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Casas museo: un viaje por la memoria

Son lugares llenos de recuerdos. Santuarios irresistibles para amantes de las vidas ajenas. En ellos aún habita el alma de sus propietarios.

En el hall del MOMA hay un tríptico que sobrecoge por su belleza. Es un sueño impresionista. Un lienzo gigante hecho de agua y luz. En medio del silencio del atrio, uno contempla Los Nenúfares y no puede dejar de imaginar a Monet pintando en cualquier rincón de Giverny.

Claude Monet tenía 43 años y era un pintor reconocido cuando quedó prendado de la propiedad de Monsieur Singeot. Primero la alquiló, después urdió el proyecto de comprarla. Transformó el huerto, edificó tres invernaderos, construyó un estanque, llenó el jardín de cerezos, tejos y manzanos y repintó la casa escogiendo el verde para las ventanas. En 1895 levantó el puente japonés, transformó el predio en un inmenso atelier y se dedicó a pintar.

Todo es asombroso en este paraje cercano a París: las flores del estanque, las estancias exquisitamente reconstruidas, el jardín japonés y el Museo de Arte Norteamericano que se levanta a pocos metros de la casa del pintor y alberga una de las colecciones de pintura más hermosas que pueden contemplarse hoy día.

Estas casas con alma reciben la visita de miles de turistas

Hace un siglo, una colonia de artistas americanos (Mary Cassatt, Lilla Cabot Perry, Willard Metcalf…) se instalaron en Giverny cerca de Claude Monet para perfeccionar sus técnicas impresionistas. Desde 1992, el museo rinde homenaje, a través de exposiciones temporales, a los lazos que unen el arte francés y el americano. Como único lugar consagrado al arte americano en Francia, el museo presenta obras que abarcan un periodo que se extiende desde 1750 a nuestros días. Situado a pocos pasos de la casa de Claude Monet, en la ladera de una colina, su arquitectura moderna se integra en el paisaje de Giverny gracias a sus jardines y a la pradera de amapolas que rodean el recinto.

Rungstedlund

Karen Blixen está enterrada a los pies de un haya centenaria que en invierno se cubre de nieve. Hasta el día de su muerte, la baronesa paseó por los bosques que rodean Rungstedlund. Hoy la propiedad de la escritora acoge un santuario de aves, una visita obligada para los ornitólogos.

El viaje en coche desde Copenhague hasta la mansión permite descubrir una bellísima zona residencial pegada al mar de Orensund. A lo lejos, a la derecha, la costa de Suecia, unida a Dinamarca por un puente. A la izquierda, casas de cuento rodeadas de inmensos jardines, cristaleras generosas y coches deportivos.

Los ventanales de la residencia familiar, adornados con visillos de encaje blanco que descansan sobre la madera noble como dictaba la moda de la época, esconden algunos recuerdos africanos. Entre las lanzas cruzadas y los escudos de guerreros masáis que adornan las paredes del despacho destaca el bellísimo rostro de Abdullahi Ahamed, uno de los niños que trabajaron en la plantación de café. Allí, junto a una máquina de escribir Corona, también puede contemplarse el verdadero rostro de Denys Finch Hutton, su amante.

De regreso a Dinamarca, Isak Dinesen se recluyó en la casa que la vio nacer y se entregó por completo a la escritura. Tuvieron que pasar largos 13 años para que se atreviera a abrir la caja de los recuerdos. Durante un largo tiempo sintió un enorme vacío en su interior. África había desparecido de su vida y aún tardaría en poder escribir sobre ella. Sus memorias vieron la luz en el año 1937.

Antes de morir a los 77 años, Blixen se convirtió en una estrella de la literatura. Sus trabajos fueron recibidos con entusiasmo, sobre todo en Estados Unidos, donde enseguida sus libros encabezaron las listas de éxito. En Rungstedlund puede contemplarse una foto conmovedora: la baronesa, comida por la sífilis, comparte mesa y champán con los Miller y Carson McCullers. Poco tiempo después fallecía Marilyn, tres semanas antes que ella.

Taliesin

Son muchos los que opinan que Taliesin es un lugar maldito. Sin embargo, no hay una sola obra de Frank Lloyd Wright que resuma como ésta su pensamiento constructivo. La vivienda-taller, levantada en un paraje idílico de Wisconsin, representa mucho más que ladrillos y cemento. Es más, para los devotos de la arquitectura es impensable que no existiera.

Taliesin, cumbre resplandeciente en galés, fue el lugar que soñó Frank Lloyd Wright para vivir y trabajar en compañía de su amante, Mariah Borthwick Cheney. Pero la casa estaba condenada a un destino trágico. Un empleado doméstico, Julian Carlton, asesinó en agosto de 1914 a las siete personas que se encontraban allí, entre ellas Mariah Borthwick Cheney y sus dos hijos de un anterior matrimonio. Luego prendió fuego al edificio.

