EDITORIAL

Impuestos, recaudación y márgenes

Veinticinco años después de poner en marcha un sistema impositivo sobre el consumo neutro, el impuesto sobre el valor añadido (IVA), Hacienda registra el mayor descenso en su recaudación que se recuerda, con tasas cercanas al 30%, como consecuencia del derrumbe de la actividad. Corregido el efecto que supone el recurso creciente al aplazamiento de los pagos por empresas en dificultades (7.000 millones), o incluso el adelanto de devoluciones, el descenso se acerca al 20%. Sin embargo, tratándose de un impuesto con elasticidad unitaria pura, ya que se aplica sobre todo a intercambio de bienes o servicios sin excepción, la caída de ingresos generados por el IVA no debería superar a la del PIB nominal.

Por tanto, el comportamiento que ha mostrado el impuesto en el último año presenta muchas dudas sobre el cumplimiento de las obligaciones fiscales de colectivos crecientes o, lo que es lo mismo, encubre tasas avanzadas de economía sumergida. Esta variable aparece siempre que una situación crítica de la economía aconseja a determinados intermediarios de la cadena de generación y distribución de bienes y servicios utilizar el IVA o parte de él como margen del negocio, hurtándoselo a Hacienda. Y tal circunstancia parece concurrir ahora, cuando el consumo y la actividad descienden a tasas que rondan el 4%, mientras que los ingresos por IVA se han desplomado un 20%. Los inspectores fiscales apuntan a esta posibilidad como hecho cierto, contra el que, además, es imposible luchar porque imposible es colocar un inspector ante cada transacción.

Pero la elusión fiscal surge también siempre que se producen subidas de impuestos sobre los que el control es complicado. Mientras que una subida en la retención de las rentas de capital o del trabajo es ineludible para pagador y perceptor, una subida del IVA -como la anunciada a partir de julio- suele traducirse en un avance de las operaciones opacas que esquivan el pago a Hacienda. Unas veces con cobros sin IVA, sobre todo en la prestación de servicios, y otros con abono por parte del consumidor último, pero en el que el intermediario -el comerciante- decide no ingresar el impuesto en las arcas públicas y mejorar su margen.

Las tendencias fiscales en el mundo, al menos antes de la crisis, prefieren sostener las finanzas públicas con impuestos indirectos para no castigar el factor trabajo ni el capital. Pero una concentración de la presión fiscal sobre los impuestos indirectos, más inasibles para su fiscalización, pone en duda la suficiencia del sistema fiscal, además de absorber demasiados esfuerzos en la lucha contra los defraudadores. Mientras esta tendencia tributaria no cambie, Hacienda tendrá que hacer mucho más de lo que hace por neutralizar las actitudes elusivas que provocan agujeros en la recaudación, como el que el IVA ha generado en 2009, cuando más precisos son los recursos públicos.