EDITORIAL

Flexibilidad al margen del pacto social

A punto de cumplirse un año desde que el Gobierno, los sindicatos y la patronal se comprometieron a disponer de un gran acuerdo social que mejorase las condiciones de la economía, el pacto sigue en el aire, y su contenido, por lo que se conoce hasta ahora, no parece el más adecuado para movilizar los instrumentos de mejora de la productividad y competitividad de la economía. En este periodo tan dilatado de tiempo, mientras los agentes económicos y el Ejecutivo trataban únicamente de convencer a la opinión pública de las virtudes de sus propuestas y la inconveniencia de las ajenas, la economía ha destruido 1,2 millones de empleos y sectores productivos enteros están paralizados por el agotamiento de un modelo que precisa regenerarse a toda prisa.

Para ello necesita nuevos mecanismos de entendimiento en las empresas y un salto de flexibilidad en las relaciones industriales que permita ajustar con más rapidez los costes al desempeño real de las plantillas y las horas trabajadas a la demanda real de la producción, para impulsar una productividad estancada, cuando no negativa en términos reales, y que se revela como el auténtico problema de una economía cada vez menos competitiva. Los esfuerzos del gasto público por mantener a flote la demanda pese a la crisis no han sido acompañados por esfuerzos adicionales de flexibilidad que podrían haber reducido la factura elevadísima que la crisis se está cobrando en empleo.

Pero los sectores más dinámicos y las empresas de forma aislada no han hecho dejación de sus responsabilidades en ausencia de una vía pactada por la cúpulas patronales y sindicales por la que transitar sin conflictividad. Han impulsado el entendimiento colectivo en sus ámbitos tras comprobar la parálisis en la que se encontraba el pacto global, y han escenificado varias fórmulas que flexibilizan las relaciones industriales y que ajustan en buena parte los costes a las necesidades impuestas por la crisis.

Como ha ocurrido a escala casi general en economías como la alemana, y que les ha servido para evitar dramáticos ajustes de empleo pese a los recortes draconianos de las ventas en los sectores manufactureros, las empresas han permutado coste laboral por reducción efectiva de jornada; han pactado reducciones de costes en casos en los que existía riesgo de expulsión del mercado; han elevado el tiempo de trabajo sin réplica en el salario, etc. Han ensayado las fórmulas más elementales de ajuste interno de las variables más blandas, para evitar echar mano de las más duras. No ha sido así en todos los casos, porque, de serlo, carecería de explicación la avalancha de despidos, que se ha concentrado entre trabajadores temporales. Pero esta misma circunstancia exige repensar el sistema de contratación y rescisión vigente en España, que fragmenta el mercado y condena a millones de trabajadores a una relación temporal, que no refuerza los vínculos formativos y de compromiso con la empresa, cuando no al paro.