COLUMNA

No nos moverán

El estado de la nación, del que estos días se debate, es, en lo que se refiere al empleo, calamitoso. Es difícil imaginar un panorama más negro para las relaciones laborales, sea cual sea el sector productivo y el aspecto de las mismas que se considere. Y es difícil de explicar la velocidad y la intensidad con que se deteriora la situación.

Sin embargo, no es arriesgado aventurar que el debate se va a saldar con el enésimo compromiso de mantener la protección social de los desempleados (faltaría más; como si alguien pretendiera suprimirla) y con la enésima negativa a introducir el más mínimo cambio en la ordenación de las relaciones laborales. La postura oficial del Gobierno, en sintonía con la de las organizaciones sindicales, podría resumirse con el título de la canción de los movimientos estudiantiles de los años sesenta, que he utilizado para esta colaboración: no nos moverán. Se han instalado en la defensa a ultranza del actual marco laboral y de negociación colectiva, y cualquier consideración que lo vincule con los problemas del empleo es inmediatamente descalificada. Lo mismo que es inmediatamente rechazada cualquier propuesta de reforma que, sea cual sea su contenido, se considera que no puede ser más que expresión de la maldad intrínseca del capital y de los intelectuales a su servicio.

Esta actitud sería equiparable a la de las autoridades sanitarias que, ante una pandemia, centraran todos sus esfuerzos en potenciar la fabricación de ataúdes y en reforzar las ayudas de viudedad, sin admitir la más mínima modificación de los protocolos sanitarios ni apostar por la investigación de remedios eficaces. Y que, encima, pretendiera hacernos creer que ésa es la postura más socialmente responsable y más respetuosa de los intereses de la población.

Llama la atención que ni la más mínima sombra de duda se cierna sobre estas posturas, a pesar de que instituciones nacionales e internacionales, expertos de diversa adscripción ideológica y el mundo empresarial, coincidan en señalar reformas clave de nuestras relaciones laborales que podrían frenar la actual sangría de puestos de trabajo y permitir la recuperación del empleo. ¿No existe ningún líder sindical ni ningún responsable político que sufra pesadillas con los más de cuatro millones de desempleados y se despierte tembloroso pensando que, quizás, puedan tener algo de razón quienes proponen modificaciones del marco normativo regulador de nuestras relaciones de trabajo y cambios en nuestra negociación colectiva?

Tenemos más de cuatro millones de desempleados y, lamentablemente, todo parece indicar que vamos a tener más. La crisis ha destruido mucho empleo temporal y ha tenido una incidencia también importante, aunque menos, en el empleo fijo, en términos que no guardan proporción, en comparación con lo que sucede en otros países, entre la caída de la actividad económica y la destrucción de empleo. Esto pone de manifiesto que el empleo sufre entre nosotros más que en otras experiencias, y que ello está relacionado con nuestro marco laboral. Si éste se mantiene sin modificaciones, las resistencias a la contratación van a continuar. A los desempleados se les ofrece protección social, por medio de las prestaciones y subsidios correspondientes, y se les viene a decir que nada se puede hacer y que habrá que esperar a que el crecimiento económico vuelva y con él, las contrataciones.

Pero, aparte del sufrimiento en términos económicos, psicológicos, familiares, sociales, etcétera, que el tránsito implica, ¿cuáles son las perspectivas realistas que se abrirían a esas masas de desempleados cuando vuelva el crecimiento? En la mayor parte de los casos, las de volver, con suerte, al mercado de trabajo por medio de contrataciones temporales y precarias. Esto es, con vínculos laborales escasamente protegidos y de enorme volatilidad. ¿O es que alguien piensa que en la salida de la crisis va a haber una eclosión de contrataciones indefinidas?

En esas condiciones, no se entiende la negativa a introducir la nueva figura del contrato indefinido no fijo, que propuse en estas páginas el pasado 14 de abril, y que la CEOE también ha propuesto. Ese contrato no modifica un ápice la situación contractual de los actuales trabajadores fijos y ofrece a los desempleados alternativas más rápidas y mejores para salir del desempleo, que la hipotética contratación temporal que pueda traer en el futuro el crecimiento económico. ¿Por qué no ensayarlo?

Federico Durán López. Catedrático de Derecho del Trabajo y socio de Garrigues