EDITORIAL

La tormenta perfecta

Basada en un hecho real, la película La tormenta perfecta narra el enfrentamiento de unos modestos pescadores con un temporal de proporciones descomunales, formado por la unión de dos grandes tempestades. El mercado del petróleo asiste estos días a su propia tormenta perfecta, conjunción de factores desestabilizadores sin precedentes en el último cuarto de siglo que ha llevado los precios a máximos históricos. El barril de Brent, de referencia en Europa, cuesta más de 42 dólares, y hace tiempo que el West Texas, de EE UU, dejó atrás los 45 dólares.

Estos precios están justificados tanto por las condiciones de oferta y de demanda como por los factores de riesgo que amenazan al suministro. La capacidad ociosa de la OPEP es de 600.000 barriles al día, una cifra que apenas supone el 0,7%, mientras existen serios riesgos de interrupción del suministro en el Golfo Pérsico, Venezuela y Rusia, además de problemas meteorológicos en el Golfo de México. Parte del alza del petróleo es, también, fruto de la especulación, que supone alrededor del 20% de los movimientos del mercado. No hay una explicación unívoca de este fenómeno ni, tampoco, una solución al alcance de la mano.

A corto plazo, lo único que puede hacer bajar los precios es una reducción del riesgo de parones en el suministro, un riesgo que según los expertos supone entre 8 y 10 dólares por barril. En este sentido, sofocar la rebelión de las milicias chiíes con un duro ataque a los lugares santos de este credo es jugar con fuego. Pero la situación en Irak se ha convertido en un problema sin solución para Estados Unidos. Ha de optar entre arriesgarse a encender con sus ofensivas la ira popular de la mayoría de la población iraquí o arriesgarse a que el control de Nayaf y otras zonas fortalezca a los radicales seguidores de Al Sáder.

Esta inestabilidad amenaza también a la Vieja Europa. Los últimos datos sobre crecimiento económico en Alemania y Francia, las dos primeras economías de la zona euro, muestran una ligera recuperación en el segundo trimestre, reactivación que pende de un hilo por cuanto está muy relacionada con la confianza que consumidores y empresarios sigan manteniendo, en los próximos meses, en una economía pendiente de reformas estructurales que la dinamicen.

Tales focos de incertidumbre sólo se pueden combatir siguiendo un único camino que es, precisamente, el de la confianza de todos los agentes en unos mercados que siempre han superado las todo tipo de crisis. Por lo demás, sólo queda presionar a los gobernantes para que aceleren las reformas económicas pendientes. Y a las empresas, para que mejoren la formación de sus trabajadores como mejor vía para elevar su competitividad.

En clave española, y dado que el precio del petróleo es un factor exógeno que daña todas las esferas de actividad -empleo, producción, precios y equilibrio exterior y presupuestario-, sólo cabe protegerse mediante políticas de medio plazo. Además de la búsqueda de alternativas energéticas, sería deseable un esfuerzo para evitar el desequilibrio de que las tasas de aumento de consumo energético superen en varios puntos al crecimiento del PIB, como ha ocurrido en los últimos años.