El crac bancario

Las 'subprime' hacen saltar el sistema financiero por los aires

El colapso de la banca en 2008 no tiene precedentes, con más de una decena de víctimas entre los líderes mundiales.

El sector financiero mundial se ha derrumbado como un castillo de naipes en 2008. La bancarrota de Lehman Brothers, una de las entidades con más solera de la banca de inversión estadounidense, el 15 de septiembre, reveló que los cimientos del sistema no eran sólidos y estaban apuntalados sobre el exceso de confianza y la codicia de algunos de sus gestores.

Este cóctel ha desencadenado una crisis de una magnitud sin precedentes en la historia. No sólo ha sido el año del fin de un modelo de banca (las cinco grandes entidades de inversión han sido absorbidas o se han reconvertido en bancos puramente comerciales), sino que la hecatombe financiera ha sido capaz de poner contra las cuerdas a todos los gigantes mundiales, salpicados de lleno algunos de ellos por el pinchazo de los productos denominados subprime (de alto riesgo) y contagiados otros de manera indirecta por las turbulencias.

La lista de víctimas no tiene parangón en ningún otro ajuste que se haya sufrido. Tampoco el grado de ingenio que han tenido que desarrollar de manera improvisada los Gobiernos para intentar salvar de la criba a sus entidades más emblemáticas. Inyecciones de miles de millones de euros para restaurar los circuitos de la liquidez interbancaria, rescate in extremis de algunos bancos mediante la entrada del Estado en su capital o la creación de agencias para asumir los títulos hipotecarios de mala calidad que se habían acumulado dentro del sistema... æpermil;stos han sido algunos de los antídotos aplicados para intentar que la epidemia se extienda. Sin embargo, estas medidas, con el tiempo, se han mostrado como insuficientes para evitar la desaparición o desmembración de algunos de los buques insignia del sistema financiero del siglo XX: los belgaholandeses Fortis y Dexia han terminado repartidos entre el capital público y privado, mientras el británico HBOS ha sido adquirido por su rival Lloyds.

Son sólo dos ejemplos de la elevada factura que se ha cobrado una crisis que aún no ha puesto su punto final. Sin ir más lejos, la pasada semana el Gobierno de Irlanda, uno de los países más afectados junto al Reino Unido por el colapso, anunció la nacionalización de Anglo Irish y se vio obligado a intervenir Bank of Ireland y Allied Irish. Meses antes, en febrero, el Estado británico se quedó con Northern Rock, el primer damnificado en Europa; a comienzos de septiembre, el Tesoro norteamericano se hizo con el control de las dos mayores sociedades hipotecarias del país, Fannie Mae y Freddie Mac, y el Gobierno islandés, hasta hace poco uno de los paradigmas económicos del Estado del bienestar, nacionalizó las principales entidades del país para impedir su bancarrota. Y no han faltado historias rocambolescas, como las pérdidas de 4.900 millones de euros provocadas a Société Générale por uno de sus jóvenes empleados, Jérôme Kerviel, o la multimillonaria estafa orquestada por Bernard Madoff, uno de los gurús más admirados en Wall Street.

En esta debacle financiera nadie ha quedado a salvo, y la primera lección aprendida es que el tamaño no es un salvoconducto para sortear la quiebra. Gigantes de la talla de Citi, a cuyo rescate ha acudido el propio Gobierno a través de una inyección de 15.540 millones de euros y el aval de hasta 238.000 millones de sus activos en balance, han reducido su capitalización en Bolsa a una cuarta parte, desde los más de 100.000 millones que valía en diciembre de 2007. Otros de los supervivientes como Bank of America y Royal Bank of Scotland han visto volatilizarse más de dos tercios de su capitalización en estos 12 meses.

Todo el sistema se ha puesto bajo sospecha, lo que ha disparado los diferenciales de crédito del sector bancario (credit default swaps, en su terminología en inglés) hasta niveles históricos y ha mantenido cerrados a cal y canto durante meses los mercados de capitales e interbancarios. Las propias entidades no se fían unas de otras, mientras que colocar deuda se ha convertido en una misión imposible debido a los elevados precios que se han exigido durante los últimos meses.

