EDITORIAL

Las condiciones para la recuperación

Aunque los datos de actividad económica han mejorado sensiblemente en el primer trimestre del año, no hay aún suficiente solidez como para garantizar que España ha abandonado la recesión, ni mucho menos puede darse por concluida la crisis. Aparecen cada vez más indicadores que apuntan a una estabilización de la economía, e incluso a una mejora del sentimiento de confianza, que es capital para permutar las expectativas pesimistas por las optimistas y poner en marcha la locomotora. Pero no es momento de considerar aún veraces y definitivos los indicios engañosos, como las ventas de coches, puesto que podrían generar un clima de desmedida euforia, suficiente como para anestesiar el ánimo reformador de los gestores de la economía.

A las ventas de coches de marzo, con la mayor subida interanual de la historia, y el repunte de la confianza detectado por el índice del ICO, hay que colocar el contrapeso que supone la reciente encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas, en la que llama especialmente la atención la creciente preocupación por el desempleo, que condiciona la opinión de casi nueve de cada diez españoles, tasa jamás conocida. El propio informe del ICO conocido ayer, pese a registrar un repunte en el indicador básico de confianza, insiste en el deterioro en la percepción de la economía a medio y largo plazo, síntoma inequívoco de la escasa visibilidad existente para la toma de decisiones de consumo e inversión por parte de los agentes económicos.

Las señales enviadas por las cuentas financieras abundan en esta misma lectura: fortísimo tirón del ahorro, tras un avance apreciable de la renta disponible pese a la crisis, y el derrumbe del consumo, lo que supone también un avance lento, pero avance a fin de cuentas, en el saneamiento de las finanzas de los hogares.

Este desapalancamiento paulatino de los agentes económicos privados es el mejor espejo de la ausencia de expectativas diáfanas. El temor al desempleo creciente en una sociedad con cotas de asalarización cada vez más altas ha paralizado el consumo de bienes de uso duradero y disparado un ahorro de carácter preventivo, además de anestesiar las iniciativas de inversión. El crecimiento de las ventas de coches de marzo parece flor de un día, a juzgar por la lectura que de ellas hacen los fabricantes y vendedores, que estiman que el embalsamiento de la demanda durante los dos últimos años ha encontrado un pequeño alivio en los incentivos directos establecidos por el Gobierno, y que tienen fecha de caducidad.

Pero es cierto que la acumulación de ahorro privado, que ha llegado a cerca del 25% de la renta disponible en el último trimestre de 2009 y casi al 19% durante todo el año natural, es la mejor garantía de que las finanzas particulares están bien cebadas para la inversión del futuro. Sólo falta que se despejen las dudas que la ciudadanía alberga aún sobre la recuperación y su consistencia; las dudas sobre la sostenibilidad de sus ingresos; los reparos y temores, en definitiva, a perder el empleo, tal como ahora revela la encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas.

No es fácil recomponer el estado de ánimo de una sociedad con un 20% de paro y que tras dos años completos de recesión se le anuncian tres adicionales de sacrificios impositivos y recortes en el gasto público, sea en inversiones, subvenciones o subsidios. De hecho, las decenas y decenas de medidas aprobadas por el Gobierno desde el inicio de la crisis han sido engullidas sin efectos aparentes sobre la predisposición de la gente a invertir y consumir. Todas las medidas, o su gran mayoría, eran necesarias, pero se han mostrado insuficientes.

Pero el Gobierno, y quien quiera acompañarle en la aventura, está obligado a reformar, en profundidad y no de forma crematística, buena parte de los mercados de bienes, servicios y factores productivos, para ensanchar el crecimiento potencial de la economía y aprovecharlo cuando llegue el despegue, que pasa, inevitablemente, por una estabilización que no puede estar lejos. La liberalización económica debe tender a ganar competitividad en la generación de actividad y en los precios finales como única fórmula para ganar mercados. Y en paralelo, y sin demora, el saneamiento apremiante del sistema financiero como única garantía de financiación del crecimiento a precios razonables.