EDITORIAL

La reforma laboral vuelve a la casilla de salida

Nada de lo prometido. El Gobierno se había comprometido, tras atender una prórroga solicitada por los sindicatos, a presentar el viernes una propuesta completa, explícita y detallada de las modificaciones que quiere aplicar al mercado de trabajo para frenar la escalada del desempleo y generar nueva ocupación. Pero... nada de lo prometido. Ha aguado su promesa con un documento vago que recoge únicamente un índice de las materias que está dispuesto a modificar si logra un acuerdo con sindicatos y patronal, pero en el que se esquiva el contenido exacto que desea para cada una de ellas.

El escrito, que fue analizado en la sesión del Consejo de Ministros, servirá únicamente como guía de parte en la negociación que CEOE, UGT y CC OO se han comprometido a mantener en los próximos meses para alcanzar un acuerdo. No obstante, está abierto a la incorporación de propuestas adicionales sobre esas y otras materias, como ha sido común en procesos de diálogo explorados en el pasado. Es, en definitiva, un punto de partida para el diálogo, porque en tal posición vuelve a estar la cuestión tras algo más de un año haciendo lo que en la calle se conoce como marear la perdiz. El diálogo, pues, está de nuevo en la casilla de salida.

El mismo Gobierno que la semana pasada sorprendía con una propuesta valiente de reforma del sistema de pensiones, en la que abría el debate de todas las variables sensibles que dan solidez a la Seguridad Social, ha apostado a una reforma vacía del mercado de trabajo, ya que de su oferta inicial han desaparecido las iniciativas de mayor calado que durante semanas el Ministerio de Economía ha intentado poner negro sobre blanco para estimular la generación de empleo.

Hasta tres propuestas sucesivas de estímulo a la contratación elaboradas por la Secretaría de Estado de Economía, todas ellas con una flexibilización del coste del despido, han sido rechazadas para limitar la intencionalidad del Ejecutivo a hablar, en términos genéricos, de contrato a tiempo parcial; empleo juvenil; reparto del empleo existente con una fórmula falsamente importada, puesto que ya existe en la norma española; igualdad de género en las plantillas; intermediación laboral, o negociación colectiva. Además, el presidente Zapatero ha reiterado en la explicación pública de su propuesta que no habrá una reducción del coste del despido, pilar que la patronal, aunque ayer hiciese abstracción del asunto, considera capital para estimular los contratos.

El compromiso de negociar es bienvenido. Pero tal compromiso debe alcanzar también al tiempo empleado en lograr un pacto, que no puede ser eterno. Hay 4,3 millones de parados, con cuatro de cada diez jóvenes sin empleo, con la economía en recesión durante siete trimestres y unas expectativas de crecimiento más bien pobre para los próximos dos años. El encuentro en Moncloa del viernes no puede quedarse en aquello que ha parecido: un acto de fe en la unidad política en torno al Gobierno, una señal que Zapatero necesita enviar a los mercados y a las autoridades comunitarias para que cese el acoso al que los inversores y los especuladores han sometido a la economía española durante esta aciaga semana.

El diálogo, que se abre ahora "por un tiempo razonable", debe culminar más pronto que tarde en una verdadera reforma laboral que proporcione oportunidades a los colectivos que lo necesitan, sean emprendedores o trabajadores. Una reforma que debe contener un nuevo contrato para que la tasa de paro de los jóvenes no se enquiste en el 40% durante años; un coste del despido que equilibre la amoralidad que hoy supone tener trabajadores de primera (fijos), de segunda (temporales) y de tercera (parados); una negociación colectiva en la que desaparezca el padrinazgo pernicioso de los pactos sectoriales y provinciales para que las empresas puedan adaptar a sus necesidades de producción las relaciones laborales; una protección por desempleo generosa con quien busca activamente empleo y no encuentra, pero cicatera con quien se refugia en el subsidio como mejor forma de relacionarse con el mercado laboral. España ha gastado mucho tiempo en sentarse a negociar, pero no dispone de tanto para aplicar las soluciones.