EDITORIAL

Estrategia para invertir en 2008

Desde que en 2003 arrancó la tendencia alcista de los mercados financieros, y tras acumular la Bolsa una ganancia ininterrumpida de cinco ejercicios, es cada vez más difícil prever cómo se comportará la inversión en el mundo. Si 2007 ha resultado difícil, por los zarandeos a los que el fenómeno de las subprime lo ha sometido, el próximo ejercicio tampoco será fácil. Hay escasa visibilidad macroeconómica y, por ello, mucho riesgo en las apuestas. La incertidumbre económica se traslada a las cuentas de las empresas, quien de verdad determina el devenir bursátil, y hace cada vez más arriesgada la elaboración de carteras de rigor y seguridad en la inversión.

Si políticamente puede ser un año de transición, con la política estadounidense estable por el cambio de presidente, la incertidumbre se centra en si la economía va a entrar en una desaceleración de su crecimiento, apuesta ya admitida por todos, o si buena parte del mundo entrará en recesión, parecer que gana adeptos. Un escenario u otro, que también dependerá de cuándo pueda darse por ventilada la crisis del crédito abierta por la desaparición de la confianza entre los bancos de todo el mundo, supone un ajuste en los beneficios esperados de las empresas, que no podrán repetir avances de dos dígitos como en los cinco últimos años.

Por si hubiera pocas dudas, han desaparecido algunas de las certezas que más han impulsado los mercados en los últimos años, dejando más huérfano el análisis. La abundancia de liquidez es historia, y con las dificultades de financiación se han esfumado los estímulos de las operaciones corporativas, hoy sólo probables con el intercambio de activos y el abono con papel y en muy contadas ocasiones con dinero. Además, ha vuelto la inflación. El impuesto que devora parte de la renta, que parecía desterrado, ha retornado en el peor momento, y está exigiendo disciplina de hierro a los bancos centrales cuando más precisan relajar la política monetaria para estimular el crecimiento.

Pero que haya incertidumbres no quiere decir que no haya opciones de inversión. Activos olvidados en los últimos años han recobrado su atractivo, como los depósitos bien remunerados al calor de la guerra bancaria por acaparar liquidez para resistir la crisis de confianza que se ha instalado en los mercados desde julio pasado. Y la propia renta variable, como es tradicional, se revela como una alternativa de rentabilidad, aunque en este caso con más riesgo por la presencia de una volatilidad que tardará en desaparecer.

Los valores de gran capitalización, con contrastada liquidez, con buenos retornos por dividendo, en sectores con gran generación de caja y anticíclicos, y que además tengan poca propensión al endeudamiento, siguen acaparando un lugar sagrado en las carteras más exigentes. Geográficamente siguen siendo casi una garantía los países emergentes, aunque gana atractivo Estados Unidos, especialmente si destierra el escenario tenebroso de la recesión. Los horizontes temporales también son erráticos, con una primera parte del año favorable para la renta variable, que podría confirmarse o truncarse en la segunda en función de la marcha de la economía mundial. Si la crisis de confianza bancaria se despeja en semanas y no en meses, el optimismo volverá sin miedo.