EDITORIAL

Un Gobierno económico para la UE

Grecia no está sola. Es el mensaje que la Unión Europea, y la zona euro en particular, quiere dejar claro a los mercados. Y a la vista de los resultados de los primeros gestos de apoyo hacia Atenas -revalorización de la divisa europea y caída del rendimiento del bono griego-, ha quedado de manifiesto que los tiburones financieros, que no responden a ninguna conspiración sino a la lógica búsqueda de beneficios, disolverán el cerco a la deuda griega y a la zona euro tan pronto como irrumpan Bruselas o Berlín.

Ayer, de momento, los ministros de Economía de la zona euro, el Eurogrupo, celebraron una teleconferencia sin precedentes en 11 años de historia de la moneda única. Objetivo: delimitar las medidas que se pueden establecer en apoyo de Grecia. La contraofensiva debe continuar hoy en la cumbre de primeros ministros, en la que se espera una contundente declaración de apoyo a la solidez de la zona euro para calmar a los mercados.

Pero la Unión Europea no puede conformarse esta vez sólo con espantar a los posibles predadores y seguir navegando con la misma nave que antes de la tormenta. Los coletazos de la crisis financiera en el mercado de renta fija han recordado, por si a alguien se le había olvidado, que un número importante de inversores, analistas y académicos mantienen intactas sus dudas sobre la viabilidad de una unión monetaria sin integración política. Lo plantearon en vísperas del estreno del euro en 1999 y lo continúan repitiendo 11 años después.

Y para despejar esas dudas no basta con demostrar que la zona euro puede rescatar a un país que sólo supone el 3% de su economía, como es el caso de Grecia. Ese ejercicio demuestra el músculo financiero de Berlín o París, pero eso nadie lo había cuestionado. Lo que deben demostrar los 16 socios de la Unión Monetaria es la voluntad política para estrechar de manera irreversible la coordinación de sus políticas macroeconómicas y fiscales y superar de una vez por todas las posibles resistencias a esa cesión de soberanía.

La primera gran prueba de fuego para calibrar si existe esa voluntad tendrá lugar hoy en la cumbre europea informal que se celebra en Bruselas. El nuevo presidente del Consejo Europeo, Herman Van Rompuy, llega a la cita con propuestas que sientan las bases para un futuro Gobierno económico europeo. Los términos son negociables -parece que la palabra Gobierno molesta en Berlín porque se percibe como una amenaza a la independencia del BCE-. Pero el objetivo, dotar a la zona euro de una verdadera autoridad económica, resulta realmente imprescindible. Si se logra, los mercados entenderán, sin necesidad de aspavientos, que ningún socio de la zona euro afrontará los ataques en solitario.