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Columna
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Cuerda de presos

El público empieza a estar de los nervios con esta crisis que se empeñaba en no decir su nombre. Las revoluciones tienen siempre una estampa popular que puede ser la toma de la Bastilla o la del palacio de invierno o el Parlamento de Moscú, y así sucesivamente. En nuestro caso sólo nos han representado unos cuantos encartelados delante de Wall Street con una educación sorprendente mientras los altos ejecutivos abandonaban el lugar con sus correspondientes viáticos de miles de millones de dólares, justa recompensa a los desastres que nos habían infligido.

Enseguida se han producido en cascada las medidas de rescate de los bancos y compañías de seguros a cargo de la Reserva Federal y de los bancos centrales, es decir, de los contribuyentes de a pie, mosqueados porque, como cantábamos de pequeños, 'ahora que somos pequeñitos/ y de pueril inteligencia/ no sabemos apreciar/ el bien que se nos hace/ en esta santa casa'.

Empezamos a conocer las garantías ofrecidas por Irlanda para todos los depositantes en los bancos. El presidente de turno del Consejo Europeo y además presidente de Francia abjuró de sus obligaciones de liderazgo y convocó a los amiguetes europeos miembros del G-8 -el británico George Brown, el italiano Silvio Berlusconi, la alemana Angela Merkel- para componer una escena irresponsable como enseguida se vio. Ninguno soltó prenda y al regresar a sus capitales cada uno lanzó sus medidas sin preaviso ni coordinación alguna. Las Bolsas siguieron registrando sucesivos seísmos, que tampoco cesaron cuando la Reserva Federal y el Banco Central Europeo tomaron la decisión conjunta de rebajar en medio punto los tipos de interés. El Fondo Monetario Internacional parece huérfano desde la salida de nuestro Rodrigo Rato, presa de un ataque de mutismo ahora que tanto podría iluminarnos su doctrina.

Ha faltado una respuesta de ámbito europeo, la única capaz de minimizar los daños y de ofrecer una salida creíble en la escena internacional. Ha prevalecido la estrecha óptica de los intereses nacionales con un coste mayor y una eficacia irrelevante. El recurso al ¡sálvese quien pueda! ha sido como siempre la antesala del desastre. Al frente de la Comisión Europea no estaba Jacques Delors sino José Manuel Durão Barroso y se ha notado la diferencia. Sólo nos queda la probada pericia y europeísmo del luxemburgués Jean-Claude Junker en la presidencia del Eurogrupo, donde se agrupan los países del euro. La crisis nos sorprende con líderes de muy bajo nivel. Con Mitterrand en Francia, Kohl en Alemania o González en España todo hubiera rodado de modo muy diferente.

Vayamos ahora a nuestro caso particular. Reconozcamos que España ha sabido hacer algunas de sus tareas más difíciles. Aquí se ha combatido el terrorismo sin deslizamientos que erosionaran el Estado de Derecho ni las libertades públicas. Aquí no hemos tenido Guantánamos ni prisiones como la de Abu Graib. No se han convalidado las torturas ni se ha vuelto a los tribunales militares para juzgar a los implicados. Del mismo modo nuestra crisis bancaria de los años ochenta se afrontó con racionalidad. Se creó el Fondo de Garantía de Depósitos, inexistente a día de hoy en la mayoría de nuestros socios europeos, y se exigieron las responsabilidades a quienes infringieron las normas. Fue ejemplar el ingreso en prisión de los protagonistas de los escándalos, desde Rato sénior por el asunto de la banca de Siero hasta Ruiz Mateos con Rumasa a cuestas, pasando por Mario Conde y su séquito de Banesto. Incluso el gobernador del Banco de España, Mariano Rubio, vistió a rayas al ser sorprendido en alguna irregularidad.

Es decir, que nadie se fue de rositas. El público en España supo que la situación era difícil pero tuvo la satisfacción de comprobar que el peso de la ley caía sobre los abusadores. Eso es lo que ahora falta. La confianza que es necesario reconstruir está reclamando que por las puertas de Wall Street se vea salir a una cuerda de presos con destino al penal de Nueva York. Atentos.

Miguel Ángel Aguilar. Periodista

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