Esta alarmante situación, sin antecedentes en la historia, ha forzado a los bancos centrales de todo el mundo a tomar una batería de medidas excepcionales, desde la acelerada rebaja de los tipos de interés oficiales a cotas del 0% en el caso de la Reserva Federal y del Banco de Japón, hasta mostrar su disposición a adquirir deuda y títulos con garantía hipotecaria. Carta blanca de las autoridades monetarias, en un intento desesperado de conseguir activar la liquidez y el crédito.

Primas de riesgo

La prima de riesgo de Morgan Stanley llegó a situarse por encima de los 1.200 puntos básicos, la de Dexia saltó desde los 93 en que se encontraba en el ecuador del ejercicio hasta rozar los 600 puntos básicos, y la de Wachovia, entidad comprada recientemente por Wells Fargo después de una dura disputa con Citi, acarició los 1.400. Esto significa que, si el diferencial de crédito está a 1.400 puntos básicos, la protección de 100 millones de deuda a cinco años de esa entidad tiene un coste anual de 1,4 millones de euros. Además, las entidades mejor paradas, al menos de momento, también han recurrido a desorbitadas ampliaciones de capital para restaurar sus debilitados balances. Según los datos recopilados por Bloomberg, la banca ha realizado ampliaciones de capital por casi 590.000 millones de euros en todo el mundo y ha declarado pérdidas y provisiones por un importe total de 561.200 millones.

La región más castigada ha sido América, justo el epicentro de las turbulencias, con 324.500 millones de euros en ampliaciones y 333.700 millones de números rojos y dotaciones. En Europa, las entidades han apelado al mercado por 230.900 millones y han registrado pérdidas y provisiones por 205.300 millones. En Asia, por último, las ampliaciones de capital apenas han alcanzado los 34.200 millones de euros y los números rojos, 22.200 millones.

Unas heridas que tardarán mucho tiempo en curar y un puzle que aún no está completado. Los expertos, de hecho, consideran que el mapa bancario mundial sufrirá más modificaciones en los próximos meses y no descartan que aparezcan nuevas víctimas de esta crisis.

Plan Paulson

EE UU fue el primero en reaccionar a la crisis con el Plan Paulson o Tarp, un programa de salvamento bancario de 700.000 millones de dólares. Poco después, la Fed anunciaba que destinaría otros 800.000 millones a reactivar el mercado de crédito.

La banca de inversión americana, principal víctima de la crisis

La quiebra de Lehman Brothers el pasado 15 de septiembre precipitó la crisis de la banca mundial. La caída del cuarto banco de EE UU, con más de 150 años de historia y uno de los baluartes de la banca de inversión, arrastró consigo al resto de entidades de este sector y salpicó a Europa. Unos meses antes, en marzo, JPMorgan había tenido que hacerse cargo de Bear Stearns, otro de los gigantes dedicados al exclusivo negocio del asesoramiento en fusiones y adquisiciones y salidas a Bolsa, a instancias de las autoridades estadounidenses.

Pero fue la bancarrota de Lehman Brothers la que hundió las cotizaciones del sector y provocó la desaparición del modelo de banca de inversión con la venta a contrarreloj de Merrill Lynch a Bank of America y la solicitud de Morgan Stanley y Goldman Sachs para operar en banca comercial.

Hasta entonces, este grupo de bancos no podía captar depósitos. Esta condición aceleró su caída, ya que necesitaban acudir diariamente a los mercados de capitales para conseguir financiación. Al serles vedados estos fondos, como ocurrió, y ante la negativa de la Reserva Federal estadounidense a inyectar dinero en la entidad, los gestores de Lehman Brothers se vieron obligados a tirar la toalla y a cerrar las puertas del banco en cuestión de horas. Cuando se declaró en suspensión de pagos, Lehman comunicó una deuda de 613.000 millones de euros y unos activos valorados en 639.000 millones. En el caso de Bear Stearns, la Fed sí que accedió a garantizar hasta 21.170 millones de euros de activos no líquidos y también decidió, tras la desaparición de Lehman, dar su respaldo a la aseguradora AIG, la mayor del mundo.

Con estos inesperados movimientos, el mapa bancario mundial ha dado un nuevo vuelco en 2008, con la pérdida de hegemonía de los gigantes estadounidenses, entidades que durante la década de los años noventa habían tomado el relevo en los primeros puestos del ranking a la banca japonesa.