EDITORIAL

Recomponer la actividad para recuperar bienestar

En España se ha abierto un debate espontáneo sobre el umbral temporal que precisa la economía para devolver el empleo a los niveles que tenía antes de la crisis, considerando la ocupación como la variable que mejor mide el nivel de bienestar y que mejor reparte la riqueza generada. Con una tasa de desempleo muy cercana al 20% de los activos, elucubrar con el año en que volverá al 8% es un ejercicio ciego con muy pocas posibilidades de acertar, entre otras cosas porque ni la economía ni el empleo tendrán el mismo desempeño en función de qué políticas económicas se practiquen, o incluso de qué entorno económico internacional rodee a España.

Pero el Gobierno, a través de uno de sus miembros más decididamente liberales y realistas como es José Manuel Campa, se ha atrevido a hablar de 2014 como el ejercicio en el que la actividad económica habrá absorbido todo el desempleo actual y el que pueda añadir la nueva población activa. El consenso de los expertos es menos optimista, entre otras cosas porque recela de la capacidad e intención liberalizadora del Gobierno, y no aprecia una economía tan vigorosa como la de 2007 hasta el año 2020, si no después.

El propio Fondo Monetario Internacional ha dibujado unos escenarios sobre el daño de la crisis y no espera un retorno a los niveles de producción, para nada habla de empleo, anteriores a la recesión hasta al menos 2014. Pero antes de buscar el umbral temporal de la recuperación hay que lograr que se estabilice la economía, una vez que concluya el ajuste, que si bien puede haber tocado fondo en materia de producción, no lo ha hecho en cuanto a la marcha del empleo. Sólo cuando lo haya hecho podremos calibrar primero cuál ha sido el daño de la recesión, aunque las variables más gruesas son conocidas de todos. Pero la que mejor define la factura de la recesión es la renta por habitante generada por España en 2009, cuyas primeras estimaciones publicamos hoy, y que suponen un severo descenso respecto al año 2008 y el primero que se registra en los tres últimos lustros.

La contracción tan radical experimentada en el PIB, sobre todo en la actividad constructora e industrial, y el avance muy fuerte de la población se saldan con una caída del 6,24% de la renta per cápita de los españoles, hasta los 17.930 euros corrientes, un nivel que se encuentra a caballo de los ya registrados entre 2005 y 2006. En términos simples podríamos decir que la renta de los españoles ha retrocedido en 2009 casi cuatro años. Pero si el análisis se realiza en términos reales para determinar el poder de compra objetivo de la renta generada, nos sorprenderá conocer que ha descendido hasta las cotas que ya se registraban en 2002, un retroceso de siete años. No están disponibles los datos equivalentes para los países del entorno; pero aunque los descensos en el PIB han sido similares, no hay ninguno que haya experimentado el crecimiento demográfico que España, que lo ha hecho exclusivamente con inmigración. España ha devuelto con una política inmigratoria permisiva el ejercicio de generosidad económica internacional que los países más ricos de Europa tuvieron con ella en los sesenta y setenta del pasado siglo. Pero seguramente ha llegado el momento de unificarla con la del resto de los países europeos, si bien la propia crisis podría enfriar la llegada de los extranjeros que buscan mejores condiciones de vida.

Pero desde luego la vulnerabilidad de la economía española no estaba en la mano de obra que durante años ha abaratado el proceso productivo y ha permitido el crecimiento de la renta y de los márgenes empresariales. Estaba en un modelo de crecimiento excesivamente volcado en la construcción residencial, que, además de haberse diluido con la crisis, ha maniatado la capacidad de maniobra de las familias durante años por el endeudamiento tomado para financiar la vivienda. Por tanto, no debería sorprendernos que la renta per cápita descienda aún más este año. Pero su recomposición exige una serie de reformas estructurales que liberalicen los mercados de bienes, servicios y factores, y que cambien las expectativas de los agentes económicos para reanimar la inversión y el consumo, además de buscar nichos de actividad, preferentemente industrial o de servicios, que sustituyan el desaparecido peso de la construcción residencial.