Lloyd Wright empezó de inmediato a construir Taliesin II, donde se estableció con su segunda esposa, Miriam Noel, y después con la tercera, la bosnia Olga Milanoff. En 1925, sin embargo, un nuevo incendio, causado por una conexión eléctrica defectuosa, arrasó la casa. 'Todas las cosas que tenía en este mundo, salvo mi trabajo, se han perdido', escribió.

La desgracia, sin embargo, no logró vencerle. El arquitecto enterró bajo los cimientos los restos de su extraordinaria colección de cerámica oriental destruidos en el segundo incendio y añadió un taller para que sus alumnos vivieran con él. Frank Lloyd Wright ya no abandonó Taliesin hasta su muerte, en 1959, a la edad de 92 años.

Bergasse 19

Sigmund Freud abandonó Bergasse 19 en junio de 1938 huyendo de los nazis. Siete décadas después el piso mantiene intacta la atmósfera sobrecargada de la Viena burguesa de entreguerras: el olor a tabaco parece impregnar aún el parador estilo biedermeier que adorna el salón, el brillo de los terciopelos que tapizan los sillones no se ha apagado del todo y perdura el recuerdo de los cientos de libros que un día recubrieron las estanterías del despacho del médico austriaco.

En estas paredes la luz sólo se hace un hueco en días soleados, pero no faltan las antigüedades orientales por las que Freud sintió una pasión compulsiva. En la casa se conservan unas ochenta piezas de las tres mil que llegó a reunir y que lo acompañaron en su exilio.

Durante 47 años Sigmund Freud habitó la vivienda. Aquí escribió, escuchó a sus pacientes y pergeñó unas teorías que asombraron e indignaron por igual a Europa.

No hay rastro del famosísimo diván, un tributo al psicoanálisis que se conserva como entonces en el último refugio londinense, y es difícil intuir, contemplando las silenciosas estancias, que por aquellos años la Bahaus revolucionaba el mundo del arte, pero Bergasse 19, un remanso de paz hoy, lejos del centro monumental, el teatro de la âpera y las tiendas de lujo, es exactamente el lugar en que uno puede imaginar que fue escrito El malestar en la cultura. Unos meses después estallaría el crac del 29.

Ana Frank

«Eran alrededor de las diez y media. Yo estaba arriba, en el cuartito de Peter van Pels, ayudándole a hacer los deberes. Cuando le estaba enseñando un error en el dictado, alguien se lanzó escaleras arriba. Los peldaños crujían. Me incorporé como una bala, pues era temprano por la mañana y todos debíamos guardar silencio. Entonces se abrió la puerta y apareció ante nosotros un hombre con una pistola en la mano, apuntándonos.».

Después de leer estas líneas, escritas a duras penas en su diario el mismo día de la detención, nadie imaginaría que detrás de la angosta escalera que lleva hasta el refugio donde Otto Frank escondió a su familia hay una ventana iluminada por la inocencia de una niña.

En aquella casa de Ámsterdam, donde las miserias humanas afloraron a pesar del miedo y la rabia, Ana, su hermana y el joven Van Pels intentaron vivir como adolescentes que eran y soñar con un mundo más allá de la contienda. Parece imposible, pero los ecos de Hollywood llegaban hasta el refugio de Prinsengracht mientras los judíos eran gaseados en Auswitch. La casa museo de Ana Frank apenas guarda recuerdos cotidianos de aquellos días, aunque es fácil imaginar el sufrimiento, pero las fotografías de las estrellas de cine, los recortes de las revistas de moda y las viejas postales de lugares exóticos son la muestra palpable de que es imposible vivir con rencor. En marzo de 1945, unos meses después de su detención, Ana y Margot Frank murieron de tifus en Bergen-Belsen. Quedaban pocas semanas para la liberación del campo por el ejército británico.

Mount Vernon, santuario americano

Las casas museo hacen las delicias de los mitómanos. Son lugares llenos de recuerdos. Santuarios irresistibles para amantes de las vidas ajenas. En ellos todavía habita el alma de sus propietarios.

Mount Vernon es lugar de peregrinaje. Allí todo está pensado para recordar al padre de la patria al más puro estilo americano. Uno puede desayunarse con las tortitas favoritas de George Washington, eso sí nadando en miel y mantequilla; disfrutar a media mañana de una marcha militar y terminar el día celebrado el 250 aniversario de boda de George y Martha Washington. El lugar, una antigua plantación, cercana al río Potomac, es un lugar delicioso para disfrutar de una larga jornada estival. Las casas museo son fragmentos de vida cotidiana. Uno puede imaginar a Jane Austen escribiendo a escondidas de las miradas ajenas en su domicilio de Chawton, o recordar las aventuras y desventuras de los irredentos amigos de Bloomsbury con sólo traspasar el umbral de la deliciosa casita de Charleton (Sussex) donde vivieron Vanessa Bell y Duncan Grant.

Hay parajes inolvidables, como la rectoría de Yorkshire, en cuya cocina la silenciosa Emily Brontë cocía pan mientras memorizaba sus lecciones de alemán. Y pueblos de visita obligada, como Illiers Combray, donde uno puede evocar fragmentos enteros de En busca del tiempo perdido.