereses y Darwin

Las principales fracturas generadas por la crisis financiera internacional siguen abiertas, especialmente aquellas que afectan más al normal desarrollo de los operadores del mercado. El activo que experimentó el mayor golpe fue precisamente el menos cuantificable y el más difícil de reparar, pese a que ingentes cantidades de dinero público lo hayan intentado: la confianza. La sospecha cruzada de todos contra todos los bancos paralizó cualquier tipo de operación entre ellos y secó el flujo de liquidez de tal manera que el dinero, que es para los negocios como la sangre o el oxígeno para el cuerpo humano, sólo llegaba a los operadores cuando lo bombeaban los bancos centrales, convertidos de prestador de último recurso en fiador de único recurso. Todavía hoy, 33 meses después de que se cerrasen los mercados, no se han abierto de forma normalizada, y unos operadores siguen sospechando de otros, por considerar que no han limpiado suficientemente sus balances, que se han deteriorado por la duración extrema de la crisis, o que no han recapitalizado suficientemente y no han recompuesto sus ratios de solvencia. En definitiva, el dinero no circula con fluidez y confianza.

Y España no es en esto diferente. Si bien ha estado mejor supervisada la banca que en el entorno, el exceso de exposición a los activos inmobiliarios, que se han revelado peligrosos, así como la lentitud desesperante en los procesos de concentración y saneamiento, arrojan cada vez más dudas sobre el futuro del sector, al que se le demanda rapidez en el ajuste para contribuir a la recuperación de la economía.

Más capital y más liquidez de disposición libre. Esas son dos de las condiciones que la normativa mundial exige ahora a las instituciones bancarias y de seguros, para tener mayores niveles de cobertura y soportar el resto de la crisis o las que surjan en adelante.

Las necesidades de recursos propios están parcialmente resueltas, con un grado aceptable de cumplimiento en los bancos comerciales, que o bien han ampliado capital o han destinado parte de sus beneficios a provisiones y a capital, con la consiguiente reducción del dividendo. Sin embargo, no lo están en las cajas. El deterioro de unos balances en los que el peso relativo del crédito inmobiliario es superior al de los bancos no ha sido corregido, y las operaciones de fusión para compartir riesgos están paralizadas por las intromisiones políticas de las comunidades autónomas y la poco activa actitud de rigor del Gobierno y del Banco de España, que amenaza sistemáticamente con todo tipo de iniciativas que apenas movilizan el ánimo de los afectados.

Pero a las necesidades de capital se unen las de liquidez, que tras cerrarse los grifos generosos del Banco Central Europeo, deberá ser rastreada en unos mercados interbancarios anémicos, o en levantar ahorro de los particulares, tal como están haciendo ahora masivamente en España bancos y cajas. Los vencimientos del apalancamiento tomado por los bancos, que en el último ciclo han llegado a tener una proporción realmente desequilibrada de crédito sobre depósitos, apremia la búsqueda de nuevas fuentes de financiación, y la fórmula tradicional de la captación de depósitos es la vía finalmente elegida. Esta última guerra del pasivo desatada tiene unas características diferentes, puesto que el mercado está ya muy trabajado, y la captación se hace a costa de poner en riesgo los márgenes de intermediación de las instituciones, ya que los tipos activos están mayoritariamente bajo mínimos, puesto que están indizados a un euríbor que determina en gran medida el propio BCE, y que tiene pegado al 1%.

Por tanto, remuneraciones del 4% como ofrecen algunas entidades no podrán ser atendidas por todos, bajo riesgo cierto de poner la cuenta de resultados contra las cuerdas, y en muchos casos deteriorar más situaciones ya límites. Detrás de esta operación, desatada fundamentalmente por las entidades comerciales grandes, se sospecha una estrategia comercial para poner de rodillas a las instituciones más pequeñas y con menos margen, y proceder a una limpieza darwiniana del mercado. Tampoco en este caso el Banco de España puede quedarse mirando sin comprobar si determinadas entidades están haciendo banca a pérdida, puesto que quizás el remedio sea en tal caso peor que la dolencia.