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Tribuna
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La transición cubana

Los futuros líderes cubanos se enfrentan a una realidad incuestionable: la economía cubana no se sostiene sin producción doméstica y creación de riqueza, asegura el autor. La reformas pendientes son muchas y lo más difícil probablemente será, en su opinión, saber por dónde se debe empezar

Tras la renuncia de Fidel Castro a la presidencia de Cuba, una de las preguntas inmediatas es: ¿hacia dónde se moverá ahora la economía cubana?

La caída del mundo socialista sumió a Cuba en una profunda crisis que obligó a los dirigentes cubanos a establecer un abanico de reformas económicas aperturistas que fueron paralizadas en 1996 y que desde 2003 experimentaron una profunda involución. El resultado es que la economía cubana todavía no ha recuperado el nivel que tenía en 1989, antes de comenzar el llamado periodo especial.

Las estadísticas sobre producción son alarmantes. Por ejemplo, la producción azucarera, que había sido el buque insignia de la economía castrista, ha caído de 8 a 1,3 millones de toneladas.

Uno de los puntos más débiles de la economía es el sector externo; en 2005 el déficit de la balanza comercial superaba los 5.000 millones de euros. En ese mismo año, la deuda externa era de 16.000 millones de euros, equivalente a casi la mitad del PIB. En este panorama sombrío el turismo es uno de los sectores con mayor potencial, sin embargo, los objetivos establecidos para el año 2000 no han sido todavía alcanzados.

Tradicionalmente el Gobierno cubano ha atribuido los problemas económicos al bloqueo estadounidense. Sin embargo, aunque es cierto que éste crea dificultades, la realidad es que la mala situación económica es debida a las erróneas medidas de política económica tomadas por los dirigentes cubanos durante casi medio siglo. No hay justificación alguna si tenemos en cuenta que el embargo quedaba más que compensado con los 80.000 millones de euros recibidos de la Unión Soviética entre 1960 y 1990.

Una de las visiones más generalizadas de la revolución cubana es que, si su política económica ha sido un desastre, su política social ha sido un gran éxito. Esto fue cierto hasta el inicio del periodo especial cuando los indicadores cubanos de salud, educación y distribución de la renta destacaban por encima de todas las economías latinoamericanas. En la actualidad, la pobreza alcanza a un tercio de la población de La Habana. El racionamiento que en 1989 satisfacía las necesidades básicas no cubre en la actualidad una semana de consumo.

En resumen, el sucesor de Fidel, su hermano Raúl Castro, recibe una economía maltrecha, con una deuda externa y un déficit comercial récord, con una débil inversión directa extranjera y un valor de las exportaciones a un 68% de las de 1989 y un creciente malestar entre la población.

¿Qué podrá hacer Raúl? Es aventurado predecir el futuro inmediato ya que las transiciones de los regímenes totalitarios son difíciles pues requieren cambios políticos, sociales y económicos. Los futuros líderes cubanos se enfrentan a una realidad incuestionable: la economía cubana no se sostiene sin producción doméstica y creación de riqueza. En la actualidad, el Gobierno cubano no puede satisfacer las expectativas sociales, a pesar de las últimas medidas de apertura, que justificaron la existencia de la revolución ya que el problema fundamental se mantiene sin solución, la falta de productividad de la economía cubana.

Se dice que Raúl Castro es más pragmático que Fidel, en estos últimos 20 meses ha dado prueba de ello. Sin embargo, existen otros indicadores anteriores que contradicen esta apreciación. No obstante, la difícil situación por la que pasa la población cubana parece inclinar a Raúl del lado de los que apoyan reformas económicas urgentes. Si finalmente éste es el camino elegido, habrá que ver cuál será la naturaleza y profundidad de las mismas.

Avanzar por el mismo camino que han avanzado las economías de los antiguos países socialistas europeos no parece muy probable ya que haría saltar por los aires 50 años de revolución socialista. Una segunda alternativa sería aplicar el modelo socialista de China y Vietnam, sin embargo este camino nunca fue bien visto por Fidel Castro y estructuralmente estos países difieren mucho de Cuba. La tercera alternativa, la más prudente desde la perspectiva de los dirigentes cubanos, sería la de restablecer el sistema de reformas existente en 1996 profundizando en ellas para aumentar el dinamismo económico. De momento, parece haber optado por esta última alternativa dando satisfacción al acceso a determinados bienes de consumo aunque los precios de estos artículos están muy lejos de las posibilidades de la inmensa mayoría de los ciudadanos.

En este contexto, se necesitará la entrada de fuertes cantidades de capital extranjero. Pero para atraer estas inversiones será necesario un marco interno más moderno y democrático, con reglas claras para la inversión, el desarrollo de un código comercial efectivo o el establecimiento de un poder judicial imparcial. Lo más difícil probablemente será saber por dónde se debe empezar.

Agustín Ulied. Profesor del Departamento de Economía de Esade (Universidad Ramon Llull)

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