COLUMNA

Retos para la agricultura

El diseño de la política agraria española está aún pendiente y el nuevo Gobierno lo tiene todo por hacer en ese campo, según el autor, que considera que ha de aplicarse una estrategia integradora con comunidades autónomas y sectores económicos implicados

La llegada de un nuevo Gobierno es buena excusa para repasar los retos que debe abordar el país en los próximos años, en los distintos campos de actividad. Si la capacidad de negociación y de diálogo es una virtud que deberá practicar diariamente el nuevo Gobierno en sus grandes ejes estratégicos, también tendrá que convertirlo en hábito en materia de agricultura y desarrollo rural. Es éste un aspecto de la tarea de gobierno en que los actores principales son la UE, las comunidades autónomas y el propio sector económico, haciendo abstracción ahora de las propias autoridades económicas de la nación. No obstante, el papel de la Administración agraria del Estado no es irrelevante y puede ser decisivo, siempre que tenga la habilidad de encauzar y orientar los complejos intereses particulares. Es cierto que para lograrlo es necesario saber adónde se quiere ir, que ello sea posible y coherente con la realidad y que seamos capaces de ilusionar a quienes pueden constituir una mayoría de apoyo, sea en el seno de la UE, sea con las comunidades autónomas o con los grupos sociales y económicos. Precisamente, esta semana hemos asistido a un controvertido proceso de reforma de los sectores del aceite de oliva, el algodón y el tabaco en el seno de la UE, en el que España finalmente ha recuperado parte de lo cedido en principio en la Cumbre de Luxemburgo.

El primer ámbito de decisión es el internacional, donde se definen realmente la estrategia de futuro y los más abundantes recursos presupuestarios. Ese ámbito es hoy día plural, no sólo se trata de la PAC europea, ya que las negociaciones comerciales internacionales ante la OMC están pendientes de definir el nuevo escenario arancelario y las normas de comercio para la próxima década. Lo que en esas instancias se decida delimitará el escenario de futuro para la economía real. No debemos olvidar que, si los grandes ejes del futuro están ya prácticamente decididos, tanto en la PAC como en la OMC, el margen de actuación en lo concreto y singular es siempre muy amplio. Maestros para esa peculiar esgrima son abundantes en nuestro país.

La política agraria nacional está aún por ser diseñada. Es en este campo en el que el nuevo Gobierno lo tiene casi todo por hacer, dado el laxismo practicado por los precedentes, más bien discípulos de la mano invisible, esa famosa extremidad que todo se lo quiere apropiar. El nuevo Gobierno tiene un programa, que comparto, para devolver protagonismo al mundo rural, para rejuvenecer su población, elevar el nivel del capital humano y la capacidad de competir en los mercados. Creo que es bueno tener ideas, incluso ideales, aunque también es importante conocer los mimbres con que contamos para llevar adelante la tarea. Hay que tener en cuenta que la sociedad española está ideológicamente desagrarizada y desruralizada, buena parte de los agricultores están desanimados y desconcertados y, además, lo son a tiempo parcial. Y, todavía más, buena parte del núcleo duro de la economía española desconoce que nuestra agricultura y sector agroalimentario están aportando un saldo neto positivo de 2.000 millones de euros (2002) a la deficitaria balanza comercial española.

Todo lo anterior aconseja que se diseñe una estrategia integradora con comunidades autónomas y sectores económicos agrarios y agroalimentarios, para revitalizar una economía agraria y rural que, en mi opinión, tiene el porvenir asegurado, lo cual a otros muchos les parece un absoluto disparate. Contamos con sectores líderes mundiales, otros con evidentes potencialidades desaprovechadas y con un recorrido de modernización y reestructuración muy amplio. En muchos casos se ha sobrevivido en el aislamiento y la rutina. Y, además, contamos con el medio de más notables recursos naturales de la UE para diseñar una nueva economía sostenible sobre modelos nuevos y propios del siglo que acaba de empezar. Todo ello requerirá un impulso decidido a la I+D+i (investigación, desarrollo e innovación), de cuya desorganización y escasez de recursos no es necesario insistir.

Tal vez lo más urgente sea acabar con el espejismo del bienestar urbano y metropolitano, como modelo para la juventud rural. La realidad es que hoy ya se vive mejor en los pueblos y en las pequeñas poblaciones que en las grandes ciudades y, lo que es más importante, en el futuro ese proceso se acelerará irreversiblemente. Percibir este cambio cultural, que ya se ha iniciado y rompe un ciclo que comenzó hace 50 años, permitiría contar con los capitales (incluido el humano) que huyeron de la agricultura y el mundo rural cuando se dio por concluido el proceso desarrollista, hace ahora casi 20 años. Por esa razón crece sistemáticamente la productividad media del stock de capital dedicado a la agricultura desde 1